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Mari y las tradiciones mágicas del País Vasco |
El País Vasco francés es una tierra de montañas y leyendas donde la figura de la bruja ocupa un lugar singular a lo largo de los siglos. Se dice que mujeres iniciadas se reúnen de noche en cuevas o en las cumbres para invocar fuerzas misteriosas. Pero esta región también ha sido marcada por violentas persecuciones: en 1609, la provincia de Labourd fue escenario de una caza de brujas excepcional por su magnitud, con alrededor de ochenta condenas a muerte, la mayor jamás registrada en Francia en este ámbito. Viaje.
Mari y las tradiciones mágicas del País Vasco
Mucho antes de las persecuciones, los vascos mantenían un rico universo de creencias relacionadas con la naturaleza y los espíritus. En el corazón de la mitología local se encuentra Mari, la «dama» de las montañas, a veces descrita como una diosa madre que vive en las cavernas de las altas cumbres. Se cuenta que Mari es servida por una corte de mujeres llamadas sorginak, es decir, brujas, que realizan rituales en su honor. A estas sirvientas de Mari se les atribuían poderes directamente relacionados con la naturaleza: podían hacer venir la lluvia o el granizo, proteger las cosechas o favorecer los nacimientos. La tradición también les atribuye un culto a la luna y a la fertilidad, reflejo de un antiguo fondo pagano aún muy vivo en estas tierras aisladas de los Pirineos.
Entre las prácticas atribuidas a las sorginak se encuentran las famosas asambleas nocturnas del viernes por la noche, llamadas akelarre en vasco. Este término significa «prado del macho cabrío» y designa reuniones secretas durante las cuales las brujas se entregaban a todo tipo de ritos mágicos y festivos (al igual que los sábaos). En el imaginario popular, estas celebraciones tienen lugar alejadas de los pueblos, en el fondo de las cuevas o en las crestas azotadas por el viento, y un macho cabrío negro (akerbeltz) sería venerado como símbolo de poder terrestre. Las montañas vascas albergan numerosos lugares asociados a espíritus o deidades protectoras, ya sean cuevas sagradas o cumbres consideradas beneficiosas. Las hogueras de San Juan, en particular, daban lugar cada verano a saltos rituales sobre las llamas, un acto alegre que la Inquisición interpretó más tarde como un truco diabólico para negar el miedo al infierno. Asimismo, el paisaje vasco evoca al Basajaun, el «señor salvaje» de los bosques que cuida los rebaños, o a las Lamiñak, genios del agua que recorren los arroyos: tantas figuras que evidencian la profunda impregnación de la naturaleza en la cultura local. En el día a día, también se recurría a curanderas y artzain xoriak (pastores-brujos) para cuidar el ganado o alejar la mala suerte. Para protegerse de las influencias maléficas, las familias clavaban en la puerta de sus granjas una gran flor seca llamada eguzki-lore («flor del sol»), reputada para impedir la entrada de brujas y espíritus malignos en la casa. Estas tradiciones milenarias tejían un vínculo estrecho entre la comunidad vasca y el mundo invisible, un equilibrio que iba a ser brutalmente puesto en cuestión.
Cazas de brujas en Labourd en el siglo XVII
Al final de los siglos XVI y XVII, la desconfianza religiosa y los disturbios políticos transformaron a las sorginak en objetivos de una feroz represión. El año 1609 marca el inicio de un episodio trágico. El rey Enrique IV, alarmado por rumores de misas negras en Labourd, envió ese verano a dos consejeros del parlamento de Burdeos para «depurar» la provincia. Pierre de Rosteguy de Lancre, el más famoso de los dos comisionados, se estableció en Saint-Pée-sur-Nivelle y recorrió veinticuatro parroquias de Labourd en pocos meses. Aprovechando la ausencia de muchos hombres que habían partido a pescar ballenas o bacalao en Terranova, interrogó sin descanso a decenas de aldeanos, especialmente mujeres y adolescentes, a quienes acusaba de participar en el sába y de pactar con el Diablo. Los testimonios obtenidos bajo tortura alimentaron un clima de terror, empujando a muchos habitantes a huir hacia las montañas o hacia la vecina Navarra. Al final de esta campaña exprés, unas ochenta personas, en su mayoría mujeres, fueron enviadas a la hoguera por orden de Pierre de Lancre. Este balance espantoso convierte a la caza de brujas de 1609 en la más violenta que ha conocido Francia, única por la magnitud de las ejecuciones colectivas que provocó.
