Desde casi el inicio de los tiempos, el magnetismo fascina a los hombres como una fuerza invisible que conecta el mundo material y el mundo espiritual. Primero observado a través de la piedra imán capaz de atraer el hierro, este fenómeno ha alimentado mitos y prácticas sagradas. Desde los sacerdotes de la Antigüedad hasta los sanadores de nuestros pueblos, se le han atribuido a esta energía extraños poderes, a veces para curar, a veces para encantar. Pero, ¿qué es realmente? ¿Y de dónde viene? Respuestas.
1. Piedras magnéticas y poder invisible
Los primeros testimonios del magnetismo en Occidente se remontan a la Antigüedad grecorromana. Los griegos habían descubierto en Asia Menor unas piedras particulares – la magnetita – capaces de atraer el hierro. Un relato legendario contado por Plinio el Viejo menciona a un joven pastor llamado Magnes, cuyas sandalias con clavos y su bastón de hierro fueron atraídos por una roca invisible: así habría descubierto la primera piedra imán. Este “magnes” – nombre de la región de Magnesia – dio nombre al fenómeno. Los pensadores antiguos veían en ello más que una curiosidad mineral. El filósofo Tales de Mileto, en el siglo VI a.C., afirmaba que el imán estaba dotado de un alma porque podía mover objetos inanimados. Así, confería una dimensión viva y espiritual a esta piedra que parecía actuar por su propia voluntad.
Este asombro ante los poderes del imán se refleja en los múltiples nombres y símbolos con que se le ha adornado. Los griegos lo apodaban “piedra de Hércules”, en referencia al héroe famoso por su fuerza, tanto estaban impresionados por la vigorosa atracción del imán. De hecho, toda una mitología rodea al imán: se cuenta que existen islas magnéticas capaces de atraer a los barcos cargados de hierro, o que hombres quedaban clavados al suelo por sus zapatos con clavos cuando el suelo era rico en magnetita. Autores serios de la Antigüedad, como Plutarco o Ptolomeo, también difundían extrañas recetas relacionadas con el imán: por ejemplo, frotar un imán con ajo se decía que le hacía perder su poder, mientras que sumergirlo en sangre de macho cabrío se lo devolvía inmediatamente. Estas creencias, recogidas siglos después por eruditos, muestran cuánto el magnetismo de la piedra alimentó la imaginación y las prácticas misteriosas desde la Antigüedad.

Magnetita
Paralelamente a las leyendas, al imán se le atribuyeron virtudes muy concretas, especialmente terapéuticas. Los médicos antiguos usaban la piedra magnética para aliviar ciertos males. El propio Aristóteles menciona el efecto analgésico y cicatrizante del imán, capaz no solo de calmar el dolor sino también de extraer del cuerpo fragmentos de hierro como puntas de flecha de las heridas. Asimismo, el dios sanador Asclepio (Esculapio) estaba asociado a estas propiedades benéficas de la piedra de Hércules. En el Antiguo Egipto, la magnetita servía como amuleto protector, los sacerdotes considerándola un talismán que captaba las fuerzas benéficas y alejaba las influencias malignas.
Esta doble vocación del imán – tanto mágica como curativa – se encarna en numerosas anécdotas históricas. La reina Cleopatra VII, última faraona de Egipto, era famosa por su interés en las ciencias ocultas de su tiempo. La tradición dice que llevaba en la frente una joya de imán para preservar su belleza y evitar las arrugas, convencida de la capacidad de esta piedra para mantener la juventud de su piel. Más aún, se dice que dormía en una cama incrustada de lodestones (piedras imán) para bañar su cuerpo en esta influencia magnética beneficiosa. De igual modo, Hipócrates – el padre de la medicina griega – habría usado la magnetita para tratar ciertos trastornos, como la esterilidad, demostrando que la idea de un magnetismo sanador ya estaba presente en los sabios de la Antigüedad.
Así, en el mundo antiguo occidental, el imán aparece como un punto de contacto entre lo visible y lo invisible. A veces instrumento de mitos (guiando a los marineros, protegiendo de fuerzas ocultas), a veces remedio, simboliza una energía universal de atracción y armonía. Lo que los griegos intuían confusamente – una fuerza única capaz de actuar a distancia, curar el cuerpo e influir en el alma – atravesaría los siglos y se enriquecería con las tradiciones esotéricas.
