Madame de Thèbes, cuyo verdadero nombre era Anne Victorine Savigny, fue una célebre vidente y quiromántica (lectora de palmas) francesa de la Belle Époque. Activa en París a finales del siglo XIX y principios del XX, alcanzó gran notoriedad gracias a sus predicciones y consejos para la alta sociedad. Sus profecías, relacionadas con algunos grandes acontecimientos mundiales, la convirtieron en una figura destacada del ocultismo mundano de su tiempo. En una época fascinada por el espiritismo y el esoterismo, Madame de Thèbes se consolidó como una de las videntes más reconocidas, atrayendo tanto a curiosos como a personas poderosas. Este es su retrato.
Juventud y comienzos
Anne Victorine Savigny nació en 1845 y creció en París. Antes de adoptar su célebre seudónimo, llevó una vida modesta y desempeñó diversos oficios. En su juventud trabajó, entre otras cosas, como cajera, y hacia 1877 se convirtió en institutriz de una familia burguesa, lo que demuestra cierta educación y ambición. Atraída por las artes, Anne inició después una carrera sobre los escenarios: en la década de 1880 actuó en el teatro bajo el nombre de Mademoiselle Dhalyle, intentando abrirse camino como actriz. Aunque esta experiencia escénica no la hizo famosa, le permitió frecuentar los círculos artísticos, donde más tarde establecería contactos valiosos. Fue durante la década de 1890 cuando Anne Savigny se orientó hacia las artes adivinatorias. Se inició en la cartomancia (lectura de cartas) y, sobre todo, en la quiromancia (lectura de las líneas de la mano) con el reputado maestro Adolphe Desbarrolles, considerado entonces el «padre de la quiromancia moderna». Como discípula de Desbarrolles, adquirió un sólido dominio del arte de leer la palma y comenzó a ofrecer consultas de videncia. Estos discretos comienzos en la adivinación la llevarían progresivamente al primer plano de la escena parisina.
Hacia la fama
El encuentro de Anne Savigny con el mundo literario sería determinante para su notoriedad. Conoció al escritor Alexandre Dumas hijo, autor respetado y muy bien relacionado con la alta sociedad. Impresionado por los talentos incipientes de la joven vidente, Dumas le sugirió adoptar un seudónimo evocador: Madame de Thèbes. El nombre estaba inspirado en la obra La Route de Thèbes (que él había comenzado y nunca terminó), en la que aparecía una mujer misteriosa. Anne Victorine Savigny se convirtió así en «Madame de Thèbes», un nombre artístico de resonancias esotéricas y antiguas que contribuiría a forjar su leyenda.
Dumas hijo no se limitó a aconsejarle un seudónimo a la vidente: también la lanzó activamente al primer plano de la vida mundana. Hacia 1894, organizó para ella una demostración espectacular ante sus prestigiosos colegas de la Academia Francesa. Durante una cena, desafió a Madame de Thèbes a revelar los rasgos de carácter de una docena de académicos examinando simplemente sus manos, sin ver siquiera sus rostros, ya que los académicos se encontraban detrás de una cortina. La quiromántica superó brillantemente el desafío: el retrato psicológico que trazó, dedo por dedo, de cada académico resultó sorprendentemente preciso y convincente. Esta sesión de lectura a ciegas, organizada como un espectáculo mundano, causó un gran revuelo. El éxito fue inmediato: la actuación de Madame de Thèbes le valió un reconocimiento repentino, primero en todo París y después más allá de las fronteras. De la noche a la mañana, la prensa se hizo eco de la historia de esta moderna «profetisa», y la vidente de la avenida de Wagram adquirió fama nacional e incluso europea.
Gracias a esta publicidad inesperada, Madame de Thèbes comenzó a recibir una clientela prestigiosa. Las personalidades del Todo-París acudían a consultar a aquella mujer de aspecto enigmático para conocer su futuro. Escritores, aristócratas y políticos frecuentaban su salón. Entre sus fieles se encontraban incluso Marcel Proust, un joven autor todavía desconocido pero perteneciente a la buena sociedad, y una monarca exiliada, la reina Natalie de Serbia. El hecho de que una antigua soberana y un futuro gran novelista confiaran en sus consejos demuestra hasta qué punto Madame de Thèbes se había puesto de moda. Introducida en los círculos distinguidos por Dumas y sus aliados, se convirtió en la vidente de referencia de la alta sociedad parisina.
