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¿Qué es exactamente el magnetismo?

¿Qué es exactamente el magnetismo?

Desde casi el principio de los tiempos, el magnetismo fascina a los seres humanos como una fuerza invisible que conecta el mundo material y el mundo espiritual. Observado primero a través de la piedra imán, capaz de atraer el hierro, este fenómeno alimentó mitos y prácticas sagradas. Desde los sacerdotes de la Antigüedad hasta los curanderos de nuestros campos, se atribuyeron a esta energía poderes extraños, a veces para curar y otras para hechizar. Pero ¿qué es realmente? ¿Y de dónde proviene? Respuestas.

Piedras magnéticas y poder invisible

Los primeros testimonios del magnetismo en Occidente se remontan a la Antigüedad grecorromana. Los griegos descubrieron en Asia Menor unas piedras particulares —la magnetita— capaces de atraer el hierro. Un relato legendario transmitido por Plinio el Viejo habla de un joven pastor llamado Magnes, cuyas sandalias tachonadas y cuyo bastón de hierro fueron atraídos por una roca invisible; así habría descubierto la primera piedra imán. Este “magnes” —nombre derivado de la región de Magnesia— dio su nombre al fenómeno. Los pensadores de la Antigüedad veían en él algo más que una curiosidad mineral. El filósofo Tales de Mileto, en el siglo VI a. C., afirmaba que el imán estaba dotado de alma porque podía mover objetos inanimados. De este modo, confería una dimensión viva y espiritual a aquella piedra que parecía actuar por voluntad propia.

Esta fascinación ante los poderes del imán se refleja en los múltiples nombres y símbolos con los que se lo adornó. Los griegos lo apodaban “piedra de Hércules”, en referencia al héroe famoso por su fuerza, tal era la impresión que les causaba el poder de atracción del imán. De hecho, toda una mitología rodea al imán: se cuenta que existen islas magnéticas capaces de atraer hacia sí a los barcos cargados de hierro, o que algunos hombres quedaban clavados al suelo por sus zapatos herrados cuando el terreno era rico en magnetita. Autores serios de la Antigüedad, como Plutarco o Ptolomeo, también difundían extrañas recetas relacionadas con el imán: se creía que frotarlo con ajo le hacía perder su poder, mientras que sumergirlo en sangre de macho cabrío se lo devolvía de inmediato. Estas creencias, transmitidas siglos más tarde por eruditos, muestran hasta qué punto el magnetismo de la piedra alimentó la imaginación y las prácticas misteriosas desde la Antigüedad.

¿Qué es exactamente el magnetismo?

Magnetita

Paralelamente a las leyendas, al imán se le atribuyeron virtudes muy concretas, especialmente terapéuticas. Los médicos de la Antigüedad utilizaban la piedra magnética para aliviar ciertos males. El propio Aristóteles menciona el efecto analgésico y cicatrizante del imán, capaz no solo de calmar el dolor, sino también de extraer del cuerpo fragmentos de hierro, como puntas de flecha alojadas en las heridas. Asimismo, el dios sanador Asclepio (Esculapio) estaba asociado a estas propiedades beneficiosas de la piedra de Hércules. En el Antiguo Egipto, la magnetita se utilizaba como amuleto protector, pues los sacerdotes la consideraban un talismán capaz de captar las fuerzas benéficas y alejar las influencias malignas.

Esta doble vocación del imán —mágica y curativa a la vez— se encarna en numerosas anécdotas históricas. La reina Cleopatra VII, última faraona de Egipto, era conocida por su interés en las ciencias ocultas de su tiempo. Según la tradición, llevaba en la frente una joya de imán para preservar su belleza y evitar las arrugas, convencida de que aquella piedra podía mantener la juventud de su piel. Más aún, se dice que dormía sobre una cama incrustada con lodestones (piedras imán) para bañar su cuerpo en aquella benéfica influencia magnética. Del mismo modo, se cree que Hipócrates —el padre de la medicina griega— empleaba magnetita para tratar ciertos trastornos, por ejemplo la esterilidad, demostrando que la idea de un magnetismo sanador ya estaba presente entre los sabios de la Antigüedad.

