En los textos de magia antigua, ciertas palabras producen de inmediato la sensación de entrar en un vocabulario reservado a los iniciados. Paredros pertenece a esta categoría. El término no designa ni un demonio concreto, ni una divinidad particular, ni una especie de espíritu claramente definida. Describe ante todo una función: la de «el que permanece al lado». En los papiros mágicos greco-egipcios, esta proximidad adquiere un alcance ritual notable. El paredros se convierte en el asistente invisible del operador, aquel que responde, revela, interviene, acompaña y prolonga su acción en un mundo donde las relaciones entre humanos, dioses, daimones y poderes intermediarios estructuran toda la práctica.
Esta figura es fascinante porque se resiste a las categorías demasiado simples. El paredros puede compararse con un espíritu familiar, un genio personal, un daimon o un intermediario divino, pero ninguna de estas traducciones basta por sí sola. Por el contrario, las fuentes antiguas muestran una gran variedad de formas. En un texto, el asistente se presenta como un daimon; en otro, está vinculado a Eros; en otros lugares, depende de Selene o recibe epítetos divinos. Lo que une a estas figuras no es su naturaleza, sino el lugar que ocupan: permanecen junto al operador y se convierten en los canales de su acción.
Para comprender el paredros, hay que abandonar la imagen moderna de un simple «guía espiritual» o de un compañero invisible y benevolente. Los papiros describen una relación mucho más técnica. El asistente se adquiere, se invoca, se reconoce, a veces se nombra, a veces se somete a un juramento o se coloca bajo la autoridad de un poder superior. Responde a peticiones concretas, transmite información, abre pasajes, interviene en determinadas situaciones y permite al operador actuar más allá de sus capacidades ordinarias.
El paredros nos introduce así en el corazón de una magia antigua que no se basa únicamente en fórmulas. Se basa en vínculos, jerarquías, nombres, soportes materiales y alianzas. Detrás de este término discreto se perfila toda una concepción del arte mágico: el mago no siempre busca actuar solo. También busca a quien permanecerá a su lado.
Paredros: «el que permanece al lado»
La palabra griega paredros procede de una idea muy concreta: estar colocado junto a alguien, sentarse a su lado, asistirlo en una función. En el lenguaje cívico o administrativo griego, el término podía designar a un adjunto, un asesor o un auxiliar. Cuando este vocabulario pasa a los textos rituales, conserva esa lógica fundamental. El paredros es el ser que permanece junto al operador y actúa con él.
Este matiz es esencial. Hablar «del paredros» como si se tratara de una categoría de espíritus comparable a los ángeles, los daimones o los genios simplifica demasiado las fuentes. Los investigadores que han estudiado los papiros mágicos griegos muestran que el término aparece en varios contextos y que no siempre designa el mismo tipo de entidad. La función de asistencia permanece constante; la identidad cambia.
El marco principal es el de los Papyri Graecae Magicae, generalmente abreviados como PGM. Este corpus moderno reúne manuscritos y fragmentos procedentes del Egipto grecorromano, redactados entre la época helenística y la Antigüedad tardía. En él se encuentran himnos, invocaciones, operaciones de adivinación, ritos de protección, prácticas de atracción, consagraciones, peticiones de revelación y numerosas prescripciones destinadas a actuar sobre el mundo visible o invisible.
No se trata de un libro único. Los PGM forman un conjunto de documentos conservados en varias colecciones. Su riqueza procede precisamente de esta diversidad. Un mismo texto puede emplear la lengua griega, conservar nombres divinos egipcios, utilizar palabras hebreas o fórmulas compuestas de sílabas difíciles de traducir, integrando al mismo tiempo gestos, materiales y lógicas procedentes de distintas tradiciones.
Este encuentro de varios universos es fundamental para comprender el paredros. El Egipto romano no separa claramente lo que hoy llamamos religión, magia, astrología o teurgia. Estos ámbitos se solapan. Los nombres de los dioses, los cuerpos celestes, los animales sagrados, las oraciones, las fumigaciones, las sustancias y los signos escritos pueden formar parte de una misma operación.
