En el antiguo Egipto, la magia (heka en egipcio) estaba omnipresente y era inseparable de la religión y de la vida cotidiana. Los egipcios consideraban que la magia había existido desde la creación del mundo; de hecho, era la fuerza operante del acto creador. El término heka designa a la vez una divinidad (el dios Heka), el concepto de poder mágico y la práctica de la magia en sí misma. Esta fuerza primordial, personificada por el dios Heka, se percibía como la energía sagrada que los propios dioses utilizaban para crear y mantener el universo. Así, la magia no era un simple «folclore», sino un componente fundamental del orden en Egipto.
Magia y religión en el Egipto faraónico
La religión, la medicina y la magia egipcias formaban un todo integrado. Los sacerdotes-médicos curaban tanto mediante remedios como mediante encantamientos y talismanes. Del mismo modo, los sacerdotes de los templos realizaban rituales y oraciones cargados de poder mágico, invocando a Heka y a otros dioses para proteger el país o sanar a los fieles. Aunque estas prácticas eran llevadas a cabo por especialistas (sacerdotes o magos letrados), la magia seguía estando al alcance de todos: el pueblo utilizaba habitualmente amuletos protectores (un escarabajo llevado como colgante o un pequeño ojo de Horus) y escribía fórmulas en estelas domésticas para comunicarse con los dioses o los difuntos. La magia podía ser benéfica —asegurar la salud, la fertilidad y la protección— o maléfica, mediante maleficios y hechizos dirigidos contra los enemigos. También servía para entrar en contacto con las almas de los muertos, ya fuera para implorar su ayuda o, por el contrario, para apaciguarlas si se creía estar sufriendo su ira.

Un aspecto notable de la magia egipcia es el poder atribuido a las palabras y a los símbolos escritos. La escritura jeroglífica, de naturaleza figurativa, se consideraba intrínsecamente mágica. Los textos sagrados —como los Textos de las Pirámides, grabados en las tumbas reales del Imperio Antiguo— estaban concebidos como auténticos conjuntos de hechizos destinados a garantizar la supervivencia y la divinización del faraón en el más allá. Estos textos funerarios invocan, además, la autoridad de Heka, «el dios cuyo poder hace verdaderos los textos». Los egipcios pensaban que nombrar algo o representarlo por escrito permitía afectarlo directamente en el mundo real. Por ello, en las tumbas se encuentran precauciones como jeroglíficos deliberadamente «mutilados» (por ejemplo, la representación idealizada de una serpiente cortada en dos), para evitar que el simple hecho de escribirlos diera vida a fuerzas nocivas. Esta concepción refleja la idea de que el verbo creador (encarnado por el dios Hu) y la imagen escrita poseen una eficacia mágica real.
Entre las figuras divinas asociadas a la magia se encuentran Thot e Isis, junto a Heka. Thot, dios lunar con cabeza de ibis, era el patrón de los escribas y el maestro de las fórmulas mágicas y del conocimiento, y sirvió de inspiración a numerosos ocultistas europeos. Se le apodaba el «Señor de las palabras divinas» y se decía que había inventado la escritura y numerosas artes ocultas. Más tarde, los griegos lo identificaron con Hermes y lo llamaron Hermes Trismegisto, señal de la estima otorgada a la sabiduría esotérica que Thot representaba. Isis, por su parte, era venerada como una poderosa maga: en los mitos, resucita a su esposo Osiris y protege a su hijo Horus gracias a sus encantamientos. Su papel de «Gran Hechicera» es tal que la tradición egipcia la califica como diosa de la magia. Numerosos amuletos y fórmulas de hechizo invocan a Isis, ya que ningún maleficio podía resistir sus poderes maternales y protectores.
Los practicantes de la magia en Egipto eran sacerdotes letrados, llamados a veces «sacerdotes lectores» (kheri-heb), capaces de leer las fórmulas y dirigir los rituales en nombre de un particular o del Estado. Estos sacerdotes-magos ejercían en contextos variados: rituales estatales para proteger al faraón y al reino, ceremonias de execración en las que se destruían figurillas de enemigos para aniquilar simbólicamente sus poderes, o complejos ritos funerarios destinados a asegurar el renacimiento del difunto. La momificación misma era tanto un procedimiento técnico como una operación mágica, pues cada gesto iba acompañado de encantamientos para guiar al difunto hacia la inmortalidad.