2. El redescubrimiento del magnetismo en el Renacimiento
Tras la Edad Media, que principalmente valoró el imán por su utilidad en la brújula y la navegación, el Renacimiento ve renacer el interés por el magnetismo como fuerza oculta. Los pensadores herméticos y alquimistas del siglo XVI integran el imán y su extraño poder en su visión del cosmos. Entre ellos, el médico y filósofo suizo Paracelso (1493-1541) juega un papel importante. Convencido de que el hombre es un microcosmos que refleja el macrocosmos, Paracelso describe la naturaleza como recorrida por un fluido universal invisible que conecta los astros, la Tierra y los seres vivos. Nombra explícitamente esta energía como magnetismo. Según él, cada ser humano está impregnado de un fluido magnético que emana del cosmos y circula por su cuerpo creando polaridades, como un imán. El cuerpo humano tendría así un polo positivo (conectado a influencias celestes) y un polo negativo (anclado en los elementos terrestres), y la salud resultaría del equilibrio de estas fuerzas. Paracelso afirma: «El hombre está dotado de este fluido particular que emana del macrocosmos... una energía que se denomina magnetismo». Incluso contempla explicar ciertos maleficios o encantamientos por esta acción magnética: la voluntad de un hechicero puede influir a distancia en el «cuerpo espiritual» de una víctima, como si se imantara un objeto, provocando efectos reales sin contacto físico. Para él, este vínculo invisible entre los seres pertenece a una misma ciencia natural que los médicos no deben ignorar, porque conocer el magnetismo es conocer una de las claves de la vida.
En este siglo del Renacimiento, el magnetismo se convierte así en un concepto puente entre la ciencia naciente y la antigua magia. Algunos sabios exploran sus manifestaciones físicas mientras mantienen una mirada mística. El médico inglés William Gilbert, en 1600, estudia rigurosamente los imanes y propone que la Tierra misma es un gigantesco imán. Pero va más allá al especular que este “aliento magnético” podría explicar mejor que la gravedad los movimientos de los planetas. En su obra De Magnete, Gilbert habla de «espíritus magnéticos» que emanan del sol y los astros, animando el cosmos como un organismo vivo. Esta concepción casi animista del magnetismo cósmico genera debates apasionados. La Iglesia, desconfiada, teme que se confundan leyes de la naturaleza con almas paganas. Un erudito jesuita alemán, Athanasius Kircher, publica en 1667 El Reino magnético de la naturaleza para proponer una visión cristiana del fenómeno. Allí admite la idea de un movimiento magnético en los cielos, que conecta los astros entre sí, pero rechaza otorgar un «alma magnética» a la Tierra para preservar la ortodoxia. Kircher celebra sin embargo el magnetismo como símbolo de la armonía universal: el frontispicio de su libro representa una gran cadena magnética de seres sostenida por una mano de Dios en las nubes y cuyo extremo inferior toca la Tierra. Los eslabones de esta cadena no están enganchados unos a otros, sino que se mantienen por su sola fuerza de atracción, ilustrando la idea de que la voluntad divina magnetiza el mundo para asegurar su cohesión. Esta imagen poderosa de la «cadena magnética» refleja la mentalidad de la época: el magnetismo se percibe como el pegamento secreto del universo, el fluido sutil por el cual el Creador conecta cada cosa en la gran jerarquía de la Creación.
