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La sirena, origen de un mito tentador

La sirena, origen de un mito tentador

Las Sirenas de la mitología griega no son criaturas de las profundidades, sino figuras de las alturas, encaramadas en las costas entre el cielo y el mar, entre el conocimiento y la perdición, entre la belleza y la muerte. Mucho antes de convertirse en mujeres-pez, fueron aquellas mujeres-pájaro de canto inolvidable. Al regresar a su mito original, redescubrimos una imagen más compleja, más ambivalente y mucho más poderosa que la que se les atribuye hoy. Y quizá, al aguzar el oído, sus voces todavía puedan escucharse, por quienes sepan resistirse… o ceder.

Las primeras menciones de las sirenas en los relatos antiguos

El mito de las sirenas hunde sus raíces en la Grecia antigua, y su mención más antigua conocida se encuentra en la Odisea de Homero (siglo VIII a. C.). En el canto XII de esta epopeya, el héroe Ulises es advertido por la hechicera Circe del peligro mortal que representan estas misteriosas criaturas. Al llegar cerca de la isla de las Sirenas, Ulises sigue sus consejos: tapa con cera los oídos de sus marineros y se hace atar firmemente al mástil de su nave para poder escuchar su canto sin sucumbir a la tentación. Homero describe la isla de las Sirenas como un lugar engañosamente idílico —un prado florido junto al mar—, pero sembrado de los huesos resecos de los desdichados marineros seducidos por sus voces. En efecto, ningún navegante podía escuchar impunemente el hechizante canto de estos seres: quien se acercaba encallaba en los arrecifes y perecía, víctima de la seducción fatal de las Sirenas.

Homero ofrece pocos detalles físicos sobre sus sirenas y se centra ante todo en su voz hechizadora y en el poder irresistible de su música. No precisa ni su número exacto ni su apariencia, y se limita a describirlas como «mujeres de voces encantadoras» apostadas en la costa. Sin embargo, el texto homérico utiliza una forma gramatical dual para referirse a las Sirenas, lo que sugiere que en este relato original solo eran dos. Más tarde, una antigua escolia sobre este pasaje confirmará esta interpretación, mientras que otras tradiciones posteriores hablarán de tres sirenas o más, atribuyéndoles diversos nombres simbólicos. En cualquier caso, es precisamente este episodio de la Odisea —en el que Ulises logra frustrar la trampa de las Sirenas— el que constituye la primera aparición literaria destacada de estas criaturas. Desde el principio fija los rasgos principales del mito: un canto de belleza sobrenatural, portador de una promesa engañosa, y un peligro mortal para quienes se abandonan a él.

Una apariencia mitad mujer, mitad pájaro

A diferencia de la imaginería popular posterior, que convertiría a las sirenas en mujeres-pez nadando entre las olas, las sirenas originales de la mitología griega no tenían nada de sirena marina. Las fuentes antiguas las describen como criaturas híbridas, mitad mujeres y mitad pájaros, que se desenvolvían en tierra firme o en el aire, más que en el agua. Según el mitógrafo Apolodoro (siglos I-II d. C.), «de la cintura a los pies tenían aspecto de aves». En otras palabras, las sirenas griegas se imaginaban con el torso de una mujer —cabeza y pecho humanos— sobre un cuerpo de ave provisto de patas con garras y alas. Los artistas de la Antigüedad las representaron profusamente bajo esta forma: así, la cerámica griega arcaica y clásica muestra a Ulises atado a su mástil frente a mujeres-pájaro con las alas extendidas, encaramadas en acantilados o volando alrededor de la nave.

