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¿Qué es exactamente el magnetismo?
Qu'est-ce que le magnétisme, exactement ?

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¿Qué es exactamente el magnetismo?

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Desde casi el principio de los tiempos, el magnetismo fascina a los seres humanos como una fuerza invisible que conecta el mundo material y el mundo espiritual. Observado primero a través de la piedra imán, capaz de atraer el hierro, este fenómeno alimentó mitos y prácticas sagradas. Desde los sacerdotes de la Antigüedad hasta los curanderos de nuestros campos, se han atribuido a esta energía extraños poderes, a veces para curar y otras para hechizar. Pero ¿qué es realmente? ¿Y de dónde procede? Estas son las respuestas.

Piedras magnéticas y poder invisible

Los primeros testimonios del magnetismo en Occidente se remontan a la Antigüedad grecorromana. Los griegos descubrieron en Asia Menor unas piedras especiales -la magnetita-, capaces de atraer el hierro. Un relato legendario recogido por Plinio el Viejo habla de un joven pastor llamado Magnes, cuyas sandalias tachonadas y cuyo bastón de hierro fueron atraídos por una roca invisible: así habría descubierto la primera piedra imán. Este “magnes” -nombre procedente de la región de Magnesia- dio su nombre al fenómeno. Los pensadores antiguos veían en él algo más que una curiosidad mineral. El filósofo Tales de Mileto, en el siglo VI a. C., afirmaba que el imán estaba dotado de alma porque podía mover objetos inanimados. De este modo, confería una dimensión viva y espiritual a aquella piedra que parecía actuar por voluntad propia.

Este asombro ante los poderes del imán se refleja en los múltiples nombres y símbolos con los que se lo adornó. Los griegos lo apodaron “piedra de Hércules”, en referencia al héroe famoso por su fuerza, pues estaban profundamente impresionados por la capacidad de atracción del imán. De hecho, todo un conjunto de mitos rodea al imán: se cuenta que existen islas magnéticas capaces de atraer hacia sí barcos cargados de hierro, o que algunos hombres quedaban clavados al suelo por sus zapatos herrados cuando el terreno era rico en magnetita. Autores serios de la Antigüedad, como Plutarco o Ptolomeo, también difundían extrañas recetas relacionadas con el imán: se creía que frotarlo con ajo le hacía perder su poder, mientras que sumergirlo en sangre de cabra se lo devolvía de inmediato. Estas creencias, transmitidas siglos más tarde por eruditos, demuestran hasta qué punto el magnetismo de la piedra alimentó la imaginación y las prácticas misteriosas desde la Antigüedad.

¿Qué es exactamente el magnetismo?

Magnetita

Paralelamente a las leyendas, al imán se le atribuyeron virtudes muy concretas, especialmente terapéuticas. Los médicos de la Antigüedad utilizaban la piedra magnética para aliviar ciertos males. El propio Aristóteles menciona el efecto analgésico y cicatrizante del imán, capaz no solo de calmar el dolor, sino también de extraer del cuerpo fragmentos de hierro, como puntas de flecha alojadas en las heridas. Del mismo modo, el dios sanador Asclepio (Esculapio) estaba asociado a estas propiedades beneficiosas de la piedra de Hércules. En el antiguo Egipto, la magnetita se utilizaba como amuleto protector, pues los sacerdotes la consideraban un talismán capaz de captar las fuerzas benéficas y alejar las influencias malignas.

Esta doble vocación del imán -mágica y curativa a la vez- se encarna en numerosas anécdotas históricas. La reina Cleopatra VII, última faraona de Egipto, era conocida por su interés en las ciencias ocultas de su época. Según la tradición, llevaba en la frente una joya magnética para preservar su belleza y evitar las arrugas, convencida de que aquella piedra podía mantener la juventud de su piel. Más aún, se dice que dormía sobre una cama incrustada con lodestones (piedras imán) para bañar su cuerpo en aquella beneficiosa influencia magnética. Del mismo modo, se cuenta que Hipócrates -el padre de la medicina griega- empleaba magnetita para tratar ciertos trastornos, por ejemplo la esterilidad, demostrando que la idea de un magnetismo sanador ya estaba presente entre los sabios de la Antigüedad.