Así, en el mundo antiguo occidental, el imán aparece como un punto de contacto entre lo visible y lo invisible. A veces instrumento de mitos —que guiaba a los marineros y protegía de las fuerzas ocultas— y otras veces remedio, simboliza una energía universal de atracción y armonía. Lo que los griegos presentían confusamente —una fuerza única capaz de actuar a distancia, curar el cuerpo e influir en el alma— atravesaría los siglos y se enriquecería con el paso de las tradiciones esotéricas.

El redescubrimiento del magnetismo en el Renacimiento

Tras la Edad Media, que conservó principalmente la utilidad del imán para la brújula y la navegación, el Renacimiento vio renacer el interés por el magnetismo como fuerza oculta. Los pensadores hermetistas y los alquimistas del siglo XVI integraron el imán y su extraño poder en su visión del cosmos. Entre ellos, el médico y filósofo suizo Paracelso (1493-1541) desempeñó un papel fundamental. Convencido de que el ser humano es un microcosmos que refleja el macrocosmos, Paracelso describió la naturaleza como recorrida por un fluido universal invisible que conecta los astros, la Tierra y los seres vivos. Llamó explícitamente magnetismo a esta energía. Según él, todo ser humano está impregnado de un fluido magnético que emana del cosmos y circula por su cuerpo creando polaridades, a imagen de un imán. El cuerpo humano poseería así un polo positivo —relacionado con las influencias celestes— y un polo negativo —anclado en los elementos terrestres—, y la salud sería el resultado del equilibrio entre estas fuerzas. Paracelso afirma: «El hombre está dotado de este fluido particular que emana del macrocosmos... una energía que designamos con el término magnetismo». Incluso intentó explicar ciertos maleficios o encantamientos mediante esta acción magnética: la voluntad de un hechicero podía influir a distancia en el «cuerpo espiritual» de una víctima, como si se imantara un objeto, provocando efectos reales sin contacto físico. Para él, este vínculo invisible entre los seres pertenecía a la misma ciencia natural que los médicos no debían descuidar, pues conocer el magnetismo equivalía a conocer una de las claves de la vida.

En este siglo del Renacimiento, el magnetismo se convirtió así en un concepto-puente entre la ciencia naciente y la magia antigua. Los sabios exploraban sus manifestaciones físicas sin abandonar una mirada mística. El médico inglés William Gilbert, en 1600, estudió rigurosamente los imanes y propuso que la propia Tierra era un gigantesco imán. Pero fue más allá al especular que aquel “soplo magnético” podía explicar los movimientos de los planetas mejor que la gravedad. En su obra De Magnete, Gilbert habla de «espíritus magnéticos» que emanan del Sol y de los astros y animan el cosmos como si fuera un organismo vivo. Esta concepción casi animista del magnetismo cósmico suscitó apasionados debates. La Iglesia, desconfiada, temía que se confundieran las leyes de la naturaleza con las almas paganas. Un erudito jesuita alemán, Athanasius Kircher, publicó en 1667 El reino magnético de la naturaleza para proponer una visión cristiana del fenómeno. Admitía la idea de un movimiento magnético en los cielos, que conectaba los astros entre sí, pero rechazaba conceder un «alma magnética» a la Tierra para preservar la ortodoxia. No obstante, Kircher celebraba el magnetismo como símbolo de la armonía universal: el frontispicio de su libro representa una gran cadena magnética de los seres, sostenida por una mano de Dios entre las nubes, cuyo extremo inferior toca la Tierra. Los eslabones de esta cadena no están enganchados unos a otros, sino unidos por su propia fuerza de atracción, lo que ilustra la idea de que la voluntad divina imanta el mundo para garantizar su cohesión. Esta poderosa imagen de la «cadena magnética» refleja la mentalidad de la época: el magnetismo se percibía como el pegamento secreto del universo, el fluido sutil mediante el cual el Creador conecta cada cosa en la gran jerarquía de la Creación.