Símbolos y talismanes del antiguo Egipto
Varios símbolos emblemáticos del Egipto faraónico han alimentado el imaginario esotérico. Entre ellos, destacan especialmente tres.
El anj
También llamado cruz ansada o «llave de la vida», el anj es un jeroglífico que representa la palabra «vida». Los egipcios consideraban su existencia terrenal como una etapa de una vida eterna más amplia, y el anj simbolizaba precisamente la continuidad de la vida después de la muerte. En el arte funerario, los dioses aparecen sosteniendo una cruz anj cerca de la nariz del faraón difunto, como si le insuflaran el aliento vital del renacimiento. Sostenida en la mano por las divinidades (especialmente por Isis u Osiris), señala su poder para dar vida. Como amuleto, la cruz de la vida confería protección y vigor a quien la llevaba, y se encuentra pintada en las paredes de templos y tumbas para asegurar la fuerza vital imperecedera del lugar o del difunto. Símbolo positivo por excelencia, el anj fue adoptado por numerosas tradiciones esotéricas modernas como signo de la inmortalidad del alma.
El ojo udjat (ojo de Horus)
Representación del ojo del divino halcón Horus, arrancado y posteriormente sanado según el mito, el udjat es uno de los talismanes más poderosos de la magia egipcia. Encarna la plenitud recuperada y la protección contra el mal. Los egipcios lo llevaban como amuleto para protegerse de la mala suerte y las enfermedades, y pintaban el ojo sagrado en sarcófagos y joyas para asegurar la integridad del cuerpo y la vigilancia mágica sobre el difunto. Durante el proceso de momificación, se colocaba un ojo udjat de fayenza sobre la incisión practicada para el embalsamamiento, con el fin de proteger simbólicamente esa abertura del cuerpo. Símbolo de salud (Horus había recuperado la vista) y de clarividencia, el udjat también servía como motivo protector en los barcos: pintado en la proa de las embarcaciones, les otorgaba el poder de «ver» el camino y mantener el rumbo, una costumbre que ha perdurado hasta nuestros días en el Mediterráneo oriental. El ojo de Horus sigue siendo hoy un popular símbolo esotérico de protección psíquica.
El escarabajo (jepri)

Este pequeño coleóptero que hace rodar bolas de tierra fascinó a los egipcios hasta convertirse en un símbolo fundamental del renacimiento y del ciclo solar. Asociado al dios del sol naciente Jepri, el escarabajo que emerge del suelo cada mañana ilustra la regeneración diaria del Sol. Los amuletos con forma de escarabajo se llevaban para favorecer la vitalidad y la transformación espiritual. Se colocaban especialmente sobre el corazón de las momias (los «escarabajos de corazón»), acompañados de fórmulas del Libro de los Muertos, para que el corazón del difunto no testimoniara contra él durante el juicio final y pudiera renacer a una nueva vida. En la magia, el escarabajo encarna la fuerza creadora autoengendrada —los egipcios creían, en efecto, que este insecto nacía espontáneamente de la tierra— y simboliza la capacidad de renovación del alma. Muchos escarabajos de la suerte llevan en su base inscripciones que invocan la buena fortuna, prueba de la popularidad de este talismán desde el Imperio Nuevo hasta épocas tardías. Su imagen, vinculada a los ciclos cósmicos, inspiró a los ocultistas modernos como alegoría de la reencarnación y el despertar.
Del sincretismo grecoegipcio a la magia hermética
Hacia el final de la era faraónica y bajo la dominación griega y posteriormente romana (época helenística e imperial), la tradición mágica egipcia se fusionó con las corrientes esotéricas del mundo mediterráneo, dando nacimiento a nuevas formas de magia hermética y alquimia. Este sincretismo se desarrolló en gran medida en Alejandría, crisol cultural donde egipcios, griegos, romanos, judíos y otros pueblos intercambiaban sus conocimientos sagrados.
