Como quizá sepan, detrás de Aeternum se encuentra una pequeña empresa con sede en Bretaña (más concretamente, en el sur de Finisterre). Y es bien sabido que este territorio vive al ritmo de leyendas, mitos y prácticas mágicas más o menos conocidas (Brocéliande, Merlín, el hada Viviana, los Alineamientos y muchas otras). Así pues, para poner en valor nuestro hermoso territorio, publicaremos regularmente leyendas poco conocidas de la historia bretona.
Esta semana, les propongo descubrir la leyenda de la Vieja Glotona, que tiene lugar en el Castillo de Trévarez (que les recomiendo encarecidamente visitar). Además del magnífico castillo, pasearán por un dominio cautivador y lleno de facetas, como una oda a la Naturaleza.

Se dice que, en el dominio, envuelto en misteriosas brumas, el espectro de la marquesa de Trévarez regresaba para atormentar los oscuros pasillos de su antiguo castillo. Este lugar, antaño símbolo de magnificencia y grandeza, se transformaba, al caer la noche, en un escenario de acontecimientos sobrenaturales.
La leyenda evoca a Ar Loncheghez Coz, o «la Vieja Glotona», apodo que le dieron los lugareños para aludir a su insaciable hambre de almas. Este aterrador espectro sembraba el caos en el castillo, manifestando su presencia mediante ruidos extraños, objetos desplazados y luces parpadeantes. Su aura era tan poderosa que los habitantes de los alrededores temían acercarse a aquella morada, famosa por estar maldita, por miedo a encontrarse con su mirada gélida, que prometía desesperación.
Ante estos sucesos, el rector de la parroquia de Laz, hombre de fe y valor, decidió intervenir. Armado con sus oraciones y una determinación inquebrantable, se dirigió al castillo durante una noche de luna llena, cuando las sombras parecen más negras y los espíritus más agitados.
Según el relato, durante esta confrontación espectral, el rector, mediante sus poderosos conjuros, logró amansar el espíritu de la marquesa. La metamorfoseó en un pequeño spaniel bretón, una criatura de apariencia inocente pero de mirada melancólica. Entonces confió el perro a su fiel sirviente, encomendándole la tarea de llevarlo hasta lo más profundo de los bosques cercanos.

Allí, bajo una luz de luna que parecía plateada, el rector trazó un círculo ritual alrededor del pequeño perro. Golpeó tres veces al animal con una varita consagrada, cada golpe resonando como el tañido fúnebre de la libertad recuperada. Sin mirar atrás, el sacerdote se alejó, dejando a sus espaldas el murmullo de las hojas y el aliento del viento, que parecía llevar una oración para que el alma atormentada de la marquesa encontrara por fin el descanso.
La leyenda concluye que, desde ese instante, el alma de la marquesa fue absorbida por las profundidades de la tierra, encerrada por toda la eternidad en un laberinto de raíces y piedra, sin volver a atormentar jamás el mundo de los vivos... al menos, eso es lo que esperamos.






