Así, en el mundo antiguo occidental, el imán aparece como un punto de contacto entre lo visible y lo invisible. A veces instrumento de mitos (que guiaba a los marineros y protegía de las fuerzas ocultas), y otras veces remedio, simboliza una energía universal de atracción y armonía. Lo que los griegos intuían confusamente -una fuerza única capaz de actuar a distancia, sanar el cuerpo e influir en el alma- atravesaría los siglos y se enriquecería con el paso de las tradiciones esotéricas.

El redescubrimiento del magnetismo en el Renacimiento

Después de la Edad Media, que conservó del imán sobre todo su utilidad para la brújula y la navegación, el Renacimiento vio renacer el interés por el magnetismo como fuerza oculta. Los pensadores herméticos y los alquimistas del siglo XVI integraron el imán y su extraño poder en su visión del cosmos. Entre ellos, el médico y filósofo suizo Paracelso (1493-1541) desempeñó un papel fundamental. Convencido de que el ser humano es un microcosmos que refleja el macrocosmos, Paracelso describió la naturaleza como recorrida por un fluido universal invisible que conecta los astros, la Tierra y los seres vivos. Dio explícitamente a esta energía el nombre de magnetismo. Según él, cada ser humano está impregnado de un fluido magnético que emana del cosmos y circula por su cuerpo creando polaridades, como ocurre en un imán. El cuerpo humano poseería así un polo positivo (relacionado con las influencias celestes) y un polo negativo (anclado en los elementos terrestres), y la salud sería el resultado del equilibrio entre estas fuerzas. Paracelso afirma: «El hombre está dotado de este fluido particular que emana del macrocosmos... una energía que designamos con el término magnetismo». Incluso plantea explicar ciertos maleficios o encantamientos mediante esta acción magnética: la voluntad de un hechicero puede influir a distancia en el «cuerpo espiritual» de una víctima, como si magnetizara un objeto, provocando efectos reales sin contacto físico. Para él, este vínculo invisible entre los seres pertenece a la misma ciencia natural que los médicos no deben descuidar, pues conocer el magnetismo es conocer una de las claves de la vida.

En este siglo del Renacimiento, el magnetismo se convierte así en un concepto puente entre la ciencia naciente y la antigua magia. Los eruditos exploran sus manifestaciones físicas sin abandonar una mirada mística. El médico inglés William Gilbert, en 1600, estudia rigurosamente los imanes y propone que la propia Tierra es un gigantesco imán. Pero va más allá al especular que este “aliento magnético” podría explicar los movimientos de los planetas mejor que la gravedad. En su obra De Magnete, Gilbert habla de «espíritus magnéticos» que emanan del Sol y de los astros, animando el cosmos como si fuera un organismo vivo. Esta concepción casi animista del magnetismo cósmico suscita apasionados debates. La Iglesia, desconfiada, teme que se confundan las leyes de la naturaleza con las almas paganas. Un erudito jesuita alemán, Athanasius Kircher, publica en 1667 El reino magnético de la naturaleza para proponer una visión cristiana del fenómeno. En ella admite la idea de un movimiento magnético en los cielos, que conecta los astros entre sí, pero se niega a conceder una «alma magnética» a la Tierra para preservar la ortodoxia. No obstante, Kircher celebra el magnetismo como símbolo de la armonía universal: el frontispicio de su libro representa una gran cadena magnética de los seres sostenida por Dios con una mano entre las nubes, cuyo extremo inferior toca la Tierra. Los eslabones de esta cadena no están enganchados unos a otros, sino que se mantienen unidos por su propia fuerza de atracción, ilustrando la idea de que la voluntad divina magnetiza el mundo para asegurar su cohesión. Esta poderosa imagen de la «cadena magnética» refleja la mentalidad de la época: el magnetismo se percibe como el pegamento secreto del universo, el fluido sutil mediante el cual el Creador conecta cada cosa en la gran jerarquía de la Creación.