Paralelamente a las especulaciones cósmicas, el magnetismo sigue siendo una herramienta concreta de cura y misterio. En el siglo XVII, el médico flamenco Jan Baptista van Helmont retoma el legado de Paracelso. En 1621 publica un tratado sobre la cura magnética – la «curación magnética de las heridas» – donde defiende la eficacia de curar a distancia aplicando un ungüento sobre el arma que causó la herida en lugar de sobre la herida misma. Este famoso ungüento simpático se basa según él en una acción magnética: la herida y el arma permanecen conectadas por un fluido invisible. Van Helmont escandaliza a la Inquisición al sugerir que incluso las reliquias de los santos podrían curar no por milagro divino, sino gracias a una influencia magnética natural que ejercen sobre los fieles. Sus escritos, criticando a los escolásticos jesuitas, le valen ser perseguido durante veinte años por tribunales eclesiásticos. Esto muestra bien que el magnetismo, como fuerza “natural” con efectos extraordinarios, desafía los límites entre ciencia, fe y magia. Al umbral de las Luces, la idea de un fluido invisible que recorre el mundo y el cuerpo humano es a la vez excitante para los innovadores y preocupante para las autoridades religiosas. Se empieza a intuir que este fluido magnético podría ser la energía misma de la vida, una clave de los secretos de la naturaleza – perspectiva que abre camino a descubrimientos, pero también a controversias.
3. Mesmer y el « magnetismo animal » en el siglo de las Luces
En el siglo XVIII, el magnetismo sale de los círculos esotéricos para conocer una verdadera moda social, encarnada por el carismático Franz-Anton Mesmer. Médico de origen vienés establecido en París, Mesmer se apoya en el legado de ideas anteriores (los fluidos de Paracelso, las experiencias de Van Helmont) para forjar su propia teoría que llama magnetismo animal (en oposición al magnetismo puramente mineral del imán). Según Mesmer, existe un fluido magnético universal que impregna el aire, los astros y los seres vivos, y cuyos desequilibrios en el cuerpo humano provocan enfermedades. El papel del sanador es restablecer la circulación armoniosa de este fluido vital en el cuerpo del paciente. Mesmer postula que ciertos individuos – entre ellos él mismo – poseen un fuerte poder magnético natural y pueden, con su sola voluntad y la imposición de manos, dirigir este fluido en otros para curar.

Franz-Anton Mesmer
Desde los años 1770-1780, Mesmer pone en práctica sus ideas en París y suscita un entusiasmo extraordinario. En lujosos salones, organiza sesiones colectivas alrededor de un extraño dispositivo: el famoso baquet de Mesmer. Se trata de una gran cuba circular llena de agua mezclada con limaduras de hierro, conectada por varillas de hierro curvadas que los pacientes, sentados alrededor, sostienen o aplican sobre las partes enfermas de su cuerpo. Mesmer afirma “imantar” este baquet insuflando su fluido personal, transformando así el agua y el metal en acumuladores de magnetismo. Al son de un vaso de armónica (instrumento musical que produce vibraciones hipnóticas), el terapeuta se mueve entre los pacientes, haciendo pases magnéticos – grandes movimientos de las manos a pocos centímetros de sus cuerpos – para repartir el fluido y disolver los bloqueos energéticos. Los efectos no tardan: muchos pacientes entran en crisis magnéticas, una especie de trance convulsivo acompañado de sudor, risas o llantos catárticos. Mesmer ve en estas crisis la prueba de que el fluido está realineando las fuerzas vitales y expulsando las enfermedades. Los testimonios relatan curaciones espectaculares de parálisis, ceguera histérica, dolores crónicos, atribuidas a la acción de este magnetismo sanador.

El baquet magnético de Mesmer (grabado, 1780)
El éxito social de Mesmer es tal que se agolpan en sus sesiones como en espectáculos. Personalidades de la aristocracia y la alta sociedad participan en el ritual del baquet, encantados de vivir una experiencia en la frontera entre lo científico y lo maravilloso. Para muchos, Mesmer devolvió el prestigio a una magia natural que se creía olvidada. Habla de su sistema en términos científicos, buscando convencer de que este fluido magnético no es más que una fuerza física sutil, análoga a la electricidad o la gravedad, que la ciencia acabará midiendo. En secreto, sin embargo, toda la ciudad murmura sobre el aire de mago del doctor, su mirada penetrante y los pases casi incantatorios de sus manos. El propio Mesmer, envuelto en su éxito, parece oscilar entre el papel de médico ilustrado y el de taumaturgo. Recomienda a sus pacientes ponerse en un estado receptivo, casi de fe, para absorber mejor el fluido – un enfoque más cercano a la curación espiritual que al tratamiento médico clásico.