Profecías y actividades en su salón
A comienzos del siglo XX, Madame de Thèbes se encontraba en la cima de su carrera como cartomántica. Recibía a sus clientes en su propio salón de videncia, situado en el número 29 de la avenida de Wagram, en París. Este salón, en el corazón de un barrio acomodado, a dos pasos del Arco de Triunfo, se convirtió en un lugar muy frecuentado por curiosos y personas inquietas en busca de revelaciones. En el ambiente discreto de esta antesala del misterio, la vidente observaba las manos, echaba las cartas y ofrecía predicciones o consejos con gran seriedad. Cada visita era tanto un ritual mundano como una consulta esotérica. Madame de Thèbes cuidaba su imagen de «pitonisa parisina»: recibía a sus clientes en una puesta en escena estudiada, a veces vestida con atuendos orientalizantes, y cultivaba el secreto en torno a su persona para mantener el aura de misterio que constituía su éxito.

La notoriedad de Madame de Thèbes se extendió rápidamente gracias a una idea ingeniosa: la publicación anual de sus profecías. A partir de 1903, editó cada Navidad un Almanaque de Madame de Thèbes, en el que se consignaban sus predicciones para el año siguiente. Vendido en librerías y difundido por la prensa, el almanaque alcanzó a un amplio público y circuló mucho más allá de París. Se publicó ininterrumpidamente hasta 1917. En sus páginas se encontraban, bajo una forma atractiva, consejos para vivir feliz mezclados con anuncios de acontecimientos futuros. Estos libretos se hicieron muy populares y convirtieron a Madame de Thèbes en una auténtica celebridad de la edición esotérica. La vidente también publicó obras más elaboradas: en 1901 apareció El enigma de la mano, un tratado en el que exponía su doctrina quiromántica. Este libro, dedicado a su amigo y mentor Alexandre Dumas hijo, pretendía ser una guía seria para el estudio de las líneas de la mano. Algunos años más tarde, en 1908, publicó El enigma del sueño: explicación de los sueños, una obra en la que compartía su experiencia en la oniromancia (el arte de interpretar los sueños). Mediante estas publicaciones, Madame de Thèbes buscaba consolidar su credibilidad, otorgando una garantía casi científica a sus intuiciones, sin dudar en afirmar que la quiromancia era una verdadera ciencia, con leyes verificables que convenía estudiar seriamente.
La fama de Madame de Thèbes se debe sobre todo a las resonantes predicciones que se le atribuyen. Con el paso de los años, pareció que numerosos acontecimientos importantes habían sido anunciados en sus consultas o almanaques. Así, se le atribuye la predicción de la guerra de los bóeres en Sudáfrica (1899–1902) y de la guerra ruso-japonesa (1904–1905), dos conflictos lejanos cuyo estallido habría presentido. Más impresionante aún, habría anunciado antes de 1914 el inminente desencadenamiento de un conflicto mundial en Europa. En su almanaque, la vidente escribió, por ejemplo, que «el futuro de Bélgica es extraordinariamente triste» y que ese pequeño país «prenderá fuego a toda Europa»: palabras publicadas ya en 1903 que adquirirían un tono profético cuando Bélgica fuera invadida en 1914, al comienzo de la Primera Guerra Mundial. Del mismo modo, en 1913 Madame de Thèbes advirtió que «Alemania amenaza a Europa en general y a Francia en particular» y predijo la próxima caída del emperador alemán y de su imperio. Cuando estalló la Gran Guerra, muchos recordaron aquellas sombrías previsiones aparecidas en su Almanaque. Además de las guerras, Madame de Thèbes también habría predicho varias muertes trágicas que ocuparon las crónicas. Habría anunciado la muerte violenta del general Georges Boulanger, figura del boulangismo, movimiento popular de protesta que se suicidó en 1891, así como el trágico final del poeta Catulle Mendès, fallecido accidentalmente en 1909. También se le atribuye la predicción de la muerte del periodista británico William T. Stead, célebre espiritista que desapareció en el naufragio del Titanic en 1912, y la del escándalo político-judicial del caso Caillaux en 1914, en el que estaba implicado un ministro francés. Estos aciertos alimentaron la leyenda de Madame de Thèbes. A ojos del gran público, la vidente de la avenida de Wagram parecía una profetisa capaz de leer el futuro del mundo en sus cartas y sus astros.