Ya hemos explorado esta continuidad en La herencia de la magia egipcia, así como el contexto grecorromano en Tesalia, tierra de la magia griega & romana. El paredros permite profundizar aún más, porque no solo nos informa sobre una tradición o un sistema. Nos muestra la relación personal que ciertos operadores buscaban establecer con una potencia invisible.
El vocabulario empleado para esta potencia también exige prudencia. La palabra griega daimôn, que aparece a menudo en estos textos, no debe traducirse automáticamente con el sentido negativo que la palabra «demonio» adquirió en el cristianismo medieval y moderno. En la Antigüedad, daimôn puede designar una potencia intermediaria, un espíritu, un agente divino o una presencia vinculada a una persona, un lugar o una función. Su naturaleza depende del contexto.
Por tanto, un paredros puede ser calificado de daimôn sin convertirse por ello en una potencia maligna. Incluso puede recibir un título divino. En algunos textos, las fronteras son flexibles: el asistente puede presentarse como un dios, un ángel, un espíritu o un intermediario, sin que el autor parezca percibir la contradicción que nosotros veríamos hoy.
Esta flexibilidad se debe probablemente a que los textos se interesan menos por la clasificación abstracta que por la eficacia de la relación. Quieren saber qué potencia actúa, bajo qué autoridad, cómo se la aborda, qué nombre se pronuncia, qué signo se emplea y qué puede lograr.
El paredros se define, por tanto, ante todo por su posición. Es quien permanece junto al operador. No está simplemente presente: queda disponible. Esta proximidad constituye su función y su poder. El asistente sirve de enlace entre el practicante y unas fuerzas que exceden la acción humana ordinaria.
Este modelo relacional está muy alejado de la visión moderna del «hechizo» concebido como una fórmula autónoma. En los textos antiguos, una operación funciona porque sitúa al operador dentro de una red de autoridades. Los dioses dominan a las potencias intermediarias, los nombres permiten alcanzar ciertas entidades, las horas abren determinados momentos y las materias corresponden a fuerzas particulares. El paredros es uno de los elementos más personales de esta arquitectura.
El ritual de Pnouthios y la adquisición de un asistente
Uno de los testimonios más importantes sobre el paredros se encuentra en el primer papiro del corpus PGM. El manuscrito, conocido con el número P. 5025 por su parte berlinesa, es un rollo mágico datado en la Antigüedad tardía. El catálogo de la Berliner Papyrusdatenbank lo describe como un manual que contiene varias operaciones, entre ellas dos destinadas a recibir un espíritu profético durante la noche, prácticas de invisibilidad, un trabajo de memoria, una preparación de tinta ritual y una invocación de un daimon profético.
Entre estas operaciones figura el célebre ritual de Pnouthios, conservado en PGM I 42-195. El texto se presenta como una enseñanza transmitida por Pnouthios a cierto Keryx. Esta forma no es casual. Confiere al rito el valor de un saber recibido, conservado y transmitido. La operación no se presenta como una improvisación, sino como un método perteneciente a una cadena de conocimiento.
El objetivo declarado es ambicioso: adquirir un asistente sobrenatural destinado a permanecer junto al operador. El verbo «adquirir» puede sonar brusco a nuestros oídos, pero no debe entenderse como la posesión material de un ser. El rito busca establecer una relación duradera. El asistente no debe aparecer una sola vez y luego desaparecer. Debe volverse accesible, reconocible y capaz de intervenir de nuevo.
Esta diferencia es fundamental. Una invocación puntual llama a una presencia durante un momento. La adquisición de un paredros pretende transformar esa presencia en un vínculo estable. El resultado esperado no es solo una respuesta. Es una alianza ritual.
Los preparativos muestran que esta alianza exige una puesta en condiciones precisa. La purificación, la disciplina, la preparación del cuerpo, la elección del momento y la organización del espacio participan en el rito. El operador no se limita a pronunciar un nombre. Él mismo se sitúa en un estado adecuado. La magia antigua concede gran importancia a esta transformación previa: el practicante debe volverse compatible con el poder al que busca acercarse.