Un ejemplo destacado de fusión religiosa es el culto de Isis en la época grecorromana. Diosa egipcia de origen, Isis se volvió extremadamente popular fuera de Egipto: desde el siglo IV a. C., su culto se implantó en Grecia e Italia, llevado por marineros e iniciados. Los ritos isiacos se adaptaron entonces a la sensibilidad griega: la iconografía de la diosa se helenizó y sus misterios adoptaron una forma comparable a los de Eleusis. Así, en todo el Imperio romano se celebraron los Misterios de Isis, ceremonias iniciáticas secretas en las que los adeptos, tras superar diversas pruebas, eran «regenerados» por la gracia de la diosa. Para los romanos, Isis se convirtió en una figura de salvación y magia sagrada; su culto prometía protección en este mundo e inmortalidad en el más allá. Esta difusión aseguró la supervivencia de su imagen hasta épocas tardías: incluso después de la desaparición de su culto en el siglo VI, los autores grecorromanos transmitieron una visión idealizada de Isis como depositaria de un saber místico, visión que reviviría durante el Renacimiento.
Paralelamente, en la época grecorromana se desarrolló un saber hermético, fruto del encuentro entre la sabiduría egipcia y la filosofía griega. Los griegos identificaron al dios Thot con Hermes, mensajero divino y guía de las almas, forjando así el personaje sincrético de Hermes Trismegisto —«Hermes, el tres veces grande»—, quien habría escrito numerosos tratados que revelaban los secretos del cosmos. De estos escritos esotéricos, redactados en griego pero impregnados de conceptos egipcios, nació el Corpus Hermeticum. Estos textos herméticos combinan teología cósmica, reflexiones filosóficas neoplatónicas, astrología y recetas mágicas. Enseñan que el universo está vivo y recorrido por correspondencias, y que el alma puede elevarse hasta lo divino mediante la gnosis (el conocimiento iniciático). En ellos se encuentra la herencia del pensamiento egipcio: Hermes Trismegisto aparece presentado como un antiguo sabio egipcio, depositario de una teología primera transmitida posteriormente a Orfeo, Pitágoras y Platón, una idea que seduciría a muchos esoteristas posteriores.
También fue en Alejandría donde se constituyó la alquimia occidental, estrechamente vinculada a la magia hermética. Los artesanos egipcios destacaban desde hacía mucho tiempo en el trabajo de los metales y los pigmentos, y poseían técnicas para imitar el oro o producir aleaciones. Por su parte, los sabios griegos habían elaborado la teoría de la materia única y de los cuatro elementos transformables. Su encuentro dio lugar, hacia el comienzo de nuestra era, a la idea de que era posible recrear la naturaleza a un ritmo acelerado: transmutar los metales innobles en metales nobles o preparar elixires que conferían salud y longevidad. Según los historiadores modernos, esta alquimia grecoegipcia fue fruto de varios factores: la experiencia de los orfebres egipcios, los conceptos griegos (la unidad de la materia y las simpatías cósmicas) y el declive del racionalismo en favor de visiones más místicas del mundo.
El maestro alquimista más antiguo conocido, Zósimo de Panópolis (siglos III-IV d. C.), era originario de Egipto y atestigua explícitamente el arraigo egipcio de la alquimia: afirma que la alquimia de su época tiene su origen en los antiguos cultos y rituales egipcios. Sus escritos —que mezclan teoría, símbolos oníricos e instrucciones de laboratorio— hacen frecuentes referencias a la mitología egipcia. Uno de los textos atribuidos a Zósimo se titula La carta de Isis a Horus, presentada como una revelación de la diosa a su hijo sobre los procedimientos alquímicos. Aunque probablemente este texto sea apócrifo, ilustra la tendencia de los alquimistas alejandrinos a reivindicar una filiación directa con los dioses egipcios, garantes de un saber oculto primordial.
Por último, este período vio la composición de recopilaciones de magia práctica muy sincréticas, conocidas como Papiros mágicos griegos. Descubiertos en Tebas y otros lugares, estos papiros (datados entre el siglo II a. C. y el siglo V d. C.) reúnen cientos de fórmulas, encantamientos y ritos para usos variados: amor, protección, adivinación, maldiciones... Dan testimonio de una sorprendente mezcla de influencias: en ellos se invoca a dioses egipcios (Osiris, Isis, Anubis), griegos (Hécate, Zeus) y judíos (Iaô, Adonai), reflejo del ambiente cosmopolita de Alejandría. Por ejemplo, encontramos «hechizos de amor» en los que se implora a la diosa Isis y al demonio griego Eros, o rituales de execración en los que se perforan figurillas de cera acompañadas de nombres escritos en jeroglíficos y en alfabeto griego. Estos papiros desempeñaron un papel determinante en la transmisión de la magia egipcia: a través de ellos, numerosas prácticas egipcias (rituales de maldición, amuletos y fórmulas sagradas) pasaron a tradiciones posteriores, desde los grimorios europeos de la Edad Media hasta ciertas fórmulas bíblicas de exorcismo heredadas de la Antigüedad.