La sirena, origen de un mito tentador

Ulises y las sirenas. Fuente

Es significativo que el propio Homero no precise en su texto la naturaleza animal de las sirenas. Fueron los autores posteriores y la iconografía quienes establecieron firmemente su apariencia alada. Ovidio (siglo I a. C.), en sus Metamorfosis, menciona explícitamente a sirenas con cuerpo de ave: cuenta que estas no siempre tuvieron alas, sino que las obtuvieron mediante una metamorfosis (véase la sección siguiente). Por tanto, estamos muy lejos de la sirena-pez de las leyendas marinas: en realidad, las sirenas antiguas están vinculadas a la tierra y al cielo mucho más que al elemento acuático. Esta apariencia mitad mujer, mitad pájaro, documentada desde el siglo VIII a. C. en el mundo griego, perduró durante toda la Antigüedad e incluso después: todavía encontramos sirenas aladas en el arte de la Alta Edad Media, hasta que, siglos más tarde, la imagen de la mujer-pez las sustituyó progresivamente.

Tentación, conocimiento y muerte

Si las sirenas fascinan tanto es porque su mito cristaliza un poderoso símbolo de la tentación mortal. En la Odisea, Ulises se siente atraído por el embriagador canto de las Sirenas, que le promete maravillas. El texto homérico sugiere así que estos seres ofrecen la promesa de un conocimiento ilimitado: proclaman saber todo lo que ocurre sobre la tierra nutricia, incluidos los secretos de la guerra de Troya que el héroe ha vivido. Cuando Ulises se acerca, las Sirenas se dirigen a él alardeando de su omnisciencia y asegurándole que, si acepta escucharlas, se marchará «contento y más rico en saber». Sin embargo, este prodigioso conocimiento que destacan no es más que un pérfido engaño, pues quien cede a su llamada está condenado a perecer de inmediato. Las Sirenas encarnan, por tanto, el atractivo irresistible de un conocimiento prohibido o de un placer hechizante que conduce a la ruina.

De hecho, Homero describe su hechizante canto con calificativos evocadores: una voz «fresca y clara» y melodías «dulces como la miel», capaces de hechizar hasta al último de sus oyentes. Bajo esta belleza sonora se oculta la muerte, como atestiguan los huesos blanqueados de su costa. En la tradición griega, las Sirenas se perciben así como tentadoras fatales, símbolos de los peligros de la seducción y del extravío. Diversos autores antiguos interpretaron su canto de manera alegórica, viéndolo, por ejemplo, como una metáfora de la poesía o del conocimiento, cuyo atractivo puede apartar al ser humano de su camino. En cualquier caso, la lección del mito es clara: ceder al canto de las sirenas equivale a firmar la propia sentencia de muerte, pues lo que se oculta tras la armonía de sus voces es nefasto. Esta expresión pasó, además, al lenguaje cotidiano para designar el hecho de dejarse seducir por una tentación peligrosa. Desde el principio, las sirenas griegas aparecen como guardianas de un conocimiento prohibido y de un placer fatal, desafiando la razón y la prudencia de los héroes que se cruzan en su camino.

La evolución del mito

Orígenes mitológicos y metamorfosis de las sirenas

El origen de las sirenas en la mitología no se cuenta de manera unívoca: desde la Antigüedad coexisten varias versiones que intentan explicar cómo nacieron estas criaturas aladas. La mayoría de estos relatos de origen vinculan a las sirenas con divinidades acuáticas o inspiradoras, algo lógico tratándose de seres relacionados a la vez con el mar —por su entorno— y con la música. Según la tradición más extendida, las sirenas serían hijas del dios-río Aqueloo y de una Musa; las fuentes discrepan sobre la identidad de la madre y mencionan sucesivamente a la Musa Calíope (diosa de la poesía épica), Melpómene (diosa del canto) o incluso Terpsícore. Esta filiación les otorga desde el principio una voz extraordinaria y una herencia mitad terrestre, mitad acuática. Otros autores les atribuyen padres diferentes: así, para el filósofo Plutarco, las sirenas habrían nacido del dios marino Forcis y de la ninfa Ceto, mientras que una leyenda transmitida por Libanio afirma que surgieron de la sangre del río Aqueloo cuando fue herido por Heracles. En la versión romana recogida por algunos comentaristas, las sirenas no eran originalmente más que jóvenes mujeres mortales, compañeras de la diosa Perséfone (Core): al no haber podido impedir que Hades raptara a su amiga, fueron castigadas —por Deméter, madre de Perséfone— y transformadas en monstruos mitad mujeres, mitad pájaros.