El ritual de Pnouthios también incluye una dimensión de hospitalidad. El asistente no solo es convocado bajo la coacción de una fórmula; es recibido. Esta idea es muy importante para comprender la lógica antigua. La relación mágica puede adoptar la forma de una acogida, un intercambio y un compromiso. El vínculo se construye mediante una sucesión de gestos que otorgan al ser un lugar junto al operador.
La cuestión del nombre ocupa una posición central. En numerosos textos rituales antiguos, conocer el nombre de un poder significa poder alcanzarlo directamente. El nombre no funciona como una simple etiqueta. Forma parte de la identidad y de la presencia del ser. En ciertos ritos de paredros, obtener el nombre se convierte, por tanto, en un momento esencial: fija la relación y permite al operador llamar de nuevo al asistente.
Este tema se relaciona directamente con nuestro artículo dedicado a las palabras de poder en los grimorios. Las largas sucesiones de nombres, vocales, epítetos y fórmulas que encontramos en los textos antiguos no tienen una función decorativa. Constituyen un lenguaje ritual destinado a identificar, alcanzar o someter a un poder.
Por tanto, la palabra no sirve únicamente para llamar. Establece una posición. El operador habla en nombre de una autoridad, cita poderes superiores, moviliza nombres sagrados e inscribe al asistente en una jerarquía. Es esta estructura la que da eficacia a la conjuración.
Explicamos esta lógica en ¿Qué es una conjuración?. En los textos de magia tradicional, una conjuración no es una simple petición cortés dirigida a un espíritu. Es una palabra de autoridad que define quién habla, en calidad de qué, en nombre de qué poderes y en qué orden invisible debe situarse el ser invocado.
El paredro adquirido mediante el ritual de Pnouthios recibe entonces funciones especialmente amplias. Puede transmitir información, revelar lo que permanece oculto, facilitar ciertas acciones, liberar al operador de ataduras, abrir pasajes y actuar en situaciones en las que la capacidad humana parece insuficiente. Algunas interpretaciones del texto destacan incluso su relación con la invisibilidad o con la posibilidad de pasar desapercibido.
Por tanto, no es un asistente simbólico. En la lógica del papiro, actúa realmente. Se convierte en ejecutor, mensajero, protector e intermediario. Con él, el practicante obtiene una capacidad de acción ampliada.
El texto va aún más lejos al conceder a esta relación un alcance que supera la vida ordinaria. Algunos pasajes relacionan al paredro con el destino del operador después de la muerte. Esta perspectiva muestra que el asistente no se busca únicamente para resolver un problema puntual. El vínculo puede adquirir una dimensión existencial y espiritual.
El ritual de Pnouthios revela, por tanto, una ambición notable: cambiar la posición del operador en el mundo invisible. Quien posee un paredro ya no es simplemente alguien que conoce una fórmula. Se convierte en aquel junto a quien se encuentra una potencia.
Eros, Selene y los múltiples rostros del paredro
El peligro ahora sería imaginar que existe una doctrina única sobre el paredro. Los papiros muestran exactamente lo contrario. El mismo término puede designar asistentes de naturaleza muy diferente. La función es estable, pero las identidades varían.
En algunos textos, el paredro está directamente relacionado con Eros. Ya no se trata únicamente de un espíritu personal obtenido para responder a todo tipo de peticiones. La asistencia se integra en una operación en la que la potencia de Eros se convierte ella misma en el agente principal. El término describe la manera en que esta potencia se pone a disposición del operador.
En otros lugares, el paredro aparece asociado a Selene. La diosa conserva la posición superior en la jerarquía y el asistente actúa bajo su autoridad. Esta estructura es particularmente importante: muestra que un paredro puede ser enviado o delegado por una divinidad. El operador no captura necesariamente una potencia libre. Puede recibir un intermediario porque una potencia superior se lo concede.
Esta delegación permite comprender mejor el pensamiento ritual de la Antigüedad. El mundo invisible no es homogéneo. Está organizado por grados. Algunas potencias mandan, otras ejecutan; algunas son invocadas como soberanas, mientras que otras sirven de agentes. El operador eficaz debe conocer esta organización y saber en qué nivel intervenir.