Las herencias egipcias en el neoplatonismo y los misterios tardíos
Mientras el cristianismo triunfaba progresivamente en el Imperio romano, la herencia esotérica de Egipto encontró refugio en corrientes filosófico-religiosas, especialmente en el neoplatonismo tardío. Los filósofos neoplatónicos de los siglos III y IV, como Plotino, Porfirio, Jámblico y, posteriormente, Proclo, buscaban conciliar la filosofía de Platón con la espiritualidad de los cultos mistéricos. En este contexto, Egipto —símbolo de la sabiduría antigua— ejercía una fascinación particular.
Plotino (205-270), fundador del neoplatonismo, nació en Egipto (en Licópolis) y estudió en Alejandría. Aunque siguió siendo un filósofo más que un taumaturgo, su enseñanza exaltaba la unión extática del alma con el Uno divino, una idea probablemente inspirada por la mística egipcia. El historiador Franz Cumont destacó que Egipto era por excelencia la «tierra del misticismo» en la Antigüedad: el culto de Isis había difundido la devoción orientada a la unión con Dios, preparando el terreno para las especulaciones exaltadas. El propio Plotino parece haber reconocido la eficacia de los ritos egipcios; Porfirio cuenta en la Vida de Plotino que un sacerdote egipcio de paso por Roma le habría demostrado un ritual teúrgico al evocar ante él a su «demonio» (genio protector) bajo la forma de un dios, prueba de su elevado grado de pureza espiritual. Esta anécdota ilustra el prestigio del que gozaban las prácticas mágico-religiosas egipcias entre las élites intelectuales de la época.
Con Jámblico de Calcis (hacia 250-330), discípulo de Porfirio, la influencia egipcia se vuelve explícita. Filósofo neoplatónico y sacerdote sirio, Jámblico escribió un tratado célebre titulado Los misterios de Egipto (De Mysteriis Aegyptiorum), que adopta la forma de una ardiente defensa de la teurgia, es decir, de la magia ritual destinada a unirse con los dioses. En él presenta a Egipto como el gran centro de los misterios sagrados y responde punto por punto a las objeciones de Porfirio sobre el uso de ritos «materiales» (estatuas, símbolos y encantamientos) para elevar el alma. Para Jámblico, los dioses habían confiado a los egipcios, desde el alba de los tiempos, ritos eficaces (oraciones en lengua sagrada, consagración de objetos...) que permitían atraer su presencia. Así, practicar la teurgia según el rito egipcio significaba seguir un camino legítimo hacia la liberación del alma. La aportación de Jámblico es importante: rehabilita la magia ceremonial dentro de la filosofía, legitimando el empleo de himnos, signos y figurillas para establecer la conexión entre el mundo sensible y el inteligible. Bajo su pluma, el antiguo sacerdote-mago de Egipto se convierte casi en el ideal del sabio, y los misterios egipcios, en una síntesis perfecta de teología y práctica. Cabe señalar que Jámblico sitúa incluso el origen del neoplatonismo en Egipto: recuerda que el maestro de Plotino, Amonio Saccas, era de Alejandría, subrayando el origen egipcio de esta tradición filosófica.
Después de Jámblico, otros neoplatónicos continuaron por esta senda esotérica. La escuela de Atenas y la escuela de Alejandría, en el siglo V, integraron en sus comentarios sobre Platón elementos místicos procedentes, sin duda, de tradiciones orientales, entre ellas la egipcia. Proclo describe rituales de consagración de estatuas y oráculos que recuerdan claramente las prácticas egipcias de los templos. Incluso en un contexto cristiano, el Egipto mágico subsistió de forma subyacente: se han encontrado textos de alquimia en copto y en griego cristiano en los que María, la hija de Salomé, revela secretos sobre tintes metálicos, manifestando la persistencia de las ideas herméticas en el Egipto bizantino.