El elefante como emblema
En el centro de su vida social, el elefante se impuso como símbolo. A partir de 1906, Madame de Thèbes perteneció a la sociedad de los Amigos del Elefante, y su nombre siguió apareciendo en las listas hasta 1916. En el París de la Belle Époque se organizaban cenas y conferencias en torno a este animal totémico. Reunía a científicos, administradores coloniales, parlamentarios, periodistas y artistas en torno a un objetivo claro: proteger al elefante, regular la caza y el comercio del marfil, y promover su domesticación en las colonias. El prestigioso Museo Nacional de Historia Natural tenía un papel importante en su dirección: Edmond Perrier ejercía la presidencia, con Adolphe Brisson como vicepresidente. La sociedad organizaba asambleas seguidas de cenas muy difundidas por la prensa, especialmente en el Café Cardinal, y actuaba como grupo de presión ante las autoridades. El 1 de diciembre de 1906 contaba con 92 miembros; la admisión de Madame de Thèbes se aprobó el 4 de abril de 1906.

Madame de Thèbes. Fuente
Esta pertenencia instaló el motivo elefantino en su entorno público y la vinculó a un escenario mundano bien definido. Aparecía en su papel con membrete junto al lema « No engaño, advierto». También figuraba su firma bajo un texto titulado «El elefante blanco» en la revista Femina, y la prensa ilustraba esta elección con entusiasmo. El animal actuaba entonces como amuleto de la suerte y como garantía de franqueza: una promesa de advertir sin engañar, en consonancia con la imagen que proyectaba en la avenida de Wagram.
Con el paso de los años, dos fuentes convergieron y reforzaron este signo distintivo: el estandarte de una sociedad amistosa y una estética personal. La asociación entre su nombre y el elefante quedó establecida en el imaginario colectivo; se encuentra reflejada en la correspondencia, en las tarjetas con su membrete y en los retratos de prensa. De ahí la presencia recurrente del elefante cada vez que se sigue el rastro de Madame de Thèbes en los documentos y las imágenes de su época.
Polémicas y escepticismo
A pesar de su popularidad, Madame de Thèbes no escapó a las críticas ni a las dudas sobre la sinceridad de sus dones. La prensa, tan rápida a la hora de difundir sus éxitos, también se mostraba dispuesta a ironizar sobre ella. Uno de los episodios más discutidos está relacionado con su supuesta predicción de la muerte del presidente de la República Félix Faure. En febrero de 1899, el presidente Faure murió repentinamente a causa de una crisis fulminante. La vidente afirmó entonces haber previsto el fallecimiento y se jactó de ello ante algunos periodistas. Sin embargo, el cronista Jacques Mauprat, en Le Progrès Illustré, señaló que el «anuncio» de Madame de Thèbes se produjo al día siguiente de la muerte de Félix Faure, lo que dañó gravemente su credibilidad. En otras palabras, no habría predicho nada y se habría limitado a atribuirse a posteriori una profecía imaginaria. Puesta públicamente en evidencia por esta maniobra, Madame de Thèbes intentó contraatacar: declaró que próximamente predeciría otras muertes accidentales o trágicas durante el año, aunque se cuidó de no revelar los nombres. Esta prudente pirueta —anunciar desgracias sin detalles verificables— fue recibida con escepticismo por los comentaristas. El episodio del «presagio» póstumo de Félix Faure puso en duda la infalibilidad de la vidente y proporcionó argumentos a los racionalistas que denunciaban a los «profetas» de salón. En general, aunque Madame de Thèbes contaba con fervientes partidarios, también tenía numerosos detractores que la consideraban, en el mejor de los casos, una ilusionista perspicaz y, en el peor, una embaucadora. Algunos periódicos satíricos no dudaban en ridiculizar sus declaraciones, a veces nebulosas. No obstante, estas controversias no perjudicaron gravemente su éxito comercial: la buena sociedad continuó consultándola, aunque solo fuera por juego o superstición, y sus almanaques siguieron vendiéndose bien. Madame de Thèbes navegaba así entre la admiración y la burla, consciente de que el misterio y la controversia también contribuían a su fama. Y que, al fin y al cabo, como cualquier persona, también podía equivocarse o mostrarse demasiado ambiciosa, lo que no la hacía menos dotada.