El paredro ocupa un lugar ideal en este sistema. Se mantiene lo bastante cerca del ser humano como para actuar de interlocutor, pero sigue vinculado a un orden divino más vasto. Pertenece a ambas dimensiones a la vez: proximidad y poder.
Algunos textos también acercan al asistente al ámbito de los muertos o de las potencias ctónicas. Esto no significa que todo paredro sea el espíritu de un difunto. Los papiros mágicos emplean a los muertos de varias maneras, especialmente en operaciones de coerción, revelación o atracción. El paredro no se reduce a esta categoría. Hay que evitar fusionar todas las formas de asistencia sobrenatural bajo un solo nombre.
Esta prudencia es aún más necesaria porque la palabra paredros puede describir más una función que una naturaleza. Dos seres completamente distintos pueden convertirse en paredroi si ocupan el mismo lugar junto al operador. Es exactamente igual que en el mundo humano: dos personas pueden ser «asistentes» sin compartir el mismo origen, carácter o competencias.
Esta lectura también explica por qué algunas traducciones modernas han sido engañosas. Traducir cada paredro por «demonio asistente» da la impresión de que se trata de una categoría fija. Sin embargo, los textos pueden hablar de un dios, un daimon, un ángel o un agente dependiente de una potencia superior. La clasificación cristiana tardía de los seres invisibles no corresponde exactamente a la del Egipto grecorromano.
Para el ocultista contemporáneo, esta constatación resulta especialmente instructiva. A los sistemas modernos les gustan las jerarquías bien ordenadas: ángeles, demonios, inteligencias planetarias, genios, elementales, muertos, guías. Los textos antiguos son más fluidos. Se interesan прежде всего por la acción. ¿Qué potencia hay que abordar? ¿Qué nombre hay que emplear? ¿Bajo qué autoridad puede establecerse contacto con ella? ¿Qué resultado puede producir?
Por tanto, el paredro revela una magia profundamente relacional. El operador no activa simplemente una fuerza impersonal. Entra en un orden de seres, nombres y funciones. Su éxito depende de su capacidad para establecer la relación adecuada.
Esta lógica también coincide con el verdadero sentido del círculo ritual. Lo desarrollamos en Sobre el verdadero uso del círculo mágico. El círculo no es solo una barrera destinada a impedir la entrada de los espíritus. Define un lugar, una autoridad y un orden. Sitúa al operador. El paredro desempeña un papel similar en el plano relacional: sitúa una potencia junto a él.
Tampoco hay que proyectar sobre el paredros la imagen contemporánea del guía interior encargado de fomentar el desarrollo personal. Los papiros le encomiendan acciones concretas. Debe responder, conducir, revelar, proteger, liberar, transmitir o intervenir. Su función es operativa.
Esta eficacia no excluye una dimensión iniciática. Recibir una potencia que permanece junto a uno de forma duradera transforma necesariamente el estatus del operador. El rito no proporciona solo una herramienta. Establece una nueva relación con el mundo invisible.
Esta dimensión explica las comparaciones que a veces se establecen con la teurgia de la Antigüedad tardía. Es necesario mantener una distinción entre los papiros mágicos y los sistemas filosóficos de la teurgia neoplatónica, pero ambos universos comparten una cuestión fundamental: ¿cómo entra el ser humano en relación con una potencia que trasciende su condición? La respuesta pasa por la purificación, el rito, la palabra sagrada, las materias y la presencia divina.
Por eso también se puede relacionar el paredros con ciertas formas de Alta Magia, sin pretender que exista una línea directa que conecte los papiros grecoegipcios con sistemas occidentales muy posteriores. La semejanza funcional es real. La transmisión histórica, en cambio, siempre debe demostrarse.
Paredros, espíritu familiar, daimon personal y ángel de la guarda
El lector moderno busca equivalentes de forma natural. ¿Se parece el paredros al espíritu familiar de las tradiciones europeas? ¿A un daimon personal? ¿A un genio? ¿A un ángel de la guarda? La comparación puede ayudar a comprender, siempre que no borre las diferencias.
