Ignorar y pasar al contenido
AeternumAeternum
La magia y la brujería en el País Vasco
La magie et la sorcellerie dans le Pays basque

Los Cuadernos de Aeternum

La magia y la brujería en el País Vasco

7 min de lectura

El País Vasco francés es una tierra de montañas y leyendas donde la figura de la bruja ocupa un lugar singular a lo largo de los siglos. Se dice que mujeres iniciadas se reunían por la noche en cuevas o en las cumbres para invocar fuerzas misteriosas. Pero esta región también estuvo marcada por violentas persecuciones: en 1609, la provincia de Labort fue escenario de una caza de brujas excepcional por su magnitud, con unas ochenta condenas a muerte, la mayor jamás registrada en Francia en este ámbito. Viaja.

Mari y las tradiciones mágicas del País Vasco

Mucho antes de las persecuciones, los vascos cultivaban un rico universo de creencias relacionadas con la naturaleza y los espíritus. En el corazón de la mitología local se encuentra Mari, la «dama» de las montañas, descrita a veces como una diosa madre que vive en las cavernas de las cumbres más altas. Se cuenta que Mari es servida por una corte de mujeres llamadas sorginak, es decir, brujas, que realizan rituales en su honor. A estas servidoras de Mari se les atribuían poderes directamente relacionados con la naturaleza: podían hacer que llegara la lluvia o el granizo, proteger las cosechas o favorecer los nacimientos. La tradición también les atribuye un culto a la luna y a la fertilidad, reflejo de un antiguo sustrato pagano aún muy vivo en estas tierras aisladas de los Pirineos.

Entre las prácticas atribuidas a las sorginak se encuentran las famosas reuniones nocturnas de los viernes por la noche, llamadas akelarre en euskera. Este término significa «prado del macho cabrío» y designa reuniones secretas durante las cuales las brujas supuestamente realizaban todo tipo de ritos mágicos y festivos, similares a los aquelarres. En el imaginario popular, estas celebraciones tenían lugar lejos de los pueblos, en el fondo de las cuevas o sobre las crestas azotadas por el viento, y allí se veneraba a un macho cabrío negro (akerbeltz) como símbolo de poder terrenal. Las montañas vascas albergan, en efecto, numerosos lugares asociados a espíritus o divinidades protectoras, ya sean cuevas sagradas o cumbres consideradas benéficas. Las hogueras de San Juan, en particular, daban lugar cada verano a saltos rituales sobre las llamas, un acto alegre que la Inquisición interpretó más tarde como una artimaña diabólica destinada a negar el miedo al infierno. Del mismo modo, el paisaje vasco evoca al Basajaun, el «señor salvaje» de los bosques que vela por los rebaños, o a las Lamiñak, genios de las aguas que recorren los arroyos: figuras que atestiguan la profunda presencia de la naturaleza en la cultura local. En la vida cotidiana, también se recurría a curanderas y artzain xoriak (pastores-brujos) para curar el ganado o alejar la mala suerte. Para protegerse de las influencias malignas, las familias clavaban en la puerta de sus granjas una gran flor seca llamada eguzki-lore («flor del sol»), a la que se atribuía el poder de impedir la entrada de las brujas y los espíritus malignos en la casa. Estas tradiciones inmemoriales tejían un estrecho vínculo entre la comunidad vasca y el mundo invisible, un equilibrio que pronto se vería brutalmente alterado.

Cazas de brujas en Labort en el siglo XVII

En el cambio de los siglos XVI y XVII, la desconfianza religiosa y los conflictos políticos transformarían a las sorginak en blanco de una feroz represión. El año 1609 marca el inicio de un episodio trágico. El rey Enrique IV, alarmado por los rumores de misas negras en Labort, envió aquel verano a dos consejeros del Parlamento de Burdeos para «purgar» la provincia. Pierre de Rosteguy de Lancre, el más célebre de los dos comisarios, se estableció en Saint-Pée-sur-Nivelle y recorrió veinticuatro parroquias de Labort en el transcurso de unos meses. Aprovechando la ausencia de muchos hombres, que habían partido a pescar ballenas o bacalao en Terranova, interrogó sin descanso a decenas de aldeanos, especialmente mujeres y adolescentes, a quienes acusó de participar en el aquelarre y pactar con el Diablo. Los testimonios obtenidos mediante tortura alimentaron un clima de terror y empujaron a numerosos habitantes a huir hacia las montañas o la vecina Navarra. Al término de esta campaña relámpago, unas ochenta personas, en su mayoría mujeres, fueron enviadas a la hoguera por orden de Pierre de Lancre. Este balance espantoso convirtió la caza de brujas de 1609 en la más violenta que había conocido Francia, única por la magnitud de las ejecuciones colectivas que provocó.