Una variante similar, popularizada por Ovidio en sus Metamorfosis, presenta esta transformación no como un castigo, sino como una petición: desesperadas por haber perdido a Perséfone, las jóvenes habrían pedido a los dioses que les concedieran alas para salir a buscarla por tierra y mar, y los dioses accedieron. Para no privarlas de la belleza de su canto, las divinidades conservaron además sus rostros y sus voces humanas. Sea cual sea la versión, el vínculo establecido con Perséfone confiere a las sirenas una dimensión ambigua: al estar ligadas a la diosa de los Infiernos, participan del mundo ctónico —subterráneo y relacionado con la muerte—, pero también conservan algo celestial por sus alas y por su canto, llegado de las Musas. Esta dualidad —mitad divinas, mitad demoníacas; celestiales e infernales a la vez— alimenta la rica simbología de las sirenas en la evolución posterior de la tradición.

Entre los relatos posteriores que enriquecen su mito también figura el episodio de la competición musical con las Musas. Orgullosas de su incomparable talento vocal, las Sirenas desafiaron un día a las nueve Musas a un concurso de canto. Las Musas vencieron y, para castigar la arrogancia de las Sirenas, las divinidades victoriosas arrancaron sus plumas para hacerse coronas con ellas. Humilladas y privadas de la posibilidad de volar, las Sirenas tuvieron que permanecer en su isla rocosa, vigilando la llegada de nuevas víctimas. Esta anécdota, transmitida por algunas fuentes tardías, subraya una vez más el motivo del castigo divino ante la hybris —la desmesura— de las Sirenas, al tiempo que explica por qué se las imagina inmovilizadas sobre una roca en medio del mar.

Las sirenas en los relatos y las artes grecorromanas

Con el paso del tiempo, el mito de las sirenas se integró en otros ciclos legendarios y experimentó variaciones notables. Homero había convertido a las sirenas en un episodio aislado del viaje de Ulises, sin continuación para estas criaturas una vez que el héroe quedaba fuera de su alcance. Los autores posteriores imaginaron a veces el destino de las sirenas después de su encuentro con Ulises. Según una tradición transmitida por textos del ciclo troyano, tras fracasar en su intento de hechizar a Ulises, las sirenas, desesperadas al ver vencido su canto, se suicidaron arrojándose al mar desde su roca. Este trágico final cumpliría una profecía según la cual las sirenas morirían en cuanto un mortal lograra resistirse a ellas. Otras leyendas sitúan la derrota definitiva de las sirenas algo antes: en la mitología griega tardía se cuenta que se enfrentaron a los héroes Jasón y los argonautas, mucho antes del regreso de Ulises. Cuando la nave de los argonautas pasó cerca de su isla, las sirenas entonaron su canto fatal, pero Orfeo, el músico de la tripulación, hizo resonar su lira y su voz con tal belleza que cubrió y superó la música de las sirenas. Hechizadas por el arte divino de Orfeo, las terribles encantadoras quedaron reducidas al silencio y la nave pudo pasar sana y salva. Solo el marinero Butes, hechizado pese a todo, se arrojó al agua para reunirse con ellas, pero la diosa Afrodita lo salvó en el último instante. También aquí la leyenda concluye con el suicidio de las sirenas, vencidas y humilladas al ver que unos mortales escapaban a su poder.

