Atribuciones
Kali es la diosa de la destrucción, el tiempo y la transformación. A menudo se la considera una encarnación de Shakti, la energía femenina primordial, y representa la fuerza destructiva necesaria para mantener el orden cósmico. Se la invoca para eliminar obstáculos espirituales, destruir el mal y las ilusiones, y guiar a sus seguidores hacia la liberación (moksha). También se la asocia con la protección de los débiles y la lucha contra la injusticia, utilizando su furia para combatir las fuerzas negativas y corruptoras.
Símbolos y apariencias
Kali suele representarse con la piel negra o azul oscuro, simbolizando la infinitud del cosmos. Tiene cuatro brazos, cada uno sosteniendo un objeto simbólico: una espada, una cabeza cercenada, un cuenco de sangre y, a veces, un tridente o una llama. Su lengua suele estar fuera, señal de su sed de lucha contra la injusticia y el mal. Lleva una falda hecha de brazos humanos y una guirnalda de cabezas cercenadas, que representan los egos y las ilusiones que ha vencido. A Kali se le suele representar bailando sobre el cuerpo de su consorte, Shiva, lo que ilustra su control sobre las fuerzas destructivas y su papel en la regeneración del universo.
Mitos
Kali aparece en muchos relatos mitológicos, pero es principalmente conocida por su papel en la batalla contra el demonio Raktabija. Cada gota de sangre de Raktabija que caía al suelo generaba un clon de sí mismo. Kali ayudó a las demás deidades lamiendo la sangre de Raktabija y consumiendo sus clones para evitar su multiplicación, destruyéndolo finalmente y ayudando a restaurar el orden cósmico. Esta historia destaca su capacidad para absorber y transformar lo negativo en positivo.
Mensaje espiritual
El mensaje espiritual de Kali es de liberación mediante la destrucción de las ilusiones y los apegos materiales. Enseña que la muerte y la destrucción no son solo fines, sino también medios de renovación y transformación. Kali anima a sus seguidores a afrontar sus miedos y aceptar los cambios necesarios para su crecimiento espiritual. Es un recordatorio de que la verdadera fuerza reside en aceptar la transitoriedad de la vida y la realidad de la muerte.


























