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Los rollos protectores de Etiopía, los manuscritos que se llevaban contra el mal
Archange Phanuel, peinture d’un rouleau protecteur éthiopien du 19ème siècle, manuscrit en guèze

Los Cuadernos de Aeternum

Los rollos protectores de Etiopía, los manuscritos que se llevaban contra el mal

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Un rollo protector etíope no era un libro que se abría para buscar una información. Podía acompañar a una persona en sus desplazamientos, descansar junto a su cuerpo o encontrar un lugar en una casa. Sobre una larga tira de pergamino, las oraciones en ge’ez conviven con grandes ojos, ángeles armados y entrelazos difíciles de interpretar. Esta asociación tiene un sentido preciso en las tradiciones que la produjeron: el soporte escrito no se separaba de la protección buscada. El manuscrito, el nombre de su propietario y las potencias invocadas formaban un conjunto. Para comprender estos objetos, hay que devolverles su lugar en una sociedad donde la escritura litúrgica y las prácticas de protección convivían.

El pergamino protector acompañaba toda una vida

Estos manuscritos reciben varias denominaciones, entre ellas tälsäm o yä bərana kətab, expresión vinculada a la escritura sobre pergamino. Los historiadores del arte hablan de rollos de sanación, rollos protectores o rollos talismánicos. Cada una de estas denominaciones ilumina una función sin agotar el sentido del objeto. Una petición de protección podía referirse a la enfermedad, al temor a una influencia hostil, al embarazo o a las dificultades de una familia. El manuscrito no se concebía como la simple ilustración de una doctrina. A ojos de su poseedor, ofrecía una defensa duradera frente a aquello que la tradición reconocía como un mal.

La estrechez de la tira de piel distingue el rollo de los grandes volúmenes encuadernados de las bibliotecas religiosas. El pergamino podía estar compuesto por varios fragmentos unidos, que se desplegaban a lo largo de una longitud considerable. Sus dimensiones no eran un detalle indiferente: varias tradiciones señalan que el rollo debía corresponder a la estatura de la persona para la que se había elaborado. Se trataba de poner simbólicamente bajo protección al individuo en su totalidad. Una hoja más corta habría tenido otra presencia; un manuscrito de longitud equivalente a la estatura humana materializaba el vínculo entre lo escrito y un cuerpo singular.

La textura del pergamino nos recuerda que estos objetos también pertenecen a la historia de los manuscritos etíopes. Los Evangelios, los textos litúrgicos y numerosos escritos eruditos se copiaron sobre soportes similares. Por tanto, la diferencia no reside en un material ajeno a la Iglesia, sino en la finalidad de la obra. Un libro destinado a la comunidad conservaba una vocación colectiva, mientras que la tira protectora respondía a una situación personal. Podía llevar un nombre elegido y oraciones adaptadas. Su uso trasladaba un saber escrito de la escuela religiosa a la existencia cotidiana.

No todos los manuscritos se conservaban de la misma manera. Algunos, enrollados y protegidos por un estuche, se llevaban encima. Otros, por su longitud o su función, encontraban su lugar en la vivienda. Esta distinción importa: no hay que reducir toda la familia de estos objetos a pequeños amuletos colgados del cuello. En ambas situaciones, se atribuía al pergamino una presencia. Esta seguía siendo significativa incluso cuando su propietario no lo desplegaba o no poseía los conocimientos necesarios para leer íntegramente el ge’ez.

Los nombres inscritos revelan algo especialmente conmovedor. En lugar de una protección destinada a una categoría anónima, el texto podía dirigirse a una mujer o a un hombre identificado. Los borrados y las correcciones observados en algunos ejemplares muestran que ciertos manuscritos cambiaron de destinatario. Esto no significa que su reutilización fuera sistemática. Simplemente indica que un objeto protector tenía su propia biografía, a veces independiente de su primer comitente. La huella de un nombre sustituido relata una transmisión o una adaptación cuyas circunstancias precisas pueden haberse perdido.