En la literatura romana, las sirenas aparecen de manera más alusiva, a menudo bajo la pluma de poetas inspirados por Homero. Higino, compilador latino (siglo I d. C.), menciona brevemente a las sirenas en sus Fábulas, retomando la historia de su transformación y dándoles nombres. Ovidio, como hemos visto, ofrece una versión elegíaca de su metamorfosis vinculada a Perséfone. Virgilio o Propercio aluden poéticamente a ellas para simbolizar una atracción peligrosa. En general, los romanos heredaron el mito de los griegos y lo adaptaron a su gusto por lo maravilloso y lo fantástico, sin alterar profundamente su trama. Sin embargo, contribuyeron a difundir la fama de las sirenas por todo el Imperio, de modo que su imagen perduró durante la época imperial tardía y más allá.

Por otra parte, el número y la identidad de las sirenas variaron según las fuentes antiguas. Como se ha dicho, Homero no ofrece ninguna indicación sobre sus nombres o su número. Más tarde, algunos autores hablan de dos sirenas; otros, de tres o incluso de cuatro. La tradición más común terminó fijando su número en tres Sirenas. Estas reciben nombres significativos, casi siempre relacionados con su voz hechizante o con su poder de seducción: Parténope («rostro de doncella»), Ligia («de grito penetrante») y Leucosia («la blanca») forman un trío mencionado por autores como Apolonio de Rodas y Estrabón. Otras versiones ofrecen listas de nombres diferentes (Aglaope, Telxíepia, Molpe), pero la simbología sigue siendo similar e insiste en la belleza engañosa del canto. En algunas leyendas locales del sur de Italia, cada sirena está incluso asociada a un lugar: así, la bahía de Nápoles habría acogido los restos de Parténope, dando su nombre a la antigua ciudad de Parténope —precursora de Nápoles—. Estas vinculaciones geográficas muestran el arraigo del mito en la cultura grecorromana, donde no dudaban en integrar a las sirenas en la mitología local de las costas mediterráneas.

Por último, la iconografía y el simbolismo de las sirenas evolucionaron durante la Antigüedad tardía. Si en la época clásica se las encuentra sobre todo en escenas relacionadas con la Odisea —Ulises atado al mástil frente a las Sirenas—, en la época helenística y después en la romana también comenzaron a representarse en contextos funerarios. Así, se ven figuras de sirenas esculpidas en estelas y sarcófagos, especialmente en Grecia y Etruria, donde adornan los monumentos de los muertos. Su presencia junto a los difuntos se explica por la dimensión psicopompa —acompañante de almas— que se les atribuye entonces: criaturas a medio camino entre la vida y la muerte, vinculadas a Perséfone y a los Infiernos, las sirenas se asimilan a espíritus consoladores que guían el alma del difunto o lloran su desaparición. Eurípides, en su obra Helena, menciona explícitamente este papel funerario al llamar a las Sirenas «vírgenes aladas, hijas de la Tierra», invitadas a unir sus cantos a las lamentaciones por los muertos. Así, en la religión popular grecorromana, las sirenas se convierten en un símbolo del tránsito al más allá: su canto triste o melancólico sobre las tumbas suaviza la prueba de la muerte y hace eco de los cantos fúnebres humanos. Este aspecto completa el retrato polifacético de las sirenas antiguas, a la vez músicas temibles y guardianas del mundo de los muertos.