Paralelamente a las especulaciones cósmicas, el magnetismo continuó siendo una herramienta concreta de curación y misterio. En el siglo XVII, el médico flamenco Jan Baptista van Helmont retomó la herencia de Paracelso. En 1621 publicó un tratado sobre la cura magnetica —la «curación magnética de las heridas»—, en el que defendía la eficacia de curar a distancia aplicando un ungüento sobre el arma que había causado la herida, en lugar de aplicarlo sobre la propia herida. Según él, este famoso bálsamo simpático actuaba mediante una acción magnética: la herida y el arma permanecían conectadas por un fluido invisible. Van Helmont escandalizó a la Inquisición al atreverse a sugerir que incluso las reliquias de los santos podían curar no por milagro divino, sino gracias a una influencia magnética natural que ejercían sobre los fieles. Sus escritos, marcados por sus críticas a los escolásticos jesuitas, le valieron ser perseguido durante veinte años por los tribunales eclesiásticos. Esto demuestra claramente que el magnetismo, como fuerza “natural” de efectos extraordinarios, desafiaba las fronteras entre ciencia, fe y magia. En los albores de la Ilustración, la idea de que un fluido invisible recorriera el mundo y el cuerpo humano resultaba a la vez estimulante para los innovadores e inquietante para las autoridades religiosas. Empezaba a intuirse que este fluido magnético podía ser la energía misma de la vida, una clave de los secretos de la naturaleza: una perspectiva que abría el camino a nuevos descubrimientos, pero también a controversias.

Mesmer y el «magnetismo animal» en el siglo de las Luces

En el siglo XVIII, el magnetismo salió de los círculos esotéricos para conocer una auténtica moda social, encarnada por el carismático Franz-Anton Mesmer. Médico de origen vienés establecido en París, Mesmer se apoyó en la herencia de las ideas anteriores —los fluidos de Paracelso y los experimentos de Van Helmont— para forjar su propia teoría, que bautizó como magnetismo animal (en oposición al magnetismo puramente mineral del imán). Según Mesmer, existía un fluido magnético universal que impregnaba el aire, los astros y los seres vivos, y cuyos desequilibrios en el cuerpo humano provocaban enfermedades. Por tanto, el papel del sanador consistía en restablecer la circulación armoniosa de este fluido vital en el cuerpo del paciente. Mesmer postulaba que ciertos individuos —él mismo entre ellos— poseían un fuerte poder magnético natural y podían, mediante su sola voluntad y la imposición de manos, dirigir este fluido hacia otras personas para curarlas.

¿Qué es exactamente el magnetismo?

Franz-Anton Mesmer

Desde la década de 1770 hasta la de 1780, Mesmer puso en práctica sus ideas en París y suscitó un entusiasmo extraordinario. En lujosos salones organizaba sesiones colectivas alrededor de un extraño dispositivo: el famoso baquet de Mesmer. Se trataba de una gran tina circular llena de agua mezclada con limaduras de hierro, conectada mediante varillas de hierro curvadas que los pacientes, sentados alrededor, sostenían o aplicaban sobre las partes enfermas de su cuerpo. Mesmer afirmaba que “imantaba” aquella tina al insuflarle su fluido personal, transformando así el agua y el metal en acumuladores de magnetismo. Al son de una armónica de cristal —instrumento musical que producía vibraciones cautivadoras—, el terapeuta se desplazaba entre los pacientes realizando pases magnéticos —grandes movimientos de las manos a unos centímetros de sus cuerpos— para distribuir el fluido y disolver los bloqueos energéticos. Los efectos no tardaban en aparecer: muchos pacientes entraban en una crisis magnética, una especie de trance convulsivo acompañado de sudores, risas o llantos catárticos. Mesmer veía en estas crisis la prueba de que el fluido estaba realineando las fuerzas vitales y expulsando las enfermedades. Los testimonios hablaban de curaciones espectaculares de parálisis, cegueras histéricas y dolores crónicos, atribuidas a la acción de este magnetismo sanador.

¿Qué es exactamente el magnetismo?

La tina magnética de Mesmer (grabado, 1780)

El éxito social de Mesmer fue tal que la gente acudía a sus sesiones como si fueran espectáculos. Personalidades de la aristocracia y de la alta sociedad participaban en el ritual de la tina, encantadas de vivir una experiencia en la frontera entre lo científico y lo maravilloso. Para muchos, Mesmer había devuelto su prestigio a una magia natural que se creía olvidada. Hablaba de su sistema en términos eruditos, intentando convencer de que aquel fluido magnético no era, en el fondo, más que una fuerza física sutil, análoga a la electricidad o a la gravitación, que la ciencia acabaría midiendo. Sin embargo, en secreto, toda la ciudad murmuraba sobre las maneras de mago del doctor, su mirada penetrante y los pases casi encantatorios de sus manos. El propio Mesmer, envuelto en su éxito, parecía oscilar entre el papel de médico ilustrado y el de taumaturgo. Recomendaba a sus pacientes que adoptaran un estado receptivo, casi de fe, para absorber mejor el fluido, un procedimiento más cercano a la curación espiritual que al tratamiento médico clásico.