El magnetismo animal. Fuente: SSEDS
Sus alumnos y sucesores profundizan aún más la dimensión mística del magnetismo. En 1784, el marqués de Puységur, uno de sus discípulos, descubre por casualidad que al magnetizar a un joven campesino puede sumergirlo en un estado de sonambulismo lúcido. El paciente Víctor, aparentemente dormido, comienza a hablar, responder preguntas y manifiesta extrañas intuiciones sobre su propia enfermedad – como si se viera a sí mismo. Este «sueño magnético», sin convulsiones, donde el sujeto actúa como un médium, abre nuevas perspectivas. Puységur y otros magnetizadores exploran este fenómeno de trance que permitiría acceder al espíritu del enfermo, incluso a conocimientos ocultos. Rápidamente se vislumbra que el magnetismo no solo sirve para curar el cuerpo: también puede despertar facultades psíquicas inexplicables, como la clarividencia o la lectura del pensamiento. El magnetismo animal se convierte así, desde finales del siglo XVIII, en un puente hacia el estudio del alma y lo paranormal.
Por supuesto, este auge del magnetismo no está exento de críticas. Los médicos universitarios y los defensores de la razón triunfante de las Luces ven con malos ojos estas experiencias que mezclan crisis teatrales, misticismo y ausencia total de pruebas tangibles. Por orden del rey Luis XVI, una comisión real (que incluye a Benjamin Franklin y Antoine Lavoisier) investiga las prácticas de Mesmer. Su informe, publicado en 1784, concluye que los efectos observados son reales pero se deben a la imaginación y a la fuerza de la sugestión, más que a un fluido inédito. Mesmer, herido en su orgullo, abandona Francia poco después. No importa: el magnetismo animal se ha arraigado en la cultura popular y culta, y una pléyade de magnetizadores continúa su obra por Europa. En Francia, a finales del siglo XIX, seguidores como el barón Du Potet, el doctor Deleuze o el abad Faria perpetúan y transforman el legado mesmeriano. El fluido magnético entra en la literatura médica y oculta, a veces para alabar sus prodigios, a veces para ridiculizarlo. En todo caso, se vuelve imposible ignorar esta extraña fuerza que desata pasiones y parece desafiar las explicaciones clásicas.
4. Magnetismo, magia y esoterismo
El siglo XIX en Francia es una época crucial donde el magnetismo está en la encrucijada entre la ciencia naciente de la psique, la medicina no convencional y la tradición mágica. Mientras los primeros hipnotizadores (James Braid rebautizará la práctica como “hipnosis” hacia 1843) buscan dar una explicación racional al sueño magnético, una poderosa corriente esotérica se apodera del magnetismo e integra en una visión más amplia del ocultismo. Es la época en que el magnetismo coquetea abiertamente con la espiritualidad: ya no se habla solo de curar cuerpos, sino también de iniciar almas y explorar mundos invisibles.

Obra Dogma y Ritual de la Alta Magia, Éliphas Lévi
En 1853, un esoterista francés, Éliphas Lévi, publica su obra Dogma y Ritual de la Alta Magia. Iniciado en las ideas magnéticas, Lévi identifica el fluido magnético de Mesmer con la «Luz astral», esa energía oculta omnipresente que considera el gran agente mágico universal. Según él, la luz astral es un éter sutil que almacena todas las imágenes, todas las influencias, y por el cual se ejercen tanto la magia ceremonial como los fenómenos de magnetismo. Escribe de forma figurada: «El mundo está magnetizado por la luz del sol, y nosotros estamos magnetizados por la luz astral del mundo... Tenemos en nosotros tres centros de atracción fluídica, el cerebro, el corazón y el órgano genital... es por estos órganos que nos comunicamos con el fluido universal transmitido en nosotros por el sistema nervioso». Se ve que el discurso de Lévi mezcla el vocabulario del magnetismo y el de la magia cabalística. Bajo su pluma, el magnetismo no es menos que una fuerza cósmica primordial que el mago puede captar y dirigir por su voluntad, para producir lo que antes se llamaban milagros. Otros ocultistas, como el barón du Potet (que dirigió la Revue du Magnétisme), o más tarde Papus, prolongan esta idea haciendo del magnetismo la piedra angular de una «ciencia sagrada» recuperada. El magnetismo se convierte desde entonces en una herramienta iniciática: no solo se trata de curar, sino de elevar al magnetizado hacia planos superiores de conciencia.