Paralelamente a las especulaciones cósmicas, el magnetismo sigue siendo una herramienta concreta de curación y misterio. En el siglo XVII, el médico flamenco Jan Baptista van Helmont retoma la herencia de Paracelso. En 1621 publica un tratado sobre la cura magnetica -la «curación magnética de las heridas»-, en el que defiende la eficacia de curar a distancia aplicando un ungüento sobre el arma que causó la herida, en lugar de sobre la propia herida. Según él, este famoso bálsamo simpático actúa magnéticamente: la herida y el arma permanecen conectadas por un fluido invisible. Van Helmont escandaliza a la Inquisición al atreverse a sugerir que incluso las reliquias de los santos podrían curar no por un milagro divino, sino gracias a una influencia magnética natural que ejercen sobre los fieles. Sus escritos, marcados por sus críticas a los escolásticos jesuitas, le valen ser perseguido durante veinte años por los tribunales eclesiásticos. Esto demuestra claramente que el magnetismo, como fuerza “natural” de efectos extraordinarios, desdibuja las fronteras entre ciencia, fe y magia. En el umbral de la Ilustración, la idea de que un fluido invisible recorre el mundo y el cuerpo humano resulta tan estimulante para los innovadores como inquietante para las autoridades religiosas. Se empieza a intuir que este fluido magnético podría ser la propia energía de la vida, una clave de los secretos de la naturaleza: una perspectiva que abre el camino a nuevos descubrimientos, pero también a controversias.

Mesmer y el «magnetismo animal» en el siglo de las Luces

En el siglo XVIII, el magnetismo sale de los círculos esotéricos para vivir una auténtica moda mundana, encarnada por el carismático Franz-Anton Mesmer. Médico de origen vienés establecido en París, Mesmer se apoya en la herencia de las ideas anteriores (los fluidos de Paracelso y los experimentos de Van Helmont) para forjar su propia teoría, que bautiza como magnetismo animal (en oposición al magnetismo puramente mineral del imán). Según Mesmer, existe un fluido magnético universal que impregna el aire, los astros y los seres vivos, y cuyos desequilibrios en el cuerpo humano provocan enfermedades. Por tanto, la función del sanador consiste en restablecer la circulación armoniosa de este fluido vital en el cuerpo del paciente. Mesmer sostiene que ciertos individuos -entre ellos él mismo- poseen un fuerte poder magnético natural y pueden, mediante su sola voluntad y la imposición de las manos, dirigir este fluido hacia otras personas para sanarlas.

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Franz-Anton Mesmer

Desde la década de 1770-1780, Mesmer pone en práctica sus ideas en París y despierta un entusiasmo extraordinario. En lujosos salones, organiza sesiones colectivas alrededor de un extraño dispositivo: el famoso cubo de Mesmer. Se trata de un gran recipiente circular lleno de agua mezclada con limaduras de hierro, conectado mediante varillas de hierro curvadas que los pacientes, sentados alrededor, sostienen o aplican sobre las partes enfermas de su cuerpo. Mesmer afirma que “magnetiza” este cubo al infundirle su fluido personal, transformando así el agua y el metal en acumuladores de magnetismo. Al son de una armónica de cristal (instrumento musical que produce vibraciones cautivadoras), el terapeuta se desplaza entre los pacientes, realizando pases magnéticos -grandes movimientos de las manos a pocos centímetros de sus cuerpos- para distribuir el fluido y disolver los bloqueos energéticos. Los efectos no tardan en aparecer: muchos pacientes entran en una crisis magnética, una especie de trance convulsivo acompañado de sudores, risas o llantos catárticos. Mesmer ve en estas crisis la prueba de que el fluido está realineando las fuerzas vitales y expulsando las enfermedades. Los testimonios relatan curaciones espectaculares de parálisis, cegueras histéricas y dolores crónicos, atribuidas a la acción de este magnetismo sanador.

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El cubo magnético de Mesmer (grabado, 1780)

El éxito mundano de Mesmer es tal que la gente acude en masa a sus sesiones como si fueran espectáculos. Personalidades de la aristocracia y de la alta sociedad participan en el ritual del cubo, encantadas de vivir una experiencia en la frontera entre lo científico y lo maravilloso. Para muchos, Mesmer ha devuelto su dignidad a una magia natural que se creía olvidada. Habla de su sistema en términos científicos, tratando de convencer de que este fluido magnético no es, en el fondo, más que una fuerza física sutil, análoga a la electricidad o a la gravedad, que la ciencia terminará midiendo. En secreto, sin embargo, toda la ciudad murmura sobre el aspecto de mago del doctor, su mirada penetrante y los pases casi encantatorios de sus manos. El propio Mesmer, envuelto en su éxito, parece oscilar entre el papel del médico ilustrado y el del taumaturgo. Recomienda a sus pacientes que adopten un estado receptivo, casi de fe, para absorber mejor el fluido: un método más cercano a la curación espiritual que al tratamiento médico clásico.