¿Qué es exactamente el magnetismo?

El magnetismo animal. Fuente: SSEDS

Sus alumnos y sucesores profundizaron aún más en la dimensión mística del magnetismo. En 1784, el marqués de Puységur, uno de sus discípulos, descubrió por casualidad que, al magnetizar a un joven campesino, podía sumirlo en un estado de sonambulismo lúcido. El paciente Victor, aparentemente dormido, empezó a hablar, a responder preguntas y a manifestar extrañas intuiciones sobre su propia enfermedad, como si pudiera verse por dentro. Este «sueño magnético», sin convulsiones, en el que el sujeto actuaba como un médium, abrió nuevas perspectivas. Puységur y otros magnetizadores exploraron este fenómeno de trance, que supuestamente permitía acceder a la mente del enfermo e incluso a conocimientos ocultos. Pronto se vislumbró que el magnetismo no solo servía para curar el cuerpo: también podía despertar facultades psíquicas inexplicadas, como la clarividencia o la lectura del pensamiento. Así, desde finales del siglo XVIII, el magnetismo animal se convirtió en un puente hacia el estudio del alma y lo paranormal.

Por supuesto, este auge del magnetismo no estuvo exento de críticas. Los médicos universitarios y los defensores de la razón triunfante de la Ilustración veían con malos ojos estos experimentos, que mezclaban crisis teatrales, misticismo y una ausencia total de pruebas tangibles. Por orden del rey Luis XVI, una comisión real —entre cuyos miembros se encontraban Benjamin Franklin y Antoine Lavoisier— investigó las prácticas de Mesmer. Su informe, publicado en 1784, concluyó que los efectos observados eran reales, pero se debían a la imaginación y a la fuerza de la sugestión más que a un fluido desconocido. Mesmer, herido en su orgullo, abandonó Francia poco después. No importó: el magnetismo animal había arraigado en la cultura popular y erudita, y una pléyade de magnetizadores continuó su obra por toda Europa. En Francia, a comienzos del siglo XIX, adeptos como el barón Du Potet, el doctor Deleuze o el abate Faria perpetuaron y transformaron la herencia mesmeriana. El fluido magnético entró en la literatura médica y ocultista, unas veces para ensalzar sus prodigios y otras para ridiculizarlo. En cualquier caso, se volvió imposible ignorar aquella fuerza extraña que desataba pasiones y parecía desafiar las explicaciones clásicas.

Magnetismo, magia y esoterismo

El siglo XIX en Francia fue una época decisiva en la que el magnetismo se encontró en la encrucijada entre la ciencia naciente de la psique, la medicina no convencional y la tradición mágica. Mientras los primeros hipnotizadores —James Braid rebautizaría la práctica como “hipnosis” hacia 1843— buscaban dar una explicación racional al sueño magnético, una poderosa corriente esotérica se apoderó del magnetismo y lo integró en una visión más amplia del ocultismo. Era la época en la que el magnetismo coqueteaba abiertamente con la espiritualidad: ya no se hablaba solo de curar cuerpos, sino también de iniciar almas y explorar mundos invisibles.

¿Qué es exactamente el magnetismo?

Obra Dogma y Ritual de la Alta Magia, Éliphas Lévi

En 1853, un esoterista francés, Éliphas Lévi, publicó su obra Dogma y Ritual de la Alta Magia. Familiarizado con las ideas magnéticas, Lévi identificó el fluido magnético de Mesmer con la «Luz astral», esa energía oculta omnipresente que consideraba el gran agente mágico universal. Según él, la luz astral era un éter sutil que almacenaba todas las imágenes y todas las influencias, y a través del cual se ejercían tanto la magia ceremonial como los fenómenos magnéticos. Escribió de forma imaginativa: «El mundo está magnetizado por la luz del Sol, y nosotros estamos magnetizados por la luz astral del mundo. ... Tenemos en nosotros tres centros de atracción fluídica: el cerebro, el corazón y el órgano genital... es por medio de estos órganos como nos comunicamos con el fluido universal que el sistema nervioso transmite en nosotros». Como puede verse, el discurso de Lévi amalgama el vocabulario del magnetismo con el de la magia cabalística. Bajo su pluma, el magnetismo no era menos que una fuerza cósmica primordial que el mago podía captar y dirigir mediante su voluntad para producir lo que antiguamente se llamaban milagros. Otros ocultistas, como el barón Du Potet —que dirigió la Revue du Magnétisme— o, más tarde, Papus, prolongaron esta idea al convertir el magnetismo en la piedra angular de una «ciencia sagrada» recuperada. Desde entonces, el magnetismo se convirtió en una herramienta iniciática: no se trataba solo de curar, sino de elevar al magnetizado hacia planos superiores de conciencia.

