Como quizás sepan, detrás de Aeternum se encuentra una pequeña empresa con sede en Bretaña (en el sur de Finisterre para ser precisos). Y es bien sabido que este territorio vive al ritmo de leyendas, mitos y prácticas mágicas más o menos conocidas (Brocéliande, Merlín, la Hada Viviane, los Alineamientos y muchos más). Así, para poner en valor nuestro hermoso territorio, publicaremos regularmente leyendas poco conocidas provenientes de la historia bretona.
Esta semana, les propongo descubrir la leyenda de la cueva del Diablo. Si pasan cerca del bosque de Huelgoat, prima de Brocéliande y lugar de numerosas leyendas, seguramente pasarán por el estanque de las Hadas y sobre todo por la cueva del Diablo, que debe su nombre no a una, sino a dos leyendas...
La ilusión del Diablo
La historia comienza con un revolucionario audaz originario de los alrededores de Berrien. Su lucha por la libertad y la igualdad había despertado la ira de los Chouans, fieles partidarios del Rey y férreos opositores a la Revolución. Para escapar de sus persecuciones constantes, el revolucionario encontró refugio en una cueva misteriosa escondida en los espesos bosques de Huelgoat, no lejos de su hogar.

La noche era oscura y helada, y el revolucionario, temblando de frío, encendió un gran fuego de ramas para calentarse. En su cabeza llevaba un sombrero adornado con dos plumas rojas, símbolo de su determinación indomable. Siempre llevaba consigo una gran horca, listo para defenderse de cualquiera que osara amenazar su libertad.
Cuando los Chouans entraron en la cueva, el espectáculo que se les presentó los sumió en un terror indescriptible. Detrás de las llamas danzantes del fuego, creyeron distinguir la sombra amenazante del Diablo mismo. Presos del pánico, huyeron gritando maldiciones contra el Príncipe de las Tinieblas. Desde aquella noche memorable, la cueva fue bautizada como la Cueva del Diablo... o más bien de su ilusión.
Las 99 posadas
Otra leyenda cuenta que la cueva del Diablo es la entrada a un pasaje extraño que conduce a una serie fascinante de 99 posadas. En cada etapa de este viaje, los comensales eran recibidos con platos cada vez más deliciosos y bebidas cada vez más embriagadoras, servidos por criadas de una belleza encantadora y una hospitalidad sin igual.

Sin embargo, había una condición para disfrutarlo: cada viajero debía hacer parada en cada una de las 99 posadas. En la 99ª y última etapa de este periplo gastronómico, los comensales se enfrentaban al Diablo en persona. Solo aquellos que supieron mantener la cabeza fría y permanecer sobrios tenían el privilegio de regresar sanos y salvos a su pueblo.
En cuanto a los demás, el Diablo, armado con su horca infernal, los condenaba a un descenso inexorable hacia los abismos del infierno. Así, la cueva del Diablo se convirtió en el punto de partida del reino de los Infiernos, cuya entrada requiere descender profundamente bajo las rocas.
Si quieren verlo por ustedes mismos, diríjanse a esta cueva que se puede visitar, pero cuidado: el acceso es algo precario.
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