Estos rollos están especialmente documentados en las tierras altas del norte de Etiopía, en entornos amharas y tigriños. Muchos de los testimonios accesibles datan de los siglos XVIII y XIX o de principios del XX. Existen piezas más antiguas, pero su conservación no basta para fijar una fecha de nacimiento del conjunto de estos usos. Los textos y las formas evolucionaron. Una obra tardía puede transmitir una oración antigua, del mismo modo que una figura heredada de un vocabulario iconográfico puede recibir una interpretación nueva. Confundir la edad del manuscrito con la de la tradición haría desaparecer esta historia.

El mal frente al que se solicitaba protección abarcaba varias experiencias. En el vocabulario de los textos aparecen los demonios, las influencias hostiles, el mal de ojo y los sufrimientos corporales. Esta interpretación de las adversidades no constituye un diagnóstico establecido en sentido médico. Nos informa sobre la manera en que las personas comprendían su vulnerabilidad y buscaban una respuesta religiosa. La existencia de los rollos es un hecho histórico, al igual que los nombres y las invocaciones que aparecen en ellos. Los poderes que se les atribuían pertenecen, por su parte, a las doctrinas y a los testimonios transmitidos.

Su función puede relacionarse con la magia apotropaica, en la que un signo, un objeto o una fórmula pretende desviar una amenaza. Sin embargo, sería una lástima quedarse en esta etiqueta. El rollo combina una protección personal, una cultura del manuscrito, oraciones cristianas y una pintura de convenciones reconocibles. Solo se comprende plenamente si se mantienen unidas estas dimensiones. Su formato habla del cuerpo; su texto expresa una relación con lo sagrado; sus imágenes dan a esa relación una forma visible.

Las oraciones en ge’ez vinculaban las palabras con los nombres sagrados

El ge’ez forma parte de la historia religiosa de Etiopía, donde se convirtió en una importante lengua de la liturgia y de la transmisión escrita. Los rollos lo emplean para oraciones y textos protectores. Una parte de sus propietarios no podía descifrar cada línea. En su concepción, esto no disminuía necesariamente el valor de lo escrito. La lengua conservaba una autoridad vinculada al culto, a la educación religiosa y a la memoria de los textos transmitidos. La escritura no servía únicamente para comunicar una información: asociaba al destinatario con un conjunto de palabras consideradas eficaces.

Las formulaciones distan mucho de ser todas idénticas. Algunas proceden de la literatura cristiana; otras, de tradiciones de oraciones, invocaciones y nombres transmitidos en corpus especializados. Una puede recordar un episodio bíblico; otra, pedir la protección de un ángel o evocar una figura temida. El rollo posee así una arquitectura de palabras adaptada a una situación. No se trata de un libro dedicado a una sola historia sagrada, sino de un manuscrito que reúne varios recursos textuales al servicio de una petición particular. Las copias revelan una transmisión viva, no la reproducción mecánica de un modelo invariable.

Los nombres ocupan un lugar decisivo. Las tradiciones de magia religiosa etíope conocen nombres sagrados llamados asmat, cuya fuerza se explica por su relación con lo divino. En este universo, nombrar una potencia no equivale simplemente a definirla. La invocación establece una relación y afirma una autoridad. Sería aventurado transformar esta concepción en una ley demostrada sobre los efectos de las palabras. En cambio, para comprender el objeto, es esencial advertir que sus autores concedían una importancia considerable a la formulación escrita y a la transmisión de estos nombres.

El mal de ojo constituye uno de los temas recurrentes de esta literatura. Aparece en oraciones que buscan defender a la persona frente a una influencia malintencionada. Existen representaciones semejantes en otras áreas culturales, pero eso no significa que todas compartan los mismos relatos ni los mismos soportes. En el caso etíope, la lengua de las oraciones, las figuras angélicas y ciertos motivos visuales dan una expresión particular al temor a la mirada hostil. El nombre atribuido al mal y la forma de oponerle una protección forman parte de la historia de las representaciones religiosas.

