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Santa María Magdalena
Marie-Madeleine en pénitence dans une peinture du Titien

Los santos

Santa María Magdalena

7 min de lectura

Santa María Magdalena, o María de Magdala, figura entre los personajes esenciales de los relatos evangélicos de la Pasión y la Resurrección. Los Evangelios la presentan como discípula de Jesús, presente junto a su muerte y su sepulcro. En Juan 20, es la primera en encontrarse con el Resucitado y recibe la misión de anunciar la noticia a los discípulos. Sin embargo, a lo largo de los siglos su memoria quedó cubierta por otras imágenes, especialmente la de una pecadora arrepentida. Para descubrir su lugar en el cristianismo, hay que volver a su identidad en los textos y seguir después la historia de las tradiciones que la asociaron con el perfume, la penitencia y los santuarios de Provenza.

Época Siglo I
Origen Magdala, localidad de Galilea según su nombre
Papel Discípula de Jesús y testigo de la Resurrección
Fuentes principales Lucas 8, Marcos 15–16, Mateo 27–28, Juan 19–20
Atributos Frasco de perfume, libro, sepulcro vacío
Fiesta 22 de julio, celebrada como fiesta desde 2016

María de Magdala entre las mujeres que siguen a Jesús

El nombre de María Magdalena indica su vinculación con Magdala, localidad de la región del lago de Galilea. El Evangelio según Lucas la menciona entre las mujeres que acompañan a Jesús y a los Doce y que contribuyen materialmente a su vida itinerante. Este dato es importante: sitúa a María dentro de un grupo de discípulos activos, y no únicamente cerca de los últimos días de Jesús.

Lucas precisa que de ella habían salido siete demonios. Esta fórmula pertenece a la manera en que los autores bíblicos hablan de la liberación espiritual y la curación. No permite reconstruir un diagnóstico médico ni convertir a María necesariamente en una mujer que vivía en pecado. El texto no la presenta como prostituta, aunque esta identificación se desarrollaría más tarde en una parte de la tradición occidental.

La presencia de mujeres que apoyan la misión de Jesús permite comprender mejor la composición de los grupos de discípulos. El relato evangélico no limita el círculo de quienes lo acompañan a los doce apóstoles. María de Magdala pertenece a ese entorno y adquiere un lugar particular en los testimonios de la Pasión.

Al pie de la cruz y junto al sepulcro

Los Evangelios relatan la presencia de María Magdalena en el momento de la muerte de Jesús. Marcos la nombra entre las mujeres que observan la crucifixión a distancia y conocen el lugar donde depositan su cuerpo. Mateo y Juan también la sitúan entre el grupo de testigos de estos acontecimientos, con diferencias propias de cada narración. Los textos no ofrecen exactamente la misma lista de mujeres, pero la presencia de María permanece constante.

Esta fidelidad durante la Pasión explica gran parte de su lugar en la memoria cristiana. Varios discípulos varones huyeron o están ausentes de algunos relatos, mientras que las mujeres observan los últimos momentos y se preocupan por el cuerpo de Jesús. Hay que leer estos episodios en su contexto, sin convertir las diferencias narrativas en un retrato psicológico completo de cada personaje.

El sepulcro se convierte después en el lugar de una experiencia decisiva. Los relatos pascuales relacionan a María con los primeros anuncios de que Jesús está vivo. Por tanto, su identidad como testigo no deriva de una atribución tardía sin relación con la Escritura: pertenece al corazón mismo de la narración de los evangelistas.

La mañana de Pascua según Juan

El capítulo veinte del Evangelio según Juan concede a María de Magdala un papel especialmente desarrollado. Va al sepulcro de madrugada y constata que han retirado la piedra. Corre a avisar a Simón Pedro y al discípulo a quien Jesús amaba. Ambos van a examinar el lugar y luego se marchan. María permanece junto al sepulcro, llorando.

Entonces ve a dos ángeles y se encuentra con un hombre al que al principio toma por el jardinero. Cuando él la llama por su nombre, reconoce a Jesús y le responde «Rabbuní», término que significa maestro. La escena es una de las más célebres del arte cristiano: el reconocimiento se produce en el diálogo, en el momento en que el Resucitado se dirige personalmente a ella.

Jesús le confía después un mensaje destinado a sus hermanos. María anuncia, por tanto, a los discípulos que ha visto al Señor. Este pasaje fundamenta su designación tradicional como «apóstol de los apóstoles»: recibe la misión de transmitir a los propios apóstoles la noticia de la Resurrección. El título no significa que se la integre retrospectivamente entre los Doce, sino que realiza un anuncio primero y decisivo.

María Magdalena no es la pecadora anónima de Lucas

Una confusión muy extendida relaciona a María de Magdala con la mujer anónima que entra en casa de Simón el fariseo, llora a los pies de Jesús y los unge con perfume en Lucas 7. Este relato precede inmediatamente a la mención de María Magdalena en Lucas 8. Sin embargo, la proximidad literaria no significa que el evangelista identifique explícitamente a ambas mujeres.