¿Qué es exactamente el magnetismo?

El magnetismo animal. Fuente: SSEDS

Sus alumnos y sucesores profundizarán aún más en la dimensión mística del magnetismo. En 1784, el marqués de Puységur, uno de sus discípulos, descubre por casualidad que, al magnetizar a un joven campesino, puede sumirlo en un estado de sonambulismo lúcido. El paciente Victor, aparentemente dormido, empieza a hablar, responder preguntas y manifestar extrañas intuiciones sobre su propia enfermedad, como si pudiera verse a sí mismo desde dentro. Este «sueño magnético», sin convulsiones, en el que el sujeto actúa como un médium, abre nuevas perspectivas. Puységur y otros magnetizadores exploran este fenómeno de trance, que permitiría acceder a la mente del enfermo e incluso a conocimientos ocultos. Pronto se vislumbra que el magnetismo no solo sirve para sanar el cuerpo: también puede despertar facultades psíquicas inexplicables, como la clarividencia o la lectura del pensamiento. Así, desde finales del siglo XVIII, el magnetismo animal se convierte en un puente hacia el estudio del alma y lo paranormal.

Por supuesto, este auge del magnetismo no está exento de críticas. Los médicos de la Universidad y los defensores de la razón triunfante de la Ilustración observan con malos ojos estos experimentos, que mezclan crisis teatrales, misticismo y una ausencia total de pruebas tangibles. Por orden del rey Luis XVI, una comisión real (entre cuyos miembros se encontraban Benjamin Franklin y Antoine Lavoisier) investiga las prácticas de Mesmer. Su informe, publicado en 1784, concluye que los efectos observados son reales, pero que se deben a la imaginación y a la fuerza de la sugestión más que a un fluido inédito. Mesmer, herido en su orgullo, abandona Francia poco después. No importa: el magnetismo animal ya ha echado raíces en la cultura popular y erudita, y una multitud de magnetizadores continúa su obra por toda Europa. En Francia, en el cambio de siglo hacia el XIX, adeptos como el barón Du Potet, el doctor Deleuze o el abate Faria mantienen y transforman la herencia mesmeriana. El fluido magnético entra en la literatura médica y ocultista, a veces para ensalzar sus prodigios y otras para ridiculizarlo. Sea como fuere, se vuelve imposible ignorar esta fuerza extraña que despierta pasiones y parece desafiar las explicaciones clásicas.

Magnetismo, magia y esoterismo

El siglo XIX en Francia es una época decisiva en la que el magnetismo se encuentra en la encrucijada entre la ciencia naciente de la psique, la medicina no convencional y la tradición mágica. Mientras los primeros hipnotizadores (James Braid rebautizaría la práctica como “hipnosis” hacia 1843) buscan dar una explicación racional al sueño magnético, una poderosa corriente esotérica se apodera del magnetismo y lo integra en una visión más amplia del ocultismo. Es el momento en que el magnetismo coquetea abiertamente con la espiritualidad: ya no se habla solo de curar cuerpos, sino también de iniciar almas y explorar los mundos invisibles.

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Obra Dogma y ritual de la Alta Magia, Éliphas Lévi

En 1853, el esoterista francés Éliphas Lévi publica su obra Dogma y ritual de la Alta Magia. Iniciado en las ideas magnéticas, Lévi identifica el fluido magnético de Mesmer con la «Luz astral», esa energía oculta omnipresente que considera el gran agente mágico universal. Según él, la luz astral es un éter sutil que almacena todas las imágenes y todas las influencias, y mediante el cual se ejercen tanto la magia ceremonial como los fenómenos del magnetismo. Escribe de forma expresiva: «El mundo está magnetizado por la luz del Sol, y nosotros estamos magnetizados por la luz astral del mundo. ... Tenemos en nosotros tres centros de atracción fluídica: el cerebro, el corazón y el órgano genital... es a través de estos órganos como nos comunicamos con el fluido universal que el sistema nervioso transmite en nosotros». Como se ve, el discurso de Lévi amalgama el vocabulario del magnetismo con el de la magia cabalística. Bajo su pluma, el magnetismo no es menos que una fuerza cósmica primordial que el mago puede captar y dirigir mediante su voluntad para producir lo que antaño se llamaban milagros. Otros ocultistas, como el barón du Potet (que dirigió la Revue du Magnétisme) o, más tarde, Papus, prolongan esta idea al convertir el magnetismo en la piedra angular de una «ciencia sagrada» recuperada. Desde entonces, el magnetismo se convierte en una herramienta iniciática: no se trata solo de curar, sino de elevar al magnetizado hacia planos superiores de conciencia.