Salomón también aparece en las tradiciones textuales, en particular a través de la «Red de Salomón». El rey bíblico se asocia en ellas con la autoridad ejercida sobre los demonios y con el conocimiento de formas protectoras. Esta presencia puede recordar otros corpus de magia salomónica, pero hay que evitar los atajos: un personaje común no demuestra que dos tradiciones hayan seguido una vía de transmisión directa. Los textos etíopes poseen su propia historia, sus lenguas y su contexto religioso. Comparar resulta instructivo siempre que no se sustituya la investigación histórica por una semejanza superficial.

Algunas oraciones evocan a san Susenyos, especialmente asociado, en una parte de estas tradiciones, con la protección de las mujeres y los niños. Los relatos que lo enfrentan a una potencia peligrosa para la maternidad ayudan a comprender su invocación en rollos concebidos ante los riesgos de un embarazo o un nacimiento. Detrás de estos textos hay que escuchar el miedo concreto de una familia, no una simple fascinación por figuras sobrenaturales. La petición de auxilio respondía a la posibilidad del duelo y a la vulnerabilidad de los cuerpos. Esta dimensión humana sigue siendo indispensable para dar a las fórmulas su justo sentido.

La disposición de la página contribuye al estatus del texto. El negro se utiliza para largas líneas de ge’ez, mientras que el rojo distingue nombres, pasajes y elementos estructurales. Esta alternancia también existe en otros manuscritos religiosos etíopes. Por tanto, no constituye un código oculto en el que se pueda traducir mecánicamente cada color. Se entremezclan el papel del escriba, la estructura de la oración y las convenciones de la escritura. Una densa franja de texto rojo y negro ya permite percibir la diferencia entre un manuscrito corriente y unas palabras investidas de una autoridad particular.

El estudio de estas oraciones exige una verdadera competencia lingüística. Las grafías cambian, los nombres pueden alterarse al copiarse y algunas palabras reflejan influencias de lenguas contemporáneas del escriba. Un pasaje difícil no debe convertirse, por defecto, en el indicio de un secreto procedente de una antigüedad inmemorial. Puede expresar las dificultades habituales de una larga transmisión manuscrita. La investigación académica sobre las colecciones de textos etíopes muestra precisamente cómo los especialistas tomaban prestadas, reorganizaban y transmitían fórmulas. Esta historia de las copias es tan importante como el significado espiritual propuesto para cada nombre.

Lo que da al rollo su carácter singular es la asociación entre la palabra y su destinatario. Una oración general podía integrarse en una obra personalizada mediante el nombre, la imagen y, en algunos casos, las correspondencias astrales. El texto pasaba así de la memoria colectiva a una situación precisa. Incluso sin comprender cada línea, el propietario reconocía en aquel manuscrito un objeto dirigido a él. Según la doctrina, la protección no podía desligarse del vínculo establecido entre lo escrito y la persona a la que debía acompañar.

Los ángeles y los sellos estaban hechos para ser vistos

Las figuras pintadas constituyen la parte más inmediatamente reconocible de los rollos. En ellos aparecen ángeles frontales, alas de colores vivos, espadas, rostros de grandes ojos y redes geométricas. Su presencia no responde simplemente a una función ornamental. En las interpretaciones tradicionales, una imagen protectora estaba llamada a hacer frente a una influencia maligna. Tenía, por tanto, una función que acompañaba a la oración escrita. La pintura y la escritura no eran dos obras independientes reunidas por azar, sino dos maneras de manifestar una petición de defensa.

El arcángel Miguel puede identificarse en algunas representaciones por su espada y sus alas, pero no es el único. Phanuel aparece en rollos e invocaciones etíopes, vinculado a una tradición angélica que no coincide por completo con las listas más conocidas en Europa occidental. Cuando su nombre figura en una oración cercana, la interpretación de la imagen gana solidez. En su ausencia, la identificación puede seguir siendo objeto de debate. Una silueta alada no basta para atribuirle arbitrariamente una identidad. Los investigadores comparan sus atributos, su contexto y el texto manuscrito.