Últimos años y legado
Cuando estalló la Primera Guerra Mundial en 1914, la vida parisina se vio alterada y las actividades de videncia pasaron a un segundo plano. Con unos 70 años, Madame de Thèbes se retiró parcialmente de la vida pública. Abandonó la capital en guerra para refugiarse en una propiedad familiar situada en Meung-sur-Loire, en el departamento de Loiret, no lejos de Orleans. Instalada en aquella granja de campo, la célebre profetisa llevó una existencia más discreta, lejos del tumulto parisino. Sin embargo, continuó siguiendo la actualidad y publicando sus predicciones anuales, que adquirieron una importancia particular en el contexto trágico del conflicto mundial. Una nota sabrosa publicada en Le Cri de Paris en 1916 —reproducida con humor por la Fortnightly Review de Londres— contaba que Madame de Thèbes, convertida ya en granjera, enviaba huevos, mantequilla y pollos a sus sobrinos que permanecían en París, pero que «¡resulta extraño decirlo: ella, que puede anunciar con doce meses de antelación la caída de los imperios y la muerte de los reyes, es incapaz de prever de una semana para otra la subida o la bajada del precio de los huevos!». La prensa destacaba maliciosamente esta paradoja: la vidente capaz de predecir la guerra no podía predecir el mercado, lo que la devolvía a una realidad más prosaica.
Madame de Thèbes murió unos meses antes del final de la Gran Guerra. En diciembre de 1916, debilitada por la edad, falleció en su retiro de Clan, una aldea de Meung-sur-Loire, a los 71 años. Sus restos fueron trasladados posteriormente a París, donde fue enterrada en el célebre cementerio del Père-Lachaise. La desaparición de aquella a quien la prensa llamaba a menudo la «sibila de la avenida de Wagram» fue recogida en los periódicos mediante necrológicas que oscilaban entre el homenaje respetuoso y el escepticismo cortés. Con Madame de Thèbes terminó una época: la de las videntes de la Belle Époque, figuras situadas en la frontera entre la vida mundana y el misterio, cuya influencia declinaría durante el período de entreguerras ante los avances del racionalismo.
Sin embargo, el legado de Madame de Thèbes perduró de alguna manera. Su propio nombre se convirtió en sinónimo de mujer profeta. En la década de 1930, la periodista Geneviève Tabouis, célebre por sus crónicas en las que anticipaba las crisis internacionales, sería apodada «Madame de Thèbes» por sus contemporáneos, en referencia a la vidente de antes de la guerra. Como muestra de la huella que dejó en el imaginario colectivo, la vida de Madame de Thèbes también inspiró una obra de ficción durante su propia existencia. En 1915, el cineasta sueco Mauritz Stiller realizó una película muda titulada Madame de Thèbes, cuya trama se inspiraba parcialmente en la biografía de la célebre vidente. Este largometraje, redescubierto en el siglo XXI, da testimonio de la fascinación ejercida por la profetisa parisina mucho más allá de las fronteras francesas.
En el transcurso de unas décadas, Madame de Thèbes pasó de ser una desconocida a convertirse en la vidente más destacada de la capital, encarnando por sí sola la moda del ocultismo en la sociedad elegante de la Belle Époque. Su trayectoria ilustra la curiosidad de una época ávida de lo sobrenatural y las revelaciones. Madame de Thèbes sigue siendo una figura emblemática del imaginario esotérico francés, símbolo de una época en la que, durante una consulta, se podía contemplar cómo el destino se revelaba en una baraja de cartas.
Fuentes:
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Biblioteca Nacional de Francia (BnF), registro de autoridad: «Savigny, Anne Victorine, llamada Madame de Thèbes (1845-1916)».
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CTHS – La France savante, ficha prosopográfica «Madame de Thèbes» (biografía, bibliografía y referencias en la prensa).
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Davies, Owen, A Supernatural War: Magic, Divination, and Faith during the First World War, Oxford University Press, 2018 (capítulos dedicados a Madame de Thèbes: juventud, Dumas, almanaques, 1914-1916).
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Gallica (BnF): El enigma de la mano (Félix Juven, 1901); El enigma del sueño. Explicación de los sueños (Félix Juven, 1908); Almanaque de la señora A. de Thèbes (ediciones de 1903-1917).
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Boletín y Anuario de la Sociedad Astronómica de Francia (finales del siglo XIX-principios del XX), donde se menciona «Mme A. de Thèbes, 29, avenue de Wagram, París».
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Archivos de prensa de la Belle Époque y la Gran Guerra: Le Figaro, Le Cri de Paris, Fortnightly Review, títulos parisinos e internacionales (anuncios, reportajes y necrológicas de 1893-1916).
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Base filmográfica del Svenska Filminstitutet (Swedish Film Database): Madame de Thèbes de Mauritz Stiller, 1915.






