Por otra parte, la tradición esotérica judía, la cábala, pudo verse influida indirectamente por la herencia egipcia a través del helenismo. La cábala se desarrolló en la Edad Media (siglos XII-XIII) en el ámbito judío, pero los cabalistas de España o Provenza leían a veces escritos hermético-pitagóricos transmitidos por la cultura arabigoandaluza, en los que afloraba la inspiración egipcia. Algunas leyendas presentaban a Moisés como heredero de la sabiduría egipcia; al fin y al cabo, según la Biblia, Moisés fue «instruido en toda la sabiduría de los egipcios» durante su juventud. Más tarde, autores del Renacimiento sugerirían que la cábala era otra faceta, específicamente hebrea, de la preciosa Tradición primordial procedente del antiguo Egipto. Sin sobrestimar estas conexiones (la cábala sigue estando ante todo arraigada en el judaísmo), puede señalarse que, en el esoterismo occidental, egipcios, hermetistas y cabalistas fueron reunidos en una misma filiación simbólica. La idea de una «cadena de oro» ininterrumpida de transmisión esotérica, desde el Egipto de los faraones hasta los sabios medievales, impregnó, en efecto, el ocultismo moderno.
El redescubrimiento hermético de Egipto durante el Renacimiento
Tras un eclipse durante la Alta Edad Media europea (cuando el conocimiento del mundo egipcio se redujo a unas pocas alusiones bíblicas y a los relatos de autores grecorromanos), Egipto hizo una entrada triunfal de nuevo en el pensamiento occidental durante el Renacimiento. Este renacer debió mucho al humanismo florentino del siglo XV y, en particular, a Marsilio Ficino (1433-1499). En 1460, un monje llevó a Florencia un manuscrito griego que contenía parte del Corpus Hermeticum. Inmediatamente, Cosme de Médici pidió a Ficino que lo tradujera al latín, incluso antes de traducir a Platón, tal era el entusiasmo por este texto que se creía de origen egipcio muy antiguo. En 1463, Marsilio Ficino terminó la traducción del Corpus Hermeticum (publicada con el título de Poimandres), convencido de que su legendario autor, Hermes Trismegisto, era contemporáneo de Moisés o incluso anterior. En su prefacio, Ficino describe a Hermes Trismegisto como «el primero de los teólogos», fuente de sabiduría que habría inspirado a Orfeo, después a Pitágoras y posteriormente a Platón. Esta visión de una revelación egipcia primordial, llamada prisca theologia, quedó profundamente arraigada en el pensamiento renacentista.
La traducción de Ficino, impresa en 1471, despertó un entusiasmo extraordinario y marcó el inicio de un auténtico Renacimiento hermético. En toda Europa, filósofos, magos y eruditos cristianos se apasionaron por Hermes el Egipcio. Giovanni Pico della Mirandola integró especialmente tesis herméticas (junto a tesis cabalísticas) en sus famosas Conclusiones de 1486, celebrando al ser humano como un ser de dignidad infinita capaz de elevarse hasta Dios; según él, esta idea se veía reforzada por los escritos de Hermes Trismegisto, a los que cita en el exordio de su Oratio. Incluso las iglesias se adornaron con imágenes de Hermes Trismegisto: en 1488, un mosaico que representaba a Hermes/Mercurio Trismegisto fue colocado en el pavimento de la catedral de Siena, junto a personajes bíblicos, señal de la asimilación de Hermes al patrimonio sapiencial venerado. Así se observa que el Egipto hermetizado se convirtió en parte integrante de la cultura erudita del Renacimiento.
Siguiendo la estela de Ficino y Pico, otros grandes pensadores exploraron la conexión egipcia: Johannes Reuchlin estudió en Alemania la cábala, que vinculó con los misterios mosaicos y herméticos; Athanasius Kircher, jesuita del siglo XVII, intentó descifrar los jeroglíficos (sin éxito, pues su sistema era fantasioso) en su Œdipus Aegyptiacus (1652), pero su obra, mezcla de erudición e intuición esotérica, contribuyó a perpetuar el aura de secreto en torno a los símbolos egipcios. Kircher estaba convencido de que los jeroglíficos transmitían verdades místicas universales e intentó establecer correspondencias entre el hebreo cabalístico y el antiguo egipcio, persuadido de que existía una única lengua sagrada de los orígenes. Esta búsqueda de una lengua original coincide con la idea, extendida entre los hermetistas, de que el egipcio era la lengua primordial revelada por Hermes; un mito retomado por el filólogo francés Court de Gébelin en 1781, quien afirmó que el juego del Tarot procedía de un «libro de Thot» egipcio.