La mirada ocupa un lugar sorprendente en esta iconografía. Unos ojos inmensos pueden dominar un rostro, y las propias figuras geométricas incorporan pares de ojos. Las explicaciones transmitidas asocian este recurso con el poder de desviar o rechazar las presencias nocivas. Se trata de un lenguaje simbólico y espiritual, no de una descripción anatómica. La frontalidad no es un defecto de perspectiva que deba corregirse: afirma la presencia del protector. Para quien contemplaba el manuscrito, la imagen podía aparecer como una potencia que hacía frente al peligro.

Las estrellas de ocho puntas y los dibujos en red constituyen otro elemento destacado. Algunas composiciones evocan la Red de Salomón, mientras que otras se han interpretado como un rostro humano o un ser alado reducido a unos pocos signos. No existe un diccionario definitivo de todos estos motivos. Una forma semejante puede recibir varias interpretaciones según la oración que la acompaña, la región o la transmisión local. El número de puntas de una estrella no permite acceder automáticamente a una correspondencia planetaria determinada. La observación debe preceder a la búsqueda de una explicación general.

Los demonios también figuran en el repertorio visual. Una bestia cornuda, un ser híbrido o un rostro inquietante pueden servir para representar la amenaza que la oración pide apartar. Algunas escenas muestran un enfrentamiento; otras sitúan uno junto a otro a un ángel y a una figura maléfica. Es importante no confundir la representación del adversario con la del protector. Las imágenes poseen su propia gramática. En algunos ejemplares, un mismo personaje ha recibido incluso varias identificaciones por parte de los investigadores, señal de que la iconografía no siempre ofrece una lectura inmediata.

El color ayuda a organizar las figuras. El rojo, el negro, el ocre y otros pigmentos delimitan los rostros, las alas o las vestimentas. Los dibujos no siempre buscan el parecido con una persona real: destacan aquello que permite reconocer una presencia angélica o un enemigo. Su fuerza expresiva procede de la frontalidad, los contrastes y la repetición de motivos. Un par de ojos o una espada pueden transmitir más significado que un paisaje detallado. Esta economía de formas pertenece a una tradición pictórica, no a una falta de destreza.

Los rollos mantienen estrechas relaciones con el arte cristiano etíope, en particular con las imágenes de santos y arcángeles. Las figuras frontales y la importancia concedida a la mirada también aparecen en iconos y pinturas religiosas. La diferencia reside en el uso del rollo y en la personalización del texto. Sería inexacto considerar su pintura ajena a la iconografía cristiana, del mismo modo que reducir el manuscrito a un icono portátil. Las mismas convenciones visuales circulan entre varias categorías de objetos, cada una dotada de su propia historia.

Los arcángeles protectores conocidos en otras tradiciones cristianas ofrecen una comparación útil, siempre que se respeten las diferencias. Las listas angélicas, los relatos y los nombres circularon por múltiples vías. La presencia de Phanuel no constituye una simple variante decorativa de Miguel, y una estrella pintada no se convierte automáticamente en un símbolo tomado de la magia planetaria europea. Por el contrario, el rollo ayuda a comprender la diversidad de los lenguajes religiosos que conceden a los ángeles un lugar en la protección de los seres humanos.

La mirada estética contemporánea no debe hacer desaparecer la intención original. Podemos admirar el equilibrio de los colores y la singularidad de los rostros sin olvidar que estas imágenes acompañaban a personas vulnerables. Su función se explicaba dentro de una cultura en la que lo visible y lo invisible mantenían relaciones precisas. El arte no era un adorno añadido después de la oración: participaba de la fuerza atribuida al manuscrito. Por eso, una fotografía aislada de un ángel, separada del texto contiguo, solo restituye una parte de la obra.