El espíritu familiar constituye probablemente la comparación más inmediata. En ciertos relatos europeos medievales y modernos, el espíritu familiar es un espíritu vinculado a una persona y capaz de ayudarla. La idea de una presencia invisible duradera parece muy cercana a la del paredros. Sin embargo, el contexto no es el mismo. Los procesos por brujería, la teología cristiana y las representaciones modernas del espíritu familiar se desarrollan mucho más tarde y en otro universo religioso.
Por lo tanto, el término puede servir como comparación, pero no como traducción exacta. Decir que un paredros es «una especie de espíritu familiar antiguo» puede ayudar a visualizar su función; afirmar que se trata del mismo fenómeno sería ir demasiado lejos.
El daimon personal griego ofrece otro paralelismo. En la filosofía y la religión griegas, la idea de una potencia vinculada al destino o a la conducta de un individuo es antigua. El célebre signo divino de Sócrates pertenece a este horizonte. Pero el paredros de los papiros se distingue por su carácter adquirido y operativo. No es simplemente una presencia dada con la existencia. Puede buscarse mediante un procedimiento ritual.
El genius romano también presenta semejanzas. Puede estar asociado a una persona, a un lugar o a una colectividad. Una vez más, se trata de una presencia que acompaña y expresa una potencia propia. Pero los ritos y los significados no coinciden exactamente con los del paredros.
La comparación con el ángel de la guarda cristiano es aún más delicada. Algunas fuentes tardías utilizan el vocabulario del ángel, y la palabra griega angelos significa en primer lugar «mensajero». Los intercambios de vocabulario entre las tradiciones son reales. Pero el ángel de la guarda cristiano protege en virtud de un orden providencial, mientras que el paredros de los PGM puede obtenerse mediante una operación precisa destinada a establecer su asistencia.
La magia ceremonial occidental conocerá más tarde otra figura: la del Santo Ángel Guardián. La comparación resulta entonces tentadora. En ambos casos, una relación personal con una inteligencia superior puede transformar la autoridad y las capacidades del operador. Sin embargo, los textos, los siglos, los marcos religiosos y los objetivos difieren. Hay que hablar de analogía, no de identidad.
Esta distinción evita un error frecuente en la historia del ocultismo: buscar una única tradición inmutable bajo nombres diferentes. Las semejanzas existen, pero resultan precisamente interesantes porque muestran cómo cada época reformula una misma cuestión.
Esta cuestión puede formularse así: ¿cómo establecer una relación duradera con una potencia invisible capaz de asistir al ser humano?
Las respuestas cambian según los contextos. En algunos sistemas, el asistente está vinculado al nacimiento. En otros, depende de un dios o de un santo. En otros casos, procede de una iniciación, una consagración o una operación prolongada. En los papiros, puede obtenerse mediante un procedimiento que combina purificación, invocación, reconocimiento, nombre, compromiso y establecimiento de una relación.
Por tanto, el paredros permite distinguir la invocación de la adquisición. Invocar consiste en llamar a una presencia. Adquirir un paredros consiste en convertir esa presencia en un interlocutor duradero. Este cambio explica por qué los ritos correspondientes son más elaborados que una simple petición puntual.
Esta diferencia también arroja luz sobre ciertas prácticas posteriores de magia ceremonial. Detrás de los sellos, los nombres, las fumigaciones y las palabras de poder, el objetivo no siempre es «lanzar un hechizo». A menudo se trata de establecer una relación correcta con un poder y de definir la autoridad bajo la cual dicha relación puede funcionar.
Los objetos rituales adquieren entonces otro significado. Una imagen consagrada, una lámpara, una fumigación o un carácter mágico no son simples decoraciones. Dan una forma sensible a la relación. Ofrecen un soporte, una presencia material, un lugar de manifestación o un medio de reconocimiento.
Esta es una de las grandes constantes del ocultismo tradicional: la materia y lo invisible no están separados. La materia sirve de mediación. El aceite, el incienso, el metal, el dibujo, el nombre escrito, la lámpara o la piedra pueden participar en el establecimiento de un vínculo. El paredro representa casi la culminación personal de este principio: el poder ya no está asociado únicamente a un objeto o a un signo, sino que se convierte en un interlocutor que permanece junto al operador.