Esta asimilación del magnetismo a la antigua magia no agrada a todo el mundo. Las instituciones religiosas, especialmente la Iglesia católica, se alarman. Autores católicos del siglo XIX escriben virulentos panfletos contra el magnetismo y el espiritismo naciente. Para un apologista como Roger Gougenot des Mousseaux, el fluido magnético no es más que un nuevo avatar de lo oculto: «El magnetismo es la forma moderna de la magia. Causa inmediata de las mesas giratorias y de los fenómenos mediúmnicos, permite al magnetizado adquirir poderes extraordinarios», se indigna, concluyendo que tales poderes suponen necesariamente la intervención del demonio. Este punto de vista extremo -que ve en cada magnetizador a un hechicero que no sabe que lo es- ilustra la persistencia del miedo al magnetismo. Es cierto que algunas demostraciones de la época desdibujan la frontera entre ciencia y sobrenatural. Por ejemplo, durante las sesiones de mesas giratorias (precursoras del espiritismo hacia 1850), muchos constatan que la presencia de un médium magnetizado facilita enormemente los movimientos inexplicables y las comunicaciones con el más allá. Incluso se hablará de «fuerza ódica» o «fluido psíquico» para describir esta desconcertante energía producida por magnetizadores y médiums. A ojos de los creyentes, esta fuerza puede ser tanto un don divino (si se considera un medio para aliviar e iluminar el alma) como una tentación diabólica (si se teme que sirva para invocar espíritus malignos). En cualquier caso, el magnetismo se instaló de forma duradera en el panorama cultural: lo estudian médicos curiosos, lo practican curanderos de moda, lo invocan los espiritistas y lo combaten los moralistas, señal de que se ha convertido en un auténtico fenómeno social.

A finales del siglo XIX, algunos intentan conciliar el magnetismo con la ciencia despojándolo de su aura sobrenatural. En Francia, figuras como Hector Durville y su familia fundan escuelas de magnetismo. Proponen un enfoque “experimental y terapéutico” del magnetismo, tratando de integrarlo como auxiliar de la medicina oficial, sin recurrir a explicaciones espiritistas. Sin embargo, incluso Durville acaba reconociendo que existe un «magnetismo trascendental» que supera el simple marco físico: un aspecto oculto del fluido magnético relacionado con «la vida superior, el infinito inmutable», propio de una ciencia sagrada más que de la ciencia material. A pesar de todos los esfuerzos por "racionalizar" el magnetismo, su misterio persiste. Esta fuerza sigue siendo inasible: a veces se la mide en mesmerismos, en pases, quizá en dinas; otras veces se ve en ella la materia misma de los sueños y del alma del mundo.

¿Qué magnetismo existe hoy?

El magnetismo, como práctica, ha sobrevivido a todas las fluctuaciones de la moda y a las críticas para arraigarse de forma duradera en las tradiciones populares occidentales. En Francia, especialmente, forma parte del panorama de los cuidados tradicionales hasta nuestros días. En nuestros campos, la figura del magnetizador-sanador sigue siendo familiar y respetada. Desde el siglo XIX y mucho antes, personas dotadas del «don» se dedican a aliviar a sus semejantes mediante la imposición de las manos, la oración y la transmisión del fluido vital. Según la región, se los llama toucheurs, guérisseurs o especialistas como los barreurs de feu (quienes calman instantáneamente las quemaduras). Estos practicantes, más bien discretos, encarnan la herencia directa del magnetismo animal de Mesmer, enriquecida por las influencias locales. No siempre hablan explícitamente de «magnetismo», pero suelen referirse a una energía universal o a una fuerza divina que atraviesa sus manos.