Los däbtära vinculaban el saber religioso con las preocupaciones cotidianas

La elaboración de estos rollos se asociaba especialmente a los däbtära, hombres formados en varios saberes de la cultura religiosa etíope. Se los encuentra en el mundo del canto litúrgico, la escritura, la enseñanza y la poesía. No deben confundirse necesariamente con los sacerdotes ordenados. Algunos también intervenían en peticiones de protección y en formas tradicionales de cuidado. El término no debe reducirse a una traducción simplista como «hechicero». Designa una condición que se comprende dentro de una historia religiosa y social propia de Etiopía.

Conocer las oraciones, dominar la escritura y reconocer los signos exigía un aprendizaje. Un rollo podía componerse a partir de textos transmitidos en escuelas y repertorios conocidos y adaptarse después a una persona concreta. Esta alianza entre la memoria colectiva y el destino individual explica tanto los parecidos entre manuscritos como sus diferencias. El artista escriba no trabajaba al margen de toda tradición, pero tampoco se limitaba a llenar una página siguiendo un dibujo estándar. La organización de un texto y de varios paneles podía hacer perceptible el trabajo de un especialista experimentado.

La relación de los däbtära con la Iglesia ortodoxa etíope es compleja. Sus conocimientos proceden en gran medida de un marco cristiano; sin embargo, algunas actividades relacionadas con los talismanes fueron cuestionadas por autoridades religiosas. Los rollos reúnen oraciones, ángeles y nombres de las Escrituras, pero eso no significa que su uso recibiera una aprobación oficial en todas partes. A la inversa, las críticas eclesiásticas no permiten concluir que se tratara de una tradición separada del cristianismo. Las fronteras entre liturgia, devoción familiar y protección mágica se debatieron a lo largo de los siglos.

La historia recoge condenas de la adivinación y de ciertos objetos de poder bajo el emperador Zar’a Ya’eqob, en el siglo XV. Este hecho ayuda a comprender las tensiones en torno a los recursos sobrenaturales, sin describir la realidad de cada familia. Las prohibiciones reales indican lo que las autoridades querían limitar; los manuscritos conservados también muestran que las peticiones de protección siguieron existiendo. Por tanto, sería demasiado simple oponer una religión oficial totalmente hostil a una práctica popular enteramente clandestina. La historia está hecha de desacuerdos, acercamientos y situaciones locales.

Quienes encargaban un manuscrito tenían razones muy concretas para hacerlo. En los textos aparecen enfermedades, temores relacionados con el nacimiento, problemas de salud o amenazas interpretadas como espirituales. Una oración contra los peligros que rodean a la maternidad no puede entenderse como una curiosidad desligada de la vida. Testimonia una preocupación por la supervivencia de la madre o del niño. La identificación de una potencia enemiga y la petición de protección pertenecen al universo religioso de la época; no proporcionan una explicación científica de los sufrimientos.

Las prácticas protectoras no excluían la existencia de saberes medicinales materiales. La historia de las medicinas tradicionales etíopes comprende plantas, tratamientos y conocimientos del cuerpo, mientras que los rollos abordan especialmente la dimensión espiritual atribuida a ciertas adversidades. Sería erróneo equiparar todo recurso a la oración con un rechazo de los cuidados. También lo sería presentar el manuscrito como una terapia cuyos efectos estuvieran establecidos por la investigación clínica. Hay que atender a lo que las fuentes dicen sobre las expectativas y las explicaciones de las personas implicadas.

La autoridad conferida al especialista no estaba exenta de ambigüedades. Algunos escritos mágicos etíopes testimonian preocupaciones relacionadas con la coacción, el control o la posibilidad de impedir que una persona actúe. Estos usos no deben atribuirse sin examen a cada rollo protector. Simplemente recuerdan que los conocimientos sobre los nombres y las fórmulas podían solicitarse para objetivos distintos. La función de un manuscrito se reconoce en sus textos, sus imágenes y los datos disponibles sobre su destinatario. Esta precisión es la que impide confundir todas las formas de escritura mágica.