Lo que el paredro revela sobre la magia antigua
El paredro es fascinante porque obliga a reconsiderar la manera en que imaginamos la magia antigua. No se reduce ni a las maldiciones grabadas sobre plomo, ni a los amuletos, ni a las invocaciones espectaculares. Los PGM también muestran operaciones cuyo objetivo es transformar de manera duradera la posición de quien las realiza.
El ritual de Pnouthios es un excelente ejemplo de ello. El operador no pide solamente una visión o una respuesta. Quiere un aliado. Busca un poder que pueda permanecer junto a él, intervenir de nuevo, transmitir información y actuar cuando su propia capacidad ya no sea suficiente.
Este modelo revela una concepción profundamente relacional del poder mágico. Las plantas poseen afinidades, los astros gobiernan ciertos momentos, los nombres abren el acceso a poderes, los dioses delegan agentes, los muertos pueden servir de intermediarios y los objetos consagrados se convierten en puntos de contacto. El practicante eficaz es quien comprende estas relaciones y sabe situarse correctamente en medio de ellas.
El paredro es la forma más personal de esta lógica. Es la relación convertida en presencia.
Sin embargo, esta presencia sigue siendo ambivalente. El asistente está cerca del operador, pero nunca se vuelve algo banal. Los textos insisten en la purificación, la autoridad de los nombres y la seriedad del compromiso. Incluso cuando sirve, el paredro pertenece a un orden superior. Por tanto, la relación se basa en una tensión constante entre proximidad y poder.
Precisamente por eso merece la pena conservar la palabra. «Familiar», «genio», «daimon» o «asistente» solo expresan cada uno un aspecto. Paredros expresa algo más simple y más fuerte: quien se encuentra junto a alguien.
En un universo ritual donde el rango importa tanto como la naturaleza, esta proximidad no es secundaria. Quien se encuentra junto a un rey participa de su autoridad. Quien se encuentra junto a un dios puede transmitir su voluntad. Quien se encuentra junto al mago se convierte en la prolongación de su acción.
Esta idea explica la persistencia, bajo formas diferentes, de la figura del asistente sobrenatural en la historia del ocultismo. Cambian las épocas, cambian los nombres, cambian los sistemas, pero la pregunta sigue siendo: ¿se puede establecer con lo invisible una relación lo bastante fuerte como para que la fuerza invocada deje de estar solo de paso?
Los papiros mágicos grecoegipcios responden a veces que sí. Describen los medios por los que una presencia puede ser llamada, reconocida e integrada en una práctica. Su lenguaje es antiguo, sus categorías no son las nuestras, pero su propósito sigue siendo inmediatamente comprensible.
El paredros no viene simplemente a proporcionar una respuesta. Viene a modificar la condición de quien lo obtiene. El practicante ya no está solo frente a las fuerzas que busca alcanzar. Una entidad se encuentra ahora a su lado, transmite su mensaje, realiza ciertas tareas y le abre nuevas posibilidades.
Sin duda, esta es la mejor manera de comprender el término. El paredros no es una criatura única oculta en una antigua jerarquía. Es una función ritual, una proximidad organizada, una alianza entre un operador y una fuerza invisible.
Y es precisamente esta alianza la que hace que el tema sea tan importante para la historia de la magia. Muestra que el ocultismo antiguo no pensaba únicamente en términos de fuerzas o fórmulas. Pensaba en términos de relaciones.
Fuentes principales: Hans Dieter Betz (ed.), The Greek Magical Papyri in Translation, University of Chicago Press; Leda Jean Ciraolo, trabajos dedicados a los asistentes sobrenaturales de los papiros mágicos griegos; Eleni Pachoumi, The Concepts of the Divine in the Greek Magical Papyri, Mohr Siebeck; Berliner Papyrusdatenbank, P. 5025 A+B, «Magisches Handbuch»; William M. Brashear, «The Greek Magical Papyri: An Introduction and Survey», Aufstieg und Niedergang der römischen Welt.






