Incluso hoy, no es raro encontrarse, en un pueblo bretón o en una localidad del Macizo Central, con un magnetizador al que se recurre cuando la medicina clásica resulta impotente o demasiado lenta. Miles de franceses acuden a ellos para cortar el fuego de una radioterapia, calmar un herpes zóster, aliviar dolores persistentes o reequilibrar los nervios. Lejos de quedar relegado al rango de superstición, el magnetismo sigue practicándose con fervor y humildad. Se adapta a las necesidades modernas sin perder su esencia espiritual. Se encuentran practicantes en todos los rincones del país, cada uno con su propia sensibilidad: aquí aliviarán quemaduras, allí reordenarán «el magnetismo de las articulaciones» y en otro lugar purificarán los «fluidos» de una persona deprimida. Esta diversidad da testimonio de la riqueza de una tradición que ha sabido atravesar los siglos. Sobre todo, el éxito continuado de estas prácticas demuestra que, para muchos de nuestros contemporáneos, existe algo más que la materia palpable: un principio energético invisible, del que el magnetismo es una de las expresiones y sobre el que se puede actuar para recuperar la armonía.

Es notable comprobar que la confianza del público en estos magnetizadores sigue siendo fuerte. Muy a menudo trabajan conjuntamente con los médicos o como complemento de estos: se va a «ver al componedor» por un dolor de espalda mientras se sigue el tratamiento médico, o se pide al barreur de feu que intervenga sobre una quemadura mientras se esperan los cuidados de urgencia. Esta coexistencia pragmática entre la medicina científica y la curación magnética ilustra una sabiduría popular: ¿por qué privarse de una ayuda, aunque sea inexplicable, si proporciona alivio? En definitiva, para muchos el magnetismo no es tanto una creencia como una experiencia vivida: la sensación del calor benéfico de una mano sobre una frente febril, el dolor que se desvanece sin saber cómo o el sueño que se recupera después de un pase magnético.

A comienzos del siglo XXI, el magnetismo también se integra en nuevas formas de espiritualidad y bienestar. Se tienden puentes entre la tradición occidental del magnetizador y prácticas orientales como el Reiki (que también se basa en la transmisión de una energía universal mediante la imposición de las manos). El lenguaje cambia: se habla de “energía biomagnética”, chakras y aura, términos tomados de la India o del esoterismo contemporáneo, pero el fondo sigue siendo el mismo. Se trata de abrir los canales de la energía vital y restablecer el equilibrio del cuerpo y del espíritu. Muchos magnetizadores modernos explican su don de manera pedagógica: todo ser vivo está recorrido por una corriente sutil, comparable a una red eléctrica, que conviene reequilibrar en caso de “cortocircuito” o bloqueo. Estas analogías pretenden hacer comprensible el magnetismo al ser humano de hoy sin despojarlo de su encanto. Porque la dimensión espiritual nunca está lejos: muchos practicantes invocan una energía de amor, una gracia que los atraviesa. Así, el magnetismo conserva un carácter sagrado o divino; se habla de un don del Cielo, aunque se presente con palabras modernas.

Así, el magnetismo como fuerza espiritual y mágica ha acompañado a Occidente a través de los tiempos, transformándose sin cesar, pero sin desaparecer jamás. Su papel simbólico es poderoso: representa la atracción universal, la misteriosa correspondencia entre todas las cosas, el fluido de vida que une el alma y el cuerpo, al ser humano y la naturaleza. Y aún hoy, cuando las manos de un magnetizador alivian un dolor o calman un espíritu, revive un poco de aquella sabiduría: la que afirma que lo invisible forma parte de lo real y que el magnetismo es un camino para tocar con los dedos el misterio de la vida.


Fuentes:

  • Sobre la influencia de los astros en los cuerpos vivos, Franz Anton Mesmer, 1776

  • Memoria sobre el magnetismo animal, marqués de Puységur, 1784

  • El magnetismo y el mesmerismo en la Ilustración, Journal of the History of Ideas, 2015

  • El descubrimiento del inconsciente, Henri F. Ellenberger, Basic Books, 1970

  • La doctrina del magnetismo animal, Charles Lafontaine, 1851

  • De Mesmer a Freud: el sueño magnético y las raíces de la curación psicológica, Adam Crabtree, Yale University Press, 1993

  • Archivos médicos sobre el magnetismo, París, siglo XIX

  • Manuscritos de la Biblioteca Nacional de Francia, secciones sobre el mesmerismo y el magnetismo animal

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