Esta asimilación del magnetismo a la antigua magia no agrada a todos. Las instituciones religiosas, especialmente la Iglesia católica, se alarman. Autores católicos del siglo XIX escriben virulentos panfletos contra el magnetismo y el espiritismo naciente. Para un apologista como Roger Gougenot des Mousseaux, el fluido magnético no es más que un nuevo avatar de lo oculto: «El magnetismo es la forma moderna de la magia. Causa inmediata de las mesas giratorias como de los fenómenos mediúmnicos, permite al magnetizado adquirir poderes extraordinarios», se indigna, concluyendo que tales poderes suponen necesariamente la intervención del demonio. Este punto de vista extremo – que ve en cada magnetizador a un brujo que no sabe que lo es – ilustra la persistencia del miedo al magnetismo. Es cierto que algunas demostraciones de la época difuminan la frontera entre ciencia y sobrenatural. Por ejemplo, durante sesiones de mesas giratorias (precursores del espiritismo hacia 1850), muchos constatan que la presencia de un médium magnetizado facilita mucho los movimientos inexplicables y las comunicaciones del más allá. Incluso se habla de «fuerza odica» o «fluido psíquico» para describir esta energía desconcertante producida por magnetizadores y médiums. A ojos de los creyentes, esta fuerza puede ser tanto un don divino (si se ve como un medio para aliviar y esclarecer el alma) como una tentación diabólica (si se teme que sirva para invocar espíritus malsanos). En todo caso, el magnetismo se ha instalado duraderamente en el paisaje cultural: es estudiado por médicos curiosos, practicado por sanadores de moda, invocado por espiritistas y combatido por moralistas – señal de que se ha convertido en un verdadero fenómeno social.
A finales del siglo XIX, algunos buscan conciliar el magnetismo con la ciencia despojándolo de su aura sobrenatural. En Francia, figuras como Hector Durville y su familia fundan escuelas de magnetismo. Proponen un enfoque “experimental y terapéutico” del magnetismo, intentando integrarlo como auxiliar de la medicina oficial, sin recurrir a explicaciones espiritistas. Sin embargo, incluso Durville acaba reconociendo que existe un «magnetismo trascendental» que supera el simple marco físico: un aspecto oculto del fluido magnético que toca «la vida superior, el infinito inmutable», perteneciente más a una ciencia sagrada que a la ciencia material. A pesar de todos los esfuerzos por “racionalizar” el magnetismo, su misterio persiste. Esta fuerza sigue siendo inasible: a veces se mide en mesmerismos, en pases, en dynes quizás, otras veces se ve como la misma tela de los sueños y del alma del mundo.
5. ¿Qué magnetismo hoy?
El magnetismo, como práctica, ha sobrevivido a todas las fluctuaciones de moda y críticas para arraigarse duraderamente en las tradiciones populares occidentales. En Francia especialmente, forma parte del paisaje de los cuidados tradicionales hasta hoy. En nuestros pueblos, la figura del magnetizador-sanador sigue siendo familiar y respetada. Desde el siglo XIX y mucho antes, personas dotadas del «don» se dedican a aliviar a sus semejantes mediante la imposición de manos, la oración y la transmisión del fluido vital. Se les llama según las regiones tocadores, sanadores, o especializados como barreadores de fuego (los que calman instantáneamente las quemaduras). Estos practicantes, bastante discretos, encarnan la herencia directa del magnetismo animal de Mesmer enriquecido con influencias locales. No siempre hablan de «magnetismo» explícitamente, pero evocan con gusto una energía universal o una fuerza divina que atraviesa sus manos.