En Juan 12 aparece otra figura: María de Betania, hermana de Marta y de Lázaro, derrama perfume sobre los pies de Jesús. Los Evangelios distinguen los contextos de estos acontecimientos. En Occidente, varias interpretaciones fueron reuniendo progresivamente a María Magdalena, María de Betania y la mujer anónima de Lucas 7, especialmente en ciertas predicaciones antiguas, entre ellas las de Gregorio Magno.

Esta fusión marcó la pintura, la literatura y la predicación medievales, hasta el punto de presentar a María Magdalena como una cortesana convertida. Los textos canónicos no ofrecen esta biografía. Leer los episodios por separado permite respetar mejor el lugar que ocupa cada mujer en el relato evangélico y no hacer desaparecer el papel central de María como testigo de Pascua.

El frasco de perfume y la figura de la penitente

El frasco de perfume se convirtió en uno de los atributos más habituales de María Magdalena. Recuerda los relatos de unción y los aromas asociados al sepulcro, que la tradición relacionó con su persona. En la iconografía occidental, aparece vestida con ricas telas, sosteniendo un frasco o arrodillada junto a Cristo. Otras representaciones la muestran aislada en un paisaje de penitencia, acompañada de una calavera o de un libro.

Estas imágenes son poderosos testimonios de la historia espiritual y artística de Europa. No todas son retratos basados en episodios narrados directamente en los Evangelios. La calavera evoca la meditación sobre la muerte; el cabello largo y el frasco proceden de una iconografía que asoció a varios personajes; el libro recuerda la contemplación y el anuncio de Cristo.

La pintura del encuentro en el jardín, conocida por la expresión latina Noli me tangere, pertenece a otro registro. Representa a María frente al Resucitado, a quien acaba de reconocer. Esta escena hace visible su papel de discípula y mensajera, sin recurrir a la identificación con la penitente de la tradición medieval.

Las tradiciones de Provenza y de la Sainte-Baume

La memoria de María Magdalena ocupa un lugar importante en varios santuarios franceses. En Saint-Maximin-la-Sainte-Baume y en el macizo de la Sainte-Baume, las tradiciones cuentan su llegada a Provenza con otros discípulos, su predicación y luego un largo retiro dedicado a la oración. Estos relatos cobraron gran importancia en la Edad Media y contribuyeron al desarrollo de las peregrinaciones.

Los Evangelios y las fuentes más antiguas no permiten establecer históricamente un viaje de María de Magdala a la Galia. La historia provenzal pertenece a la recepción occidental de su figura, con textos, reliquias reivindicadas y santuarios que hay que examinar en su propia cronología. No obstante, es esencial para comprender su influencia en Francia.

Esta distinción entre los testimonios evangélicos y las tradiciones regionales no resta importancia cultural y religiosa a los lugares de peregrinación. Ayuda a situar lo que corresponde al Nuevo Testamento y lo que pertenece a la historia de la devoción cristiana a lo largo de los siglos.

El 22 de julio y la dignidad de apóstol de los apóstoles

María Magdalena se celebra el 22 de julio en el calendario romano. En 2016, el papa Francisco decidió elevar esta celebración de la categoría de memoria a la de fiesta, manteniendo la misma fecha. El decreto de la Congregación para el Culto Divino recuerda su lugar como primera testigo y mensajera de la Resurrección.

Este cambio litúrgico no crea una identidad nueva para María. Pone más de relieve la misión ya narrada en Juan 20 y reconocida en la historia de la teología cristiana. El título de «apóstol de los apóstoles» resume su testimonio y recuerda que el anuncio de Pascua fue confiado, en este relato, a una mujer que había seguido a Jesús.

Para descubrir a santa María Magdalena, los capítulos 8 de Lucas y 20 de Juan constituyen una primera lectura decisiva. Muestran a la discípula, a la mujer que permaneció junto al sepulcro y a la mensajera que anuncia al Resucitado. Su legado aparece entonces con mayor claridad, más allá de las imágenes de penitencia que marcaron varios siglos de tradición occidental.

Fuentes y referencias históricas

Evangelios: Lucas 8, 1–3 (las mujeres discípulas), Marcos 15 (la Pasión), Juan 20, 1–18 (el sepulcro y el encuentro con el Resucitado).

Textos que deben distinguirse: Lucas 7, 36–50 (mujer anónima) y Juan 12, 1–8 (María de Betania).

Santa Sede, decreto y explicación del 10 de junio de 2016 sobre la elevación de la celebración de María Magdalena a la categoría de fiesta y su título de apóstol de los apóstoles.

Ilustración: Tiziano, La Magdalena penitente (hacia 1531), obra histórica de dominio público.

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