Del siglo XV al XVII, Egipto estuvo en el centro de la philosophia perennis apreciada por los humanistas esotéricos: se lo consideraba la fuente antigua de todas las sabidurías (platónica, pitagórica y cabalística). La alquimia europea del Renacimiento también reivindicó a Hermes —se hablaba de «arte hermético»— y numerosas figuras alquímicas tomaron elementos de la iconografía egipcia (el fénix asimilado al Benu, el ouroboros comparado con la serpiente Mehen...). Círculos esotéricos como la Rosa-Cruz naciente llegaron incluso a presentarse, en sus manifiestos de comienzos del siglo XVII, como depositarios de un conocimiento antiguo de origen oriental. La leyenda afirmaba que Christian Rosenkreutz, fundador mítico de los rosacruces, había viajado a Oriente (quizá hasta Egipto) para obtener allí la sabiduría oculta, combinando la magia de los árabes, la cábala de los judíos y el hermetismo de los egipcios. Un siglo más tarde, esta idea se formularía explícitamente: «La Orden de la Rosa-Cruz se presenta como depositaria del Conocimiento de la Antigüedad, que a su vez procede de las enseñanzas del antiguo Egipto». Los esoteristas modernos verían así en los rosacruces un eslabón perdido entre los templarios medievales y la francmasonería, asegurando un linaje iniciático ininterrumpido desde Egipto y Salomón hasta nuestros días.
Francmasonería, ocultismo y egiptomanía esotérica del siglo XVIII
En el siglo XVIII, Europa se vio invadida por una auténtica egiptomanía, estimulada por los descubrimientos arqueológicos y los viajes. Esta fascinación se reflejó incluso en las sociedades iniciáticas de la época, especialmente en la francmasonería naciente (institucionalizada en 1717). Los francmasones, deseosos de arraigarse en una prestigiosa tradición antigua, integraron símbolos y mitos egipcios en sus ritos. Desde finales del siglo XVIII aparecieron altos grados masónicos llamados «egipcios», como el rito de Misraim o el rito de Memphis, que pretendían extraer sus orígenes de los misterios del antiguo Egipto. Las logias masónicas se adornaban con decoraciones de columnas de papiro, esfinges guardianas y lemas escritos en una grafía pseudojeroglífica para impresionar a los iniciados. Incluso personajes como el conde de Cagliostro propusieron, hacia 1770, un «Rito Egipcio» masónico en el que se invocaba a Isis y Osiris durante las ceremonias.

La figura de Isis, en particular, obsesionaba al imaginario masónico e iluminista del Siglo de las Luces. Algunos filósofos y francmasones, fascinados por el esoterismo, intentaron explícitamente reinventar los Misterios de Isis dentro de sus logias. En París, el escritor masónico Jean Terrasson publicó en 1731 Sethos, una novela iniciática ambientada en el Egipto faraónico que describe con detalle la iniciación de un joven sacerdote en los subterráneos de un templo de Isis. Este relato, que mezclaba ficción y erudición, ejerció una influencia duradera en los círculos esotéricos: se quiso ver en él un reflejo auténtico de los antiguos ritos egipcios. Posteriormente, la ópera La flauta mágica de Mozart (1791), impregnada de simbolismo masónico, escenificó una prueba iniciática en un templo de Isis y Osiris, popularizando la idea de que la masonería perpetuaba los misterios egipcios de la Luz contra las tinieblas.
En el siglo XIX, con la campaña napoleónica en Egipto (1798) y el desciframiento de los jeroglíficos por Champollion (1822), el antiguo Egipto se convirtió en objeto de la ciencia egiptológica. Pero, paralelamente a este enfoque académico, el siglo XIX vio florecer un ocultismo romántico en el que el Egipto mágico ocupaba un lugar destacado. Escritores y ocultistas proclamaban la necesidad de recuperar los conocimientos sagrados «olvidados» de la humanidad explorando los grimorios y las tradiciones esotéricas del pasado. En esta «reapropiación del pasado» propia de la segunda mitad del siglo XIX, Egipto aparecía como un tesoro de arcaísmos místicos por desenterrar.