El país ha conocido desde hace mucho tiempo relaciones entre comunidades cristianas, musulmanas y judías. Los objetos escritos de protección circularon en contacto con estos entornos y pueden revelar intercambios. Existen rollos cuya adscripción religiosa no coincide exactamente con las referencias presentes en las oraciones. Estas situaciones merecen examinarse caso por caso. Una figura cristiana empleada en un manuscrito asociado a una persona musulmana no permite afirmar que todas las tradiciones compartieran una misma doctrina. Muestra que los intercambios históricos atravesaban las fronteras religiosas.

La competencia del däbtära se situaba así en el cruce entre una cultura erudita y una petición íntima. Conocía palabras difíciles; su interlocutor deseaba poder superar un peligro. El manuscrito materializaba este vínculo. Una relación de este tipo no debe idealizarse ni denigrarse. Nos enseña que los saberes religiosos no permanecían únicamente en las escuelas y los monasterios. Se prolongaban en la vida de las familias, en la percepción de la enfermedad y en la voluntad de mantener a distancia un mal invisible.

Los astros, la transmisión y la memoria de los rollos

Algunos manuscritos incorporan elecciones relacionadas con el zodiaco y el destino personal. En las tradiciones correspondientes, un signo astral podía orientar la elección de oraciones o figuras. Esta dimensión recuerda una idea ampliamente presente en la historia de las artes ocultas: que el ser humano participa en un orden cósmico. Sin embargo, la existencia de correspondencias astrales no convierte todos los rollos en talismanes planetarios en el sentido de los grimorios occidentales. Las explicaciones y los marcos de transmisión son diferentes. La comparación puede enriquecer la comprensión, pero debe preservar lo que distingue a los saberes etíopes.

Las composiciones geométricas hacen que esta cuestión sea especialmente delicada. Una estrella de varias puntas puede evocar un sello, una red destinada simbólicamente a contener una influencia o una figura angélica estilizada. Este vocabulario no siempre recibió la misma interpretación. A falta de un texto explicativo, sería arriesgado deducir el nombre de un planeta o la finalidad precisa de un manuscrito únicamente a partir de su forma. Las imágenes deben situarse junto a las oraciones, los nombres y la memoria local. La dimensión astral forma parte del conjunto, pero no proporciona su clave universal.

Los intercambios entre Etiopía, las regiones del mar Rojo, el Mediterráneo y las sociedades de lengua árabe favorecieron la circulación religiosa e intelectual. Las tradiciones del Libro compartieron ciertos personajes, relatos o formulaciones sin borrar las diferencias entre sus historias. Reconocer estos contactos no significa explicar todas las imágenes como una importación exterior. Los artistas y los especialistas etíopes transformaron los recursos disponibles en un marco local. Para seguir una transmisión particular, hay que comparar textos fechados y motivos identificables, en lugar de apoyarse únicamente en la semejanza entre dos signos.

La historia de los rollos es también la de manuscritos conservados lejos de sus propietarios originales. Las adquisiciones, donaciones y traslados a colecciones extranjeras tuvieron lugar en circunstancias diversas. Debe tenerse en cuenta el contexto colonial y militar, en particular en el caso de los objetos desplazados durante la expedición británica a Maqdala en 1868. Por eso son esenciales los archivos de procedencia. Permiten distinguir lo que se sabe de una adquisición de lo que todavía se ignora. Los documentos conservados no deben perder su vínculo con las sociedades que los produjeron.

Los rollos conservan huellas materiales de su historia. Una costura reparada, una tira añadida, un nombre raspado o una fórmula copiada con una variación pueden ayudar a reconstruir una transmisión. Ninguna de estas huellas habla por sí sola. Una corrección puede estar relacionada con un nuevo propietario, con un escriba atento o con una modificación cuyo motivo se nos escapa. Los historiadores contrastan las observaciones materiales con la lengua, la iconografía y la información documental. Esta lectura paciente respeta mucho más la tradición que un relato global que pretenda conocer la función de cada signo.