Esta ola de persecución vasca no se limitó al lado francés. Al otro lado de la frontera, la Inquisición española ya había tomado un caso similar en el pueblo navarro de Zugarramurdi. Allí, una serie de acusaciones entre vecinos llevó al arresto de 31 personas, de las cuales 11 murieron en la hoguera durante un gran auto de fe en Logroño en noviembre de 1610. En total, los tribunales inquisitoriales examinaron varios miles de casos en el País Vasco sur, movilizando un aparato judicial sin precedentes. Sin embargo, desde 1611, algunos investigadores españoles comenzaron a dudar de la realidad de este supuesto complot satánico. Alonso de Salazar Frías, encargado de investigar en el lugar tras la tormenta, confesó no haber encontrado ninguna prueba tangible de brujería a pesar de los confesiones recogidas. Su informe escéptico llevó al Inquisidor General a suspender todas las persecuciones en 1614, mucho antes de que otros países de Europa hicieran lo mismo. En Francia, los excesos de Pierre de Lancre también acabaron generando malestar: aunque su cruzada sangrienta marcó profundamente las mentes, no fue seguida por otras cacerías de comparable magnitud en la región. Al contrario, el Parlamento de Burdeos anuló posteriormente algunas de sus condenas, y un edicto real de 1682 despenalizó la brujería, firmando el fin oficial de los juicios de brujas en el reino.
Supervivencias y legado
Si la represión interrumpió bruscamente los antiguos cultos, no hizo desaparecer por completo la práctica mágica en el País Vasco. En las zonas rurales de Iparralde (el País Vasco norte), muchas tradiciones populares continuaron observándose, a veces discretamente, en los siglos siguientes. Las curanderas, parteras y beraize (adivinas) continuaron su labor entre los aldeanos, perpetuando remedios a base de plantas y rituales de protección transmitidos de generación en generación. Un rito ancestral consistía en hacer pasar a un niño enfermo entre dos ramas de un viejo roble partido para curarlo de una hernia o de una debilidad sanguínea. Este ceremonial, atestiguado aún en el siglo XX, testimonia la persistencia de un saber oculto arraigado en la simbiosis con la naturaleza. Asimismo, el uso del eguzki-lore clavado en las puertas de las casas para alejar los rayos y los espíritus malignos se ha mantenido vivo: todavía hoy se ven estos grandes cardos secos adornando las granjas vascas.

Memorial Oroit Mina. Fuente
Por supuesto, con el tiempo, la brujería vasca perdió su carácter clandestino y temeroso para entrar en el ámbito del patrimonio y la memoria. Durante mucho tiempo silenciada por miedo al ridículo o a la condena, la figura de la bruja vasca ha sido objeto de una rehabilitación simbólica. En 2009, cuatro siglos después de los eventos de 1609, se inauguró una escultura conmemorativa titulada Oroit Mina («En recuerdo del dolor») en la plaza del pueblo de Saint-Pée-sur-Nivelle, cerca de las ruinas del castillo donde se sentaba el siniestro tribunal de Lancre. Iniciativas culturales celebran ahora este legado en un espíritu apacible. Cada verano se organiza una Marcha de las brujas por los caminos transfronterizos entre Sare y Zugarramurdi, invitando a habitantes y visitantes a recorrer a pie la historia de los sábaos vascos. En Ciboure, la Sorgin Gaua («Noche de las brujas») reúne cada año a los habitantes con vestimenta tradicional para un desfile al son de campanas, seguido de danzas alrededor del fuego que recuerdan los antiguos akelarre.
Lejos de todo esoterismo de moda, el País Vasco honra así la memoria de sus sorginak de ayer como parte integral de su identidad. Aquellas que fueron acusadas de pactar con los demonios son hoy reconocidas como guardianas de una cultura moldeada por las montañas y los misterios de la noche, que ni las hogueras ni el tiempo han logrado hacer desaparecer por completo.





























































































































