La salvia se utiliza hoy como siempre en las tradiciones europeas: como planta para la conservación, la clarificación y la protección doméstica. Su función no es la de invocar ni la de coerción, sino la de mantener un estado de salud, estabilidad y orden.
La fumigación es el uso más apropiado. Unas pocas hojas secas colocadas sobre una superficie firme son suficientes para purificar el aire y crear una atmósfera más limpia en una habitación. Esta práctica no pretende expulsar nada, sino limpiar e iluminar un espacio, tanto en sentido literal como simbólico.
La salvia también puede colocarse cerca del cuerpo o en espacios habitables. Colocada en un dormitorio, envuelta en un paño pequeño o guardada en un cajón, fomenta un clima de protección y estabilidad. Este sencillo uso extiende una antigua práctica doméstica, basada en la idea de que una hierba beneficiosa actúa tanto por su presencia como por su uso.



























































































