A lo largo del siglo XX, el lugar social de algunos usos protectores se modificó con las transformaciones religiosas, políticas y médicas. Sin embargo, sería reduccionista considerarlos una tradición detenida en una fecha precisa. La memoria de los textos, los saberes de los eruditos religiosos y las relaciones locales con los objetos protectores siguieron trayectorias distintas. Las colecciones antiguas representan una parte del patrimonio, no la totalidad de la Etiopía contemporánea. Los rollos deben entenderse como testimonios situados, cuyas formas y significados pudieron cambiar.

Su presencia en las colecciones también transformó la mirada occidental. Durante mucho tiempo presentadas principalmente como curiosidades mágicas, estas obras se estudian ahora como manuscritos, pinturas y testimonios de la historia religiosa. Esta evolución no borra su función protectora: al contrario, evita aislarla artificialmente. Un nombre escrito en rojo, un rostro de ojos abiertos y una oración en ge’ez componen un conjunto intelectual y espiritual que merece una lectura completa. El arte no sustituye al texto; el texto no vuelve accesorio al arte.

La diferencia entre un amuleto y un talismán ayuda a esclarecer algunas funciones, pero no debe transformarse esta clasificación en una regla universal. En un rollo etíope confluyen la protección, el nombre de la persona, la invocación y la pintura. Las categorías europeas son herramientas de comparación, no etiquetas capaces de traducir toda la tradición. También sería engañoso atribuirle automáticamente un valor decorativo o interpretarlo exclusivamente a través de la astrología. Es la unión de varias formas de saber lo que le da su particularidad.

Estos manuscritos nos recuerdan, en definitiva, que una escritura puede vivirse como una presencia. Para quienes los encargaban, la oración no era solo un texto que aprender: se convertía en una compañía material, dotada de un nombre, un rostro y una finalidad. Hoy podemos estudiar la lengua, fechar las imágenes y reconstruir los usos sin declarar reales los poderes espirituales atribuidos al objeto. Esta distinción no resta valor a la tradición. Permite comprender con respeto y precisión cómo el pergamino, el ángel y la palabra expresaban una misma esperanza de protección.

Fuentes y referencias

  1. Kristen Windmuller-Luna, « Ethiopian Healing Scrolls », Metropolitan Museum of Art, 2015.
  2. Metropolitan Museum of Art, « Tälsäm or yä bərana kətab », siglo XIX.
  3. Walters Art Museum, « Scroll with Angels and Talismans », siglo XVIII.
  4. Walters Art Museum, « Ethiopian Scroll with the Lion of Judah », siglo XIX.
  5. Wellcome Collection, « MS Ethiopian 16 », manuscrito en ge’ez, siglo XIX.
  6. Wellcome Collection, « MS Ethiopian 20 », rollo de los siglos XVIII–XIX.
  7. Morgan Library & Museum, « Ethiopian prayer scroll » (MS M.1139).
  8. Bogdan Burtea, « Traditional Medicine and Magic According to Some Ethiopian Manuscripts », Aethiopica 18 (2015).
  9. Meley Mulugetta, « Some Notes on Binding Magic in Ethiopia », Aethiopica 18 (2015).
  10. Gidena Mesfin Kebede, « Ethiopian Abǝnnät Manuscripts », Aethiopica 20 (2017).
  11. Stefan Strelcyn, « Catalogue of Ethiopian Manuscripts of the Wellcome Institute », Cambridge University Press.

Crédito de la imagen: artista etíope anónimo, representación del arcángel Phanuel en Ethiopian Scroll with the Lion of Judah, siglo XIX, Walters Art Museum (W.845), dominio público, reproducción a través de Wikimedia Commons. Detalle recortado en formato 16:9.

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