Esta asimilación del magnetismo a la magia antigua no agradaba a todo el mundo. Las instituciones religiosas, especialmente la Iglesia católica, se alarmaron. Autores católicos del siglo XIX escribieron virulentos panfletos contra el magnetismo y el espiritismo naciente. Para un apologista como Roger Gougenot des Mousseaux, el fluido magnético no era más que un nuevo avatar de lo oculto: «El magnetismo es la forma moderna de la magia. Causa inmediata tanto de las mesas giratorias como de los fenómenos mediúmnicos, permite al magnetizado adquirir poderes extraordinarios», se indignaba, concluyendo que tales poderes suponían necesariamente la intervención del demonio. Este punto de vista extremo —que veía en cada magnetizador a un brujo que ignoraba serlo— ilustra la persistencia del miedo al magnetismo. Es cierto que algunas demostraciones de la época desdibujaban la frontera entre la ciencia y lo sobrenatural. Por ejemplo, durante las sesiones de mesas giratorias —precursoras del espiritismo hacia 1850—, muchos constataban que la presencia de un médium magnetizado facilitaba enormemente los movimientos inexplicables y las comunicaciones con el más allá. Incluso se hablaría de «fuerza ódica» o «fluido psíquico» para describir aquella energía desconcertante producida por magnetizadores y médiums. A ojos de los creyentes, esta fuerza podía ser tanto un don divino —si se veía en ella un medio para aliviar e iluminar el alma— como una tentación diabólica —si se temía que sirviera para invocar espíritus malignos—. En cualquier caso, el magnetismo se instaló de forma duradera en el panorama cultural: lo estudiaban médicos curiosos, lo practicaban curanderos de moda, lo invocaban los espiritistas y lo combatían los moralistas, señal de que se había convertido en un auténtico fenómeno social.

A finales del siglo XIX, algunos intentaron conciliar el magnetismo con la ciencia despojándolo de su aura sobrenatural. En Francia, figuras como Hector Durville y su familia fundaron escuelas de magnetismo. Propusieron un enfoque “experimental y terapéutico” del magnetismo, tratando de integrarlo como auxiliar de la medicina oficial sin recurrir a explicaciones espiritistas. Sin embargo, incluso Durville acabó reconociendo la existencia de un «magnetismo trascendental» que superaba el simple marco físico: un aspecto oculto del fluido magnético relacionado con «la vida superior, el infinito inmutable», propio de una ciencia sagrada más que de la ciencia material. A pesar de todos los esfuerzos por "racionalizar" el magnetismo, su misterio persiste. Esta fuerza sigue siendo inasible: a veces se la mide en mesmerismos, en pases, quizá en dinas; otras veces se la considera la materia misma de los sueños y del alma del mundo.

¿Qué magnetismo existe hoy?

El magnetismo, como práctica, ha sobrevivido a todas las fluctuaciones de la moda y a las críticas para arraigarse de forma duradera en las tradiciones populares occidentales. En Francia, especialmente, forma parte del panorama de los cuidados tradicionales hasta nuestros días. En el campo, la figura del magnetizador-curandero sigue siendo familiar y respetada. Desde el siglo XIX y mucho antes, personas dotadas del «don» se dedican a aliviar a sus semejantes mediante la imposición de manos, la oración y la transmisión del fluido vital. Según la región, se los llama toucheurs, curanderos o especialistas como los barreurs de feu (quienes calman instantáneamente las quemaduras). Estos practicantes, más bien discretos, encarnan la herencia directa del magnetismo animal de Mesmer, enriquecida por las influencias locales. No siempre hablan explícitamente de «magnetismo», pero suelen referirse a una energía universal o a una fuerza divina que atraviesa sus manos.