Aún hoy, no es raro encontrar, en algún pueblo breton o en una villa del Macizo Central, un magnetizador a quien se recurre cuando la medicina clásica es impotente o demasiado lenta. Miles de franceses acuden a ellos para hacer cortar el fuego de una radioterapia, aliviar un herpes zóster, calmar dolores rebeldes o reequilibrar los nervios. Lejos de ser relegado a la superstición, el magnetismo sigue practicándose con fervor y humildad. Se adapta a las necesidades modernas conservando su esencia espiritual. Se encuentran practicantes en todo el país, cada uno con su sensibilidad: aquí se aliviarán quemaduras, allá se reajustará «el magnetismo de las articulaciones», en otro lugar se purificarán los «fluidos» de una persona deprimida. Esta diversidad testimonia la riqueza de una tradición que ha sabido atravesar los siglos. Sobre todo, el éxito continuo de estas prácticas demuestra que, para muchos de nuestros contemporáneos, existe algo más que la materia palpable: un principio energético invisible, del que el magnetismo es una de las expresiones, sobre el que se puede actuar para recuperar la armonía.
Es notable constatar que la confianza del público hacia estos magnetizadores sigue siendo fuerte. A menudo trabajan en conjunto o como complemento de los médicos: se va «a ver al rebouteux» por un dolor de espalda, mientras se sigue el tratamiento médico, o se pide al barreador de fuego que intervenga en una quemadura mientras se esperan los cuidados de urgencia. Esta convivencia pragmática entre la medicina científica y la curación magnética ilustra una sabiduría popular: ¿por qué privarse de una ayuda, aunque sea inexplicable, si aporta alivio? Finalmente, para muchos, el magnetismo no es tanto una creencia como una experiencia vivida – la de la calidez benéfica de una mano sobre una frente febril, del dolor que se atenúa sin saber cómo, del sueño recuperado tras un pase magnético.
A comienzos del siglo XXI, el magnetismo también se integra en nuevas formas de espiritualidad y bienestar. Se tienden puentes entre la tradición occidental del magnetizador y prácticas orientales como el Reiki (que también se basa en la transmisión de una energía universal por imposición de manos). El lenguaje cambia, se habla de “energía biomagnética”, de chakras y aura – términos tomados de la India o del esoterismo contemporáneo – pero el fondo sigue siendo el mismo. Se trata de abrir los canales de la energía vital y restablecer el equilibrio del cuerpo y el espíritu. Muchos magnetizadores modernos explican su don de manera pedagógica: todo ser vivo está recorrido por una corriente sutil, comparable a una red eléctrica, que debe reequilibrarse en caso de “cortocircuito” o bloqueo. Estas analogías buscan hacer comprensible el magnetismo al hombre de hoy, sin despojarlo de su encanto. Porque la dimensión espiritual nunca está lejos: muchos practicantes invocan una energía de amor, una gracia que los atraviesa. El magnetismo conserva así un carácter sagrado o divino – se habla de un don del Cielo – aunque se presente con palabras modernas.
Así, el magnetismo como fuerza espiritual y mágica ha acompañado a Occidente a través de los siglos, transformándose constantemente pero sin desaparecer nunca. Su papel simbólico es poderoso: representa la atracción universal, la correspondencia misteriosa entre todas las cosas, el fluido de vida que une el alma y el cuerpo, el hombre y la naturaleza. Y hoy en día, cuando las manos de un magnetizador alivian un dolor o calman un espíritu, revive un poco de esa sabiduría: la que afirma que lo invisible forma parte de lo real, y que el magnetismo es un camino para tocar con los dedos el misterio de la vida.
Fuentes:
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De la influencia de los astros sobre los cuerpos vivos, Franz Anton Mesmer, 1776
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Memoria sobre el magnetismo animal, Marqués de Puységur, 1784
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Magnetismo y mesmerismo en la Ilustración, Journal of the History of Ideas, 2015
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El descubrimiento del inconsciente, Henri F. Ellenberger, Basic Books, 1970
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La doctrina del magnetismo animal, Charles Lafontaine, 1851
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De Mesmer a Freud: sueño magnético y las raíces de la curación psicológica, Adam Crabtree, Yale University Press, 1993
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Archivos médicos sobre el magnetismo, París, siglo XIX
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Manuscritos de la Biblioteca Nacional de Francia, secciones sobre mesmerismo y magnetismo animal




























































































