Así, el ocultista francés Éliphas Lévi (Alphonse-Louis Constant, 1810-1875) afirmó en su obra Historia de la magia (1859) que existía una ciencia oculta universal transmitida desde la Antigüedad, sepultada bajo las catástrofes de la Historia, que él mismo se esforzaba por reconstruir. En sus escritos, Lévi hace referencia a las doctrinas egipcias: ve en el tetragrámaton hebreo (YHVH) una herencia del culto solar egipcio, o sostiene que el Tarot es la continuación de los jeroglíficos sagrados (lo que denomina la lengua jeroglífica universal de los antiguos). Su célebre Dogma y ritual de la Alta Magia (1854) pretende revelar los arcanos ocultos bajo los símbolos, mezclando la cábala hebrea y las teorías herméticas; Lévi presenta allí el hexagrama (estrella de seis puntas) como símbolo de la síntesis de los opuestos, poniéndolo en paralelo con dos triángulos egipcios (blanco y negro), conectando así simbólicamente la sabiduría de Salomón con la de Hermes. Éliphas Lévi pasa por ser el «papa» del ocultismo francés, y fue precisamente a él a quien se remitieron numerosos magos de la generación siguiente.
En Inglaterra y Estados Unidos, la corriente ocultista de finales de siglo también se encaprichó con las referencias egipcias. La Sociedad Teosófica, fundada en 1875 por Helena Blavatsky, eligió como primera gran obra Isis sin velo («Isis revelada», 1877), afirmando explícitamente que la diosa velada de Sais (símbolo de la Sabiduría oculta) revelaría sus misterios. Blavatsky afirmaba acceder a una síntesis de las religiones antiguas gracias a unos «Maestros» orientales, y veía en el Egipto faraónico uno de los grandes centros de la Tradición primordial. Su obra sincrética mezcla budismo esotérico, gnosticismo y hermetismo; Isis aparece en ella como el arquetipo de la verdad esotérica velada por los dogmas. En la misma época, en Francia, esoteristas como Gérard de Nerval (en su relato Historia del califa Hakem, 1848) o, más tarde, el ocultista Paul-Christian (en La historia de la magia, 1870) alimentaron el mito de que las cartas del Tarot procedían del Libro de Thot, una recopilación de las enseñanzas de Hermes grabadas antiguamente en las paredes de un templo egipcio. Esta idea, aunque carece de fundamento histórico, asoció duraderamente el Tarot con la imaginería egipcia (el Tarot llamado «egipcio» estuvo muy de moda entre los ocultistas del siglo XIX).
Hacia finales del siglo XIX, en Londres, la fraternidad iniciática de la Golden Dawn («Aurora Dorada») incorporó numerosos elementos egipcios a sus rituales de magia ceremonial. Los miembros de la Golden Dawn invocaban fórmulas en egipcio (basadas en palabras de poder herméticas), utilizaban un Tarot egipcianizado (creado por S. L. MacGregor Mathers) llamado Libro de Thoth, y consagraban un grado superior a los «Adepts of Isis-Urania». La invocación de los cuatro grandes dioses de los puntos cardinales (Thoth, Osiris, Isis y Horus) formaba parte de sus ceremonias de consagración. Uno de los fundadores, William Wynn Westcott, sentía pasión por la mitología egipcia y trató de vincular la Golden Dawn con un linaje rosacruz-egipcio. Su sucesor, Aleister Crowley, aunque desarrolló su actividad principalmente a comienzos del siglo XX, llevaría esta identificación al extremo: se proclamaría profeta de un Nuevo Eón de Horus tras recibir una visión en El Cairo en 1904, y elegiría como título de uno de sus libros principales El libro de Thoth (sobre el Tarot).
Sin caer en las trampas de la fantasía, puede decirse que Egipto ofreció al mundo esotérico un depósito inagotable de símbolos poderosos y arquetipos: la imagen de la diosa madre maga (Isis), del sabio depositario de la palabra divina (Thot), del soberano en comunión con lo invisible (el faraón-mago), del ciclo de muerte y resurrección (Osiris y el escarabajo). Estos arquetipos alimentaron el pensamiento ocultista porque responden a aspiraciones universales del alma humana: el deseo de protección, de conocer los misterios de la vida y la muerte y de alcanzar la elevación espiritual.



