Incluso hoy, no es raro encontrarse, en algún pueblo bretón o localidad del Macizo Central, con un magnetizador al que se recurre cuando la medicina convencional no puede ayudar o tarda demasiado. Miles de franceses acuden a ellos para cortar el fuego de una radioterapia, aliviar un herpes zóster, calmar dolores persistentes o reequilibrar los nervios. Lejos de quedar relegado al rango de superstición, el magnetismo sigue practicándose con fervor y humildad. Se adapta a las necesidades modernas sin perder su esencia espiritual. Hay practicantes por todo el país, cada uno con su sensibilidad: algunos alivian quemaduras, otros recolocan «el magnetismo de las articulaciones» y otros purifican los «fluidos» de una persona deprimida. Esta diversidad da testimonio de la riqueza de una tradición que ha sabido atravesar los siglos. Sobre todo, el éxito continuado de estas prácticas demuestra que, para muchos de nuestros contemporáneos, existe algo más que la materia palpable: un principio energético invisible, del que el magnetismo es una de las expresiones y sobre el que se puede actuar para recuperar la armonía.

Es notable comprobar que la confianza del público en estos magnetizadores sigue siendo fuerte. A menudo trabajan junto con los médicos o como complemento de estos: se acude al «componedor» por un dolor de espalda mientras se sigue el tratamiento médico, o se pide a un barreur de feu que intervenga sobre una quemadura mientras se espera la atención de urgencia. Esta convivencia pragmática entre la medicina científica y la curación magnética ilustra una sabiduría popular: ¿por qué privarse de una ayuda, aunque sea inexplicable, si proporciona alivio? En definitiva, para muchos, el magnetismo no es tanto una creencia como una experiencia vivida: la sensación del calor benéfico de una mano sobre una frente febril, el dolor que se desvanece sin saber cómo, el sueño recuperado después de un pase magnético.

A comienzos del siglo XXI, el magnetismo también se integra en nuevas formas de espiritualidad y bienestar. Se tienden puentes entre la tradición occidental del magnetizador y prácticas orientales como el Reiki, que también se basa en la transmisión de una energía universal mediante la imposición de manos. El lenguaje cambia: se habla de “energía biomagnética”, chakras y aura —términos tomados de la India o del esoterismo contemporáneo—, pero el fondo sigue siendo el mismo. Se trata de abrir los canales de la energía vital y restablecer el equilibrio del cuerpo y del espíritu. Muchos magnetizadores modernos explican su don de forma didáctica: todo ser vivo está recorrido por una corriente sutil, comparable a una red eléctrica, que conviene reequilibrar en caso de “cortocircuito” o bloqueo. Estas analogías pretenden hacer comprensible el magnetismo al ser humano actual sin despojarlo de su encanto. Porque la dimensión espiritual nunca está lejos: muchos practicantes invocan una energía de amor, una gracia que los atraviesa. Así, el magnetismo conserva un carácter sagrado o divino; se habla de un don del Cielo, aunque se presente con palabras modernas.

Así, el magnetismo como fuerza espiritual y mágica ha acompañado a Occidente a través de los siglos, transformándose sin cesar, pero sin desaparecer jamás. Su papel simbólico es poderoso: representa la atracción universal, la misteriosa correspondencia entre todas las cosas, el fluido de vida que une el alma y el cuerpo, al ser humano y la naturaleza. Y aún hoy, cuando las manos de un magnetizador alivian un dolor o calman una mente, revive un poco de aquella sabiduría que afirma que lo invisible forma parte de lo real y que el magnetismo es un camino para rozar el misterio de la vida.


Fuentes:

  • Sobre la influencia de los astros en los cuerpos vivos, Franz Anton Mesmer, 1776

  • Memoria sobre el magnetismo animal, marqués de Puységur, 1784

  • Magnetismo y mesmerismo en la Ilustración, Journal of the History of Ideas, 2015

  • El descubrimiento del inconsciente, Henri F. Ellenberger, Basic Books, 1970

  • La doctrina del magnetismo animal, Charles Lafontaine, 1851

  • De Mesmer a Freud: el sueño magnético y las raíces de la curación psicológica, Adam Crabtree, Yale University Press, 1993

  • Archivos médicos sobre el magnetismo, París, siglo XIX

  • Manuscritos de la Biblioteca Nacional de Francia, secciones sobre el mesmerismo y el magnetismo animal

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