El legado de las sirenas griegas

El mito griego de las sirenas ejerció una influencia duradera en las culturas posteriores, mucho más allá de la Antigüedad. Los romanos ya lo habían transmitido, pero fue sobre todo en la Edad Media cuando la figura de la sirena experimentó una transformación notable, al mezclarse con otras criaturas legendarias. En efecto, las sirenas griegas —mujeres-pájaro terrestres— fueron asimilándose poco a poco a las mujeres-pez de las leyendas nórdicas y medievales. Los bestiarios de la Edad Media, que compilan criaturas fabulosas y moral cristiana, llevaron a cabo un curioso sincretismo: retomaron el término y la idea de la sirena cantora y seductora de Homero, pero la representaron con cola de pez y sin alas. Es, en cierto modo, una combinación entre la sirena alada clásica y la «mujer del mar» de las tradiciones septentrionales. Este proceso de metamorfosis iconográfica se prolongó durante muchos siglos. Según los investigadores, el tipo de sirena mujer-pájaro, aparecido en el mundo griego en el siglo VIII a. C., se mantuvo prácticamente hasta el final de la Edad Media y solo cedió verdaderamente su lugar a la sirena-pez hacia el año Mil. El primer texto conocido que menciona explícitamente una sirena con cola de pez data del siglo VI d. C. —un tratado latino titulado De monstris—, y los historiadores del arte señalan que no aparece ninguna representación visual de una sirena mitad mujer, mitad pez antes de los siglos XI-XII. Esto demuestra hasta qué punto la transición fue lenta y progresiva.

La sirena, origen de un mito tentador

Ulises seducido por las sirenas. Fuente

¿Por qué se produjo este desplazamiento hacia la sirena acuática? El atractivo de los relatos marinos y la integración de elementos locales contribuyeron a ello. Con el paso de las copias y las adaptaciones, la imagen de la sirena se adaptó a los imaginarios regionales: en la Europa medieval cristiana se siguió viendo en ella a la tentadora pérfida —los teólogos la considerarían una alegoría de la lujuria o de la voz del diablo que atrae el alma del pecador—, pero ahora se la imaginaba nadando en el océano, con peine y espejo en la mano, como las ninfas marinas y las ondinas de los cuentos septentrionales. El término «sirena» llegó a designar, en las lenguas romances, a la criatura con cola de pez que en inglés se llama mermaid —literalmente, «muchacha del mar»—. Esta evolución semántica consagró la confusión entre la sirena homérica y la legendaria mujer-pez. Sin embargo, la filiación sigue siendo evidente: fue el mito griego el que proporcionó la base narrativa y simbólica. Las sirenas-melusinas de la Edad Media y las sirenas de los cuentos modernos —desde Hans Christian Andersen hasta Walt Disney— heredan todas, a través de los filtros del tiempo, la historia de las Seirênes del mar Tirreno.

Así, la sirena de la mitología griega —mujer-pájaro de canto embriagador— constituye la fuente primera de un imaginario universal de la mujer fatal sobrenatural. Desde la Antigüedad hasta nuestros días, su legado se refleja en los múltiples avatares que ha adoptado esta figura: musa cruel que desafía a los héroes griegos, demonio tentador de los mitógrafos cristianos y, más tarde, hada de los mares. Lejos de ser una simple fábula para marineros, el canto de las sirenas resuena como un eco intemporal de los peligros de la tentación y del atractivo del conocimiento prohibido. Y aunque hoy nuestras sirenas sean criaturas acuáticas de cola escamosa, no debemos olvidar que, en los orígenes del mito, fueron los griegos quienes cantaron por primera vez la inquietante melodía de las Sirenas aladas.


Fuentes:

  • Homero, Odisea, canto XII (traducciones y comentarios)

  • Apolodoro, Biblioteca (Epítome VII, 18)

  • Ovidio, Metamorfosis, libro V

  • Higino, Fábulas, CX25, CX41

  • Eurípides, Helena

  • Jacqueline Leclercq-Marx, La Sirène dans la pensée et l'art de l'Antiquité, Bruselas, Academia Real de Bélgica, 1997

  • Anne-Laure Fontenel, « Les sirènes, femmes-oiseaux à la voix ensorcelante », Odysseum (Museo de Historia de Marsella), 2023

  • Odette Touchefeu-Meynier, « De quand date la sirène poisson ? », Revue belge de philologie et d'histoire, 1962

  • Respuesta Eurêkoi/BPI – Biblioteca Pública de Información: « Comment est-on passé des sirènes-oiseaux aux sirènes-poissons ? » (consultable en línea)

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