Esta oleada de persecución vasca no se limitó a la vertiente francesa. Al otro lado de la frontera, la Inquisición española ya se había ocupado de un caso similar en el pueblo navarro de Zugarramurdi. Allí, una serie de acusaciones entre vecinos condujo al arresto de 31 personas, 11 de las cuales morirían en la hoguera durante un gran auto de fe celebrado en Logroño en noviembre de 1610. En total, los tribunales inquisitoriales examinaron varios miles de casos en todo el País Vasco sur, movilizando un aparato judicial sin precedentes. Sin embargo, ya en 1611 algunos investigadores españoles comenzaron a dudar de la realidad de aquella supuesta conspiración satánica. Alonso de Salazar Frías, encargado de investigar sobre el terreno después de la tormenta, confesó no haber encontrado ninguna prueba tangible de brujería a pesar de las confesiones obtenidas. Su informe escéptico llevó al inquisidor general a suspender todos los procesos en 1614, mucho antes de que otros países europeos hicieran lo mismo. En Francia, los excesos de Pierre de Lancre también acabaron suscitando inquietud: aunque su sangrienta cruzada dejó una huella duradera, no fue seguida por otras cazas de magnitud comparable en la región. Por el contrario, el Parlamento de Burdeos anuló posteriormente algunas de sus condenas, y un edicto real de 1682 despenalizó la brujería, lo que marcó el fin oficial de los procesos contra las brujas en el reino.

Supervivencias y legado

Aunque la represión interrumpió brutalmente los antiguos cultos, no hizo desaparecer por completo toda práctica mágica del País Vasco. En las zonas rurales de Iparralde (el País Vasco norte), numerosas tradiciones populares continuaron observándose, a veces discretamente, durante los siglos siguientes. Las curanderas, parteras y beraize (adivinas) siguieron ejerciendo su labor entre los aldeanos, perpetuando remedios a base de plantas y rituales de protección transmitidos de generación en generación. Un rito ancestral consistía en hacer pasar a un niño enfermo entre las dos ramas de un viejo roble hendido para curarlo de una hernia o de una debilidad de la sangre. Este ceremonial, documentado todavía en el siglo XX, demuestra la persistencia de un saber oculto arraigado en la simbiosis con la naturaleza. Del mismo modo, el uso de la eguzki-lore clavada en las puertas de las casas para alejar los rayos y los espíritus malignos se ha mantenido vivo: aún hoy se pueden ver estos grandes cardos secos adornando las granjas vascas.

La magia y la brujería en el País Vasco

Memorial Oroit Mina. Fuente

Por supuesto, con el tiempo, la brujería vasca perdió su carácter clandestino y temido para entrar en el ámbito del patrimonio y la memoria. Durante mucho tiempo silenciada por miedo al ridículo o a la condena, la figura de la bruja vasca fue objeto de una rehabilitación simbólica. En 2009, cuatro siglos después de los acontecimientos de 1609, se inauguró en la plaza del pueblo de Saint-Pée-sur-Nivelle una escultura conmemorativa titulada Oroit Mina («En recuerdo del dolor»), no lejos de las ruinas del castillo donde tenía su sede el siniestro tribunal de Lancre. Actualmente, diversas iniciativas culturales celebran este legado con un espíritu sereno. Cada verano se organiza una Marcha de las brujas por los caminos transfronterizos entre Sare y Zugarramurdi, invitando a habitantes y visitantes a recorrer a pie la historia de los aquelarres vascos. En Ciboure, la Sorgin Gaua («Noche de las brujas») reúne cada año a los habitantes vestidos con trajes tradicionales para un desfile al son de las campanas, seguido de bailes alrededor del fuego que recuerdan los antiguos akelarre.


Lejos de cualquier esoterismo de moda, el País Vasco honra así la memoria de sus sorginak de antaño como parte integrante de su identidad. Aquellas que en otro tiempo fueron acusadas de pactar con los demonios son reconocidas hoy como guardianas de una cultura moldeada por las montañas y los misterios de la noche, que ni las hogueras ni el paso del tiempo han logrado hacer desaparecer por completo.

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Únete a la comunidad Aeternum en nuestro grupo de Facebook: consejos, trucos, rituales, conocimientos, productos en un ambiente amable.
¡Voy!
Carrito 0

Tu carrito te está esperando.

Descubra nuestros productos
Pago en 3/4 plazos